«Las mejores cosas de la vida son gratis», dice una vieja canción. En lo que respecta a los bienes comunes globales —aire limpio, océanos saludables y conservación de especies diversas—, esto ya no es cierto. Durante siglos hemos abusado de los grandes sistemas de nuestro planeta y ahora ha llegado el momento de pagar la cuenta.
Hay dos maneras de proteger los bienes comunes. La primera es reducir la huella humana. Este fue el mensaje inicial del Club de Roma en su famoso tratado Los límites del crecimiento (PDF), publicado en 1972. La segunda es innovar en tecnología o en enfoques.
Agenda 2030, y el consenso sobre los objetivos globales, giran en torno a esta segunda vía, en la que la clave del éxito consiste en tender puentes entre los ecologistas, que defienden la primacía de la sostenibilidad, y los profesionales del desarrollo, que ponen a las personas en primer lugar.
Sería ingenuo ignorar las tensiones entre estas comunidades, pese a que comparten objetivos. Todo el mundo quiere tanto prosperidad para las personas como un planeta saludable. Pero las herramientas que se utilizan para intentar alcanzar estos objetivos suelen tener efectos contrapuestos.
El ejemplo más evidente de esta tensión son las opiniones divergentes sobre las centrales eléctricas de carbón. Los bajos costos financieros iniciales de estas centrales las hacen atractivas para muchos responsables políticos interesados en el crecimiento económico, mientras que sus devastadores costos ambientales —tanto por el cambio climático global como por los riesgos para la salud de la población local— las hacen aborrecibles para los ecologistas.
En este caso, la tecnología ofrece ahora una alternativa adecuada. En India, el costo de la energía solar puede ser ahora inferior al del carbón. Las soluciones beneficiosas para todos, basadas en las energías renovables y la eficiencia energética, pueden impulsar el crecimiento y reducir las emisiones de carbono.
Sin embargo, en otros casos la tecnología no es la respuesta, al menos no con los niveles actuales de adopción. La versión moderna de las limitaciones al crecimiento es la ambivalencia de muchos ecologistas frente a la clase media emergente de los países en desarrollo. Las personas de esta clase consumen más bienes y servicios que las más pobres. Contaminan y degradan más: bolsas de plástico de sus compras; emisiones de carbono de sus automóviles; tierras degradadas por los alimentos que desperdician; niveles freáticos reducidos por el riego necesario para producir cereales destinados al ganado; destrucción de los arrecifes de coral por los protectores solares que usan en vacaciones. La lista es larga.
No sirve de nada intentar frenar el avance de la clase media. Las fuerzas económicas y políticas son demasiado poderosas. La clase media —que hoy cuenta con unos 3.000 millones de personas— crece más rápido que en cualquier otro momento de la historia, gracias al rápido crecimiento económico de China, India y otros países asiáticos. Probablemente se tardaron 150 años desde el inicio de la Revolución Industrial en alcanzar los primeros 1.000 millones de consumidores de clase media, alrededor de 1985. El segundo millardo tardó 21 años en alcanzar ese umbral; el tercero, apenas 9 años. Si la economía mundial se recupera según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, para 2028 se sumarán 2.000 millones más a la clase media, que llegará a un total de 5.000 millones de personas.
La cuestión fundamental, entonces, es cómo conciliar esta enorme expansión de la clase media con un planeta saludable. Apelar a la buena voluntad de las personas no funcionará. La gente no considera que ella misma ni sus hábitos cotidianos normales causen un daño significativo a la Tierra. Hay un gran fallo de acción colectiva: cada persona piensa que puede dejar que otra se ocupe del problema; por eso, pocas cambian su comportamiento y sus hábitos. Y cuando lo hacen, el impacto es pequeño. En Estados Unidos, las emisiones de carbono de una persona apenas disminuyen alrededor de un 5 % cuando esta toma mayor conciencia de su huella de carbono y empieza a usar bombillas LED y a conducir automóviles eléctricos.
Del mismo modo, intentar recurrir a incentivos económicos, como impuestos y regulaciones, podría ser contraproducente si se percibe que perjudican las perspectivas de crecimiento y prosperidad. La clase media puede simpatizar con la causa, pero también le importa mucho el dinero que tiene en el bolsillo. Los datos de las Encuestas Mundiales de Valoresindican que muchas personas de clase media no están dispuestas a pagar impuestos más altos para apoyar un mejor medioambiente ni siquiera en su propio país, y mucho menos a escala mundial.
Sin embargo, hay otras maneras de mitigar el impacto de la clase media en los bienes comunes globales. A largo plazo, una clase media más numerosa puede ser una fuerza poderosa para frenar el crecimiento de la población. Basta con mirar la Europa actual: su tasa de crecimiento demográfico es de apenas alrededor del 0,2 % anual. De hecho, casi todo el crecimiento demográfico mundial proyectado se concentra en lugares con clases medias pequeñas, como Nigeria y la República Democrática del Congo.
El vínculo entre la clase media y el crecimiento demográficoes claro. Los hogares de clase media tienen más educación y viven más en zonas urbanas. Invierten más en sus hijos. En muchos lugares, sus hijas cursan la educación secundaria y luego acceden a la educación superior. Esto tiene un efecto drástico en la fecundidad. En promedio, una mujer sin escolarización tiene entre cuatro y cinco hijos más que una que termina la educación secundaria.
Si se suman los efectos en todo el mundo, el impacto puede ser considerable. Las Naciones Unidas, que publica distintos escenarios demográficos,considera que la cifra mundial más probable para 2100 es de 10.900 millones (frente a los 7.400 millones actuales). Pero los demógrafos del Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicadosde Viena calculan que la población en 2100 podría ser de solo 9.000 millones de personas si se tiene en cuenta una mejor educación.
Esta reducción de 2.000 millones muestra lo que puede lograrse si se ofrece a los hogares de clase media un paquete de acceso a la escolarización y la planificación familiar. De hecho, la ayuda total para educación se duplicaría si se destinara a ella tan solo una octava parte de los 100.000 millones de dólares (79.800 millones de libras esterlinas) prometidos anualmente en ayuda climática: esto ayudaría a generar prosperidad y proteger el planeta al mismo tiempo. Propuestas beneficiosas para todos como esta pueden ayudar a tender puentes entre las comunidades ambientalistas y de desarrollo, una coalición que se necesita con urgencia para salvaguardar los bienes comunes globales y alcanzar los objetivos globales.



