Las crisis de deuda soberana, como la de Grecia, solo pueden resolverse mediante medidas audaces tanto del deudor como del acreedor. El deudor necesita empezar de nuevo mediante una condonación de deuda; el acreedor debe encontrar la manera de ofrecerla sin recompensar las conductas irresponsables. Para llegar a un acuerdo, es preciso atender las necesidades de ambas partes. Por tanto, las reformas serias y un alivio sustancial de la deuda deben ir de la mano. Por eso Grecia y Alemania, su mayor acreedor, necesitan un nuevo modus vivendi para reanudar las negociaciones.
Para empezar, el Gobierno griego debe tener claro que hacen falta reformas económicas urgentes. La economía del país no solo se ha desplomado; está estructuralmente moribunda. Las raíces de los problemas de Grecia se remontan mucho más atrás que la austeridad de los últimos años.
En 2013, por ejemplo, los inventores residentes en Alemania presentaron alrededor de 917 solicitudes de patente por cada millón de habitantes. En cambio, los inventores residentes en Grecia presentaron apenas 69 solicitudes de patente por cada millón de habitantes.
Si Grecia quiere alcanzar la prosperidad asociada a una economía tecnológicamente avanzada del siglo XXI, tendrá que ganársela produciendo productos innovadores que sean competitivos en los mercados mundiales, tal como hace Alemania. Es probable que lograrlo suponga un desafío generacional.
Por su parte, Alemania debe reconocer la magnitud del colapso de Grecia. La economía griega se ha contraído alrededor de un 25% desde 2009; el desempleo se sitúa en el 27%, y el desempleo juvenil, en casi el 50%. Cuando Alemania afrontó condiciones comparables a principios de la década de 1930, sus acreedores se encogieron de hombros, y la inestabilidad resultante permitió el ascenso de Adolf Hitler. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, la deuda de Alemania se redujo drásticamente, lo que le permitió reconstruirse. A la luz de esta experiencia, debería comprender la importancia de reducir la deuda de un país cuando la carga de atenderla se vuelve insostenible.
El argumento a favor de ofrecer a un país un nuevo comienzo financiero es tanto económico como moral. A muchos banqueros les cuesta entenderlo, pues su sector no conoce la moral: solo el resultado final. Los políticos también tienden a ajustar su brújula moral a la implacable búsqueda de votos. Encontrar soluciones eficaces y morales exige auténtica capacidad de estadista, algo que ha escaseado demasiado durante la crisis del euro.
El primer ministro griego Alexis Tsipras y la canciller alemana Angela Merkel tienen ahora la oportunidad de estar a la altura de las circunstancias como estadistas europeos. Desde la elección de Tsipras en enero, los funcionarios alemanes apenas han podido contener su furia ante el atrevimiento de un Gobierno izquierdista recién llegado, de un país pequeño y en bancarrota, que desafía a una de las grandes economías del mundo. El ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble, por ejemplo, ha intentado repetidamente provocar la salida de Grecia de la eurozona.
La respuesta de Tsipras a estas provocaciones ha sido clara y coherente: Grecia debe permanecer en la eurozona y necesita un nuevo comienzo financiero para hacerlo. El 5 de julio, el pueblo griego respaldó a su joven y carismático líder con un decisivo voto por el «No» a las exigencias irrazonables de los acreedores de su país. Algún día, su decisión será reconocida como una victoria de Europa frente a quienes preferían dividir la eurozona en vez de dar a Grecia la oportunidad de empezar de nuevo dentro de ella.
En el probable encuentro entre Tsipras y Merkel esta semana en Bruselas, lo que está en juego no podría ser más importante. Los costes económicos del estancamiento han sido catastróficos para Grecia y suponen una grave amenaza para Europa. El fracaso de las negociaciones la semana pasada desató un pánico bancario, que dejó paralizada la economía griega y a sus bancos al borde de la insolvencia. Si se pretende reactivar los bancos, hay que salvarlos en cuestión de días.
Si Tsipras y Merkel se reúnen como meros políticos, las consecuencias serán catastróficas. Los bancos griegos se verán empujados al colapso, y el coste de salvar a Grecia y a la eurozona se volverá prohibitivo. Si, en cambio, los dos líderes se reúnen como estadistas, salvarán a Grecia, la eurozona y el vacilante espíritu europeo. Con la promesa de un alivio sustancial de la deuda griega y un acercamiento entre Grecia y Alemania, volverá la confianza económica. Los depósitos regresarán a los bancos griegos. La economía volverá a la vida.
Tsipras debe asegurarle a Merkel que Grecia vivirá dentro de sus posibilidades y no como una carga crónica para Europa. Para garantizar ese resultado, el alivio de la deuda y las reformas rigurosas deben aplicarse gradualmente a lo largo del tiempo, de acuerdo con un calendario pactado, y cada parte debe cumplir sus compromisos siempre que la otra también lo haga. Afortunadamente, Grecia es un país con talentos excepcionales, capaz de construir desde cero nuevos sectores competitivos si se le da la oportunidad.
Merkel debe adoptar ahora una postura opuesta a la que su ministro de Finanzas ha defendido hasta la fecha. Schäuble es, sin duda, una de las grandes figuras políticas de Europa, pero su estrategia para salvar la eurozona expulsando a Grecia estaba equivocada. Merkel debe intervenir ahora para salvar a Grecia como parte de la eurozona, y eso significa aliviar la carga de su deuda. Hacer lo contrario en esta etapa crearía una fractura irreparable entre los ricos y los pobres de Europa, y entre los poderosos y los débiles.
Algunos —en particular, los banqueros siempre cínicos— sostienen que ya es demasiado tarde para que Europa se salve. No lo es. En Europa, muchos líderes y ciudadanos influyentes siguen considerando que el mercado está sujeto a consideraciones morales, como la necesidad de aliviar el sufrimiento económico. Esto constituye un activo invaluable. Hace posible que Merkel ofrezca a Grecia un nuevo comienzo, porque es lo correcto y porque concuerda con la experiencia y la historia de la propia Alemania.
A los lectores de la prensa financiera, esa idea de un enfoque ético de la crisis griega podría parecerles absurda, y sin duda muchos políticos la considerarán ingenua. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos europeos podría aceptarla como una solución sensata. Europa resurgió de los escombros de la Segunda Guerra Mundial gracias a la visión de estadistas; ahora, las vanidades cotidianas, la corrupción y el cinismo de banqueros y políticos la han llevado al borde del colapso. Es hora de que vuelva la capacidad de estadista, por el bien de las generaciones actuales y futuras de Europa y del mundo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Jeffrey D. Sachs, profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Política y Gestión Sanitarias y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, también es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Imagen: Una bandera de la Unión Europea (izquierda) y una bandera nacional griega ondean mientras el cielo se refleja en la fachada de un edificio en Atenas, el 17 de febrero de 2015. REUTERS/Alkis Konstantinidis.


