Este artículo se publica en colaboración con Mail & Guardian Africa.
Una GRAN oportunidad está al alcance de los líderes africanos en la Conferencia de París sobre el clima (COP21). Esa oportunidad es un sólido acuerdo internacional sobre el cambio climático que beneficie a países desarrollados y en desarrollo, ricos y pobres, del Norte y del Sur.
Los líderes no esperan que todos los problemas del mundo se resuelvan en estas negociaciones. Aun así, reconocen que ha llegado el momento de pensar y actuar con audacia y creatividad.
La historia de las graves amenazas que el cambio climático plantea para África es bien conocida. Un clima más cálido y unas lluvias más inciertas amenazan nuestra agricultura. El aumento del nivel del mar pone en peligro nuestras ciudades costeras y deltaicas. Las temperaturas más altas agravarán las enfermedades y los problemas de salud. Y los países más pobres disponen de menos recursos para adaptarse a estos impactos.
Los países de África han hecho poco por crear las amenazas que trae consigo el cambio climático. El continente es responsable de una fracción minúscula de las emisiones de gases de efecto invernadero que calientan la atmósfera y los océanos.
Injusticia histórica
Esta injusticia histórica ha llevado a África, junto con la mayor parte del mundo en desarrollo, a plantear en las negociaciones climáticas un justificado agravio. Los negociadores africanos han insistido en que el mundo rico debe asumir la responsabilidad de reducir las emisiones y de sufragar los costes de ayudar al mundo en desarrollo a adaptarse a los efectos del cambio climático.
Pero esta línea divisoria entre los países ricos y el mundo en desarrollo se está desdibujando; para alcanzar en París un acuerdo climático sólido que redunde en interés de todos los países se necesita un enfoque diferente.
Este cambio táctico está siendo adoptado por un número creciente de países en desarrollo. Siguen comprometidos con el espíritu que subyace a las “responsabilidades comunes pero diferenciadas”, como demuestra el reciente énfasis en las “pérdidas y daños”. Al mismo tiempo, muchos reconocen que pueden evitar los escollos de los primeros países industrializados trazando una nueva senda baja en carbono que impulse el progreso, en lugar de obstaculizarlo.
Muchos líderes africanos reconocen que abordar el cambio climático representa una oportunidad, y no un coste, que puede ayudar a sus países a desarrollarse por una senda económica, social y medioambientalmente sostenible.
Enorme déficit energético
Un acuerdo ambicioso sobre el cambio climático podría ayudar a África a aprovechar esa oportunidad abordando uno de sus problemas más acuciantes: su enorme déficit energético. Como señaló el reciente informe del Africa Progress Panel (pdf), presidido por Kofi Annan, dos tercios de los africanos viven en hogares sin acceso a la electricidad. Al mismo tiempo, el continente es rico en recursos renovables que pueden contribuir a erradicar la pobreza energética.
Para alcanzar el acceso universal a la electricidad en África se requiere una inversión de 55.000 millones de dólares al año hasta 2030. La financiación climática, desbloqueada por un sólido acuerdo climático mundial, podría aportar parte del capital necesario. Los gobiernos de toda África también deben asumir compromisos nacionales ambiciosos en materia de energías renovables y desarrollo bajo en carbono.
“Un habitante de un pueblo del norte de Nigeria paga alrededor de 60 a 80 veces más por una unidad de electricidad que un residente de Londres o Nueva York”
Un acuerdo climático sólido ofrecerá un estímulo a los inversores internacionales para buscar oportunidades de financiar el desarrollo bajo en carbono en todo el mundo. Pero lo que impulsará las decisiones individuales de inversión serán las decisiones que tomen los gobiernos africanos para establecer objetivos, políticas y normativas nacionales, tal como se recoge en las comunicaciones de los países como parte del proceso climático internacional.
El argumento empresarial a favor de estas inversiones es convincente. La demanda de electricidad es tan fuerte que algunas de las personas más pobres del mundo están dispuestas a pagar algunos de los precios más altos del mundo por la energía; un habitante de un pueblo del norte de Nigeria paga alrededor de 60 a 80 veces más por una unidad de electricidad que un residente de Londres o Nueva York. Millones de africanos con pobreza energética y sin conexión a la red, que ganan menos de 2,50 dólares al día, ya constituyen un mercado energético valorado en 10.000 millones de dólares al año.
Las energías renovables también ofrecen ventajas claras frente a la energía de origen fósil conectada a la red. La generación distribuida y a pequeña escala puede aportar rápidamente a las comunidades rurales las ventajas sociales y económicas de la electrificación, contribuyendo a mejorar la salud pública, facilitando el acceso a la educación y abriendo posibilidades económicas a un continente de emprendedores. Y esto está ocurriendo en un contexto de precios de las energías renovables que caen rápidamente. El coste de generar electricidad a partir de fuentes renovables se ha reducido un 65 % en los últimos tres años.
Alejarse de la lógica de la culpa “quien contamina paga”
Un acuerdo climático ambicioso ayudará a África a saltarse los modelos de desarrollo de alto carbono que han generado tanta contaminación y residuos en otras partes del mundo. Países como Etiopía, Kenia, Ruanda y Sudáfrica se están perfilando como pioneros en la transición mundial hacia la energía baja en carbono, y otros están preparados para seguir sus pasos.
Los líderes africanos deben aprovechar ahora la oportunidad que representa la perspectiva de un sólido acuerdo climático en París. Deben negociar en interés de todos los países.
Los países desarrollados deben seguir aportando los recursos financieros, tecnológicos y de desarrollo de capacidades necesarios para ayudar a los países más pobres a mitigar el cambio climático y adaptarse a él. Y el mundo rico debe acordar reducir de forma enérgica sus propias emisiones de gases de efecto invernadero como prioridad urgente.
El compromiso de muchos países africanos con una trayectoria baja en carbono y posterior a los combustibles fósiles no está en duda. Queda por ver si este giro, que aleja de la lógica de la culpa “quien contamina paga” y avanza hacia un nuevo paradigma de oportunidad climática, se verá igualado en ambición por los países ricos.
Lo que está claro es que París no es el todo ni el final de la historia: ofrece un trampolín poderoso para que los países africanos aprovechen las oportunidades que tienen al alcance.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Olusegun Obasanjo es expresidente de Nigeria y miembro del Africa Progress Panel.
Imagen: Una mujer saca agua potable de un pozo junto a un río seco. REUTERS/Philimon Bulawayo.


