Por qué el BAII beneficiará a la gobernanza mundial

Por qué el BAII beneficiará a la gobernanza mundial
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Pese a la oposición oficial de Estados Unidos y Japón, 57 países han optado por ser miembros fundadores del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), liderado por China. Independientemente de lo que crean quienes lo ponen en duda, este notable giro de los acontecimientos solo puede beneficiar a la gobernanza económica mundial.

Según Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, la creación del BAII «podría recordarse como el momento en que Estados Unidos perdió su papel de garante del sistema económico mundial». En cambio, el presidente del Banco Asiático de Desarrollo (BAD), Takehiko Nakao, no cree que vaya a haber un «cambio importante en el ámbito de la financiación para el desarrollo», aunque admitió que «puede haber distintas interpretaciones sobre su significado simbólico».

Quién tiene razón dependerá en gran medida de las decisiones que tomen los principales accionistas del BAII respecto a su estructura operativa. Hasta ahora, el BAII no ha intentado modificar el principio según el cual el mayor contribuyente a una organización multilateral tiene la mayor influencia en su gestión. Al igual que Estados Unidos domina el Banco Mundial y Europa lidera el Fondo Monetario Internacional, China encabezará el BAII.

Esto supone un papel de liderazgo mundial más importante para China, algo que el mundo, incluidas sus potencias tradicionales, debería acoger favorablemente. Al fin y al cabo, el liderazgo mundial no es solo una cuestión de poder; también refleja la provisión de bienes públicos mundiales.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, además de ser la principal potencia militar y económica del mundo, era el mayor proveedor de esos bienes, mediante el Plan Marshall, el apoyo a las Naciones Unidas y las contribuciones a las instituciones de Bretton Woods (el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial). Sin embargo, las enormes deudas han mermado últimamente la capacidad de Estados Unidos —por no mencionar la de Europa y Japón— para seguir realizando contribuciones tan cuantiosas. Por fortuna, China está dispuesta y en condiciones de cubrir esa brecha.

De hecho, China podría haberlo hecho dentro de las instituciones de Bretton Woods si la distribución de los derechos de voto en ellas no estuviera tan sesgada a favor de los miembros establecidos, que aún gozan de poder de veto. Por ejemplo, China cuenta con una participación del 3,8 % en los votos del FMI y del Banco Mundial, aunque representa más del 12 % del PIB mundial. El Reino Unido y Francia —cuyas economías tienen un tercio del tamaño de la china— cuentan cada uno con una participación del 4,3 %. Como los miembros establecidos no están dispuestos a ajustar la participación de China en los votos a su peso económico, China tuvo pocas opciones aparte de crear su propia institución.
Pero el BAII tiene sus propios objetivos, que no coinciden exactamente con los de, por ejemplo, el Banco Mundial. En concreto, el banco es un elemento fundamental de la estrategia china «una franja, una ruta», que comprende dos iniciativas: el Cinturón Económico de la Ruta de la Seda terrestre, que conecta China con Europa, y la Ruta de la Seda Marítima del Siglo XXI, que une China con el Sudeste Asiático, Oriente Medio y Europa. Mientras Estados Unidos «gira» hacia el este, China da un giro hacia el oeste y aplica las lecciones de su desarrollo a sus socios comerciales de toda Eurasia y más allá.

Quizá la más importante de estas lecciones sea que la conectividad es vital para el crecimiento económico. En las últimas tres décadas, la construcción de carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y sistemas de telecomunicaciones en China ha fomentado el comercio, atraído inversiones y, al conectar las provincias occidentales y meridionales sin litoral del país con sus zonas costeras más prósperas, ayudado a reducir las disparidades regionales.

La iniciativa china de la Ruta de la Seda, cuyo objetivo es impulsar la prosperidad de los socios comerciales de China principalmente mediante inversiones en infraestructura, es un siguiente paso lógico, en el que China está invirtiendo considerablemente. Además de su contribución inicial de hasta 50.000 millones de dólares al BAII, China ha comprometido 40.000 millones de dólares para su Fondo de la Ruta de la Seda, 32.000 millones de dólares para el Banco de Desarrollo de China y 30.000 millones de dólares para el Banco de Exportación e Importación de China.

Según estimaciones de HSBC, la iniciativa «una franja, una ruta» podría acabar costando hasta 232.000 millones de dólares, algo menos de dos tercios del balance del Banco Mundial en 2014. El BAII, con 100.000 millones de dólares, desempeñará un papel central en esta iniciativa.

Dada la enorme demanda mundial de financiación para infraestructuras —que, según las estimaciones del BAD, ascenderá a 8 billones de dólares solo en Asia durante la próxima década—, el BAII no debería considerarse una amenaza para el Banco Mundial, el BAD u otros prestamistas multilaterales. No obstante, competirá con ellos, debido a su enfoque distintivo —y probablemente más eficiente— de los préstamos.

De hecho, es muy probable que las operaciones del BAII se parezcan a las del Banco Mundial en la década de 1960, cuando el personal estaba dominado por ingenieros con experiencia práctica en desarrollo, capaces de diseñar condiciones de préstamo que funcionaran para los prestatarios. A finales de la década de 1980, el Banco Mundial empezó a aplicar el Consenso de Washington e impulsó la liberalización económica y política sin prestar suficiente atención a las realidades políticas o económicas locales. El resultado fue la concesión de préstamos condicionados, con términos —elaborados en su mayoría por expertos en políticas— que muchos prestatarios de países en desarrollo no podían cumplir (al menos sin contratar consultores para ajustar sus informes oficiales).

La prueba decisiva de la eficacia del BAII será su modelo de gobernanza. Una de las deficiencias de las instituciones de Bretton Woods son sus consejos de administración integrados por accionistas a tiempo completo, que tienden a socavar la eficacia con una microgestión y a menudo solicitan condiciones de préstamo contradictorias. El Banco Mundial ha perdido demasiado tiempo reorganizándose bajo distintos presidentes, sin reconocer el problema fundamental de su propia estructura de gobernanza.

Aunque el BAII no cumpla lo prometido, su creación es un importante recordatorio de que, en un mundo en rápida transformación, la gobernanza económica no puede permanecer estancada. Si los líderes occidentales realmente creen en la innovación, la competencia y la meritocracia, deberían acoger favorablemente el BAII.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autores: Andrew Sheng es profesor adjunto en la Universidad de Tsinghua, en Pekín. Xiao Geng es director de Investigación del Fung Global Institute.

Imagen: Peatones caminan bajo farolillos rojos instalados recientemente como decoración del Año Nuevo chino, en el distrito financiero de Pudong, en Shanghái, el 24 de enero de 2014. REUTERS/Aly Song.

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