Por qué la economía de Rusia no se desplomará

Por qué la economía de Rusia no se desplomará
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La rápida depreciación del rublo, pese a la drástica —y aparentemente desesperada— subida de los tipos de interés decidida a última hora de la noche por el Banco Central de Rusia (BCR) el mes pasado, ha evocado el espectro del colapso económico ruso de 1998. De hecho, Occidente ha intentado dar vida a ese espectro en su actual enfrentamiento con el presidente ruso, Vladímir Putin. Pero, aunque la economía rusa atraviesa indudablemente dificultades, es improbable que se produzca un colapso total.

El petróleo y el gas representan más del 60 % de las exportaciones de Rusia; otras materias primas constituyen gran parte del resto. Teniendo esto en cuenta, la reciente y pronunciada caída de los precios mundiales del petróleo supone claramente un gran impacto —lo bastante importante como para provocar una recesión considerable al combinarse con el efecto de unas sanciones occidentales cada vez más estrictas—. Para empeorar las cosas, se prevé que los precios de las materias primas sigan bajos durante algún tiempo. En ese caso, la pérdida de ingresos sería mucho más que un revés temporal.

Pero Rusia no es un caso perdido económico a punto de desplomarse, al menos todavía. La situación actual es muy distinta de la de 1998, cuando Rusia tenía déficits gemelos, fiscal y por cuenta corriente. Rusia necesitaba endeudarse, y lo hacía en gran medida en moneda extranjera. Esto significaba que, a medida que el rublo se depreciaba, aumentaban las deudas de Rusia. Finalmente, el impago se volvió inevitable.

En cambio, en los últimos años Rusia ha disfrutado de un considerable superávit presupuestario, y la deuda pública está por debajo del 20 % del PIB. Es cierto que los ingresos procedentes del petróleo y el gas, que representan la mayor parte de los ingresos públicos, se han reducido a la mitad medidos en dólares. Pero la moneda rusa ha caído aproximadamente en el mismo porcentaje, lo que significa que los ingresos del gobierno en rublos se mantienen prácticamente sin cambios.

Del mismo modo, el saldo de la cuenta corriente de Rusia ha sido mayoritariamente superavitario en los últimos años. La deuda externa bruta pública y privada está por debajo del 40 % del PIB, y gran parte está denominada en rublos. La fuerte caída de los ingresos por exportaciones está cambiando rápidamente la situación, pero Rusia parte de una posición cómoda. Ceder al pánico sería prematuro.

La caída libre del rublo se ha debido principalmente a las salidas de capital. Los célebres oligarcas rusos ya han guardado la mayor parte de su riqueza en el extranjero, pero conservan ahorros considerables en el país. A medida que se deteriora la situación económica y política, lo más probable es que estén sacando aún más dinero. Los pequeños ahorradores también tienen motivos de sobra para pasarse a la moneda extranjera.

Esto ha colocado al BCR en una situación difícil. La depreciación del rublo sin duda avivará la inflación, que ya ronda el 11 % y está muy por encima del objetivo del 5 % del BCR. En ese contexto, tiene sentido elevar considerablemente los tipos de interés, y los funcionarios quizá esperen que la subida frene las salidas de capital, pese al riesgo de que la decisión, si se interpreta como una medida para defender la moneda, produzca el efecto contrario.

El problema es que los tipos de interés más altos sin duda agravarán la desaceleración económica de Rusia, y convertirán al BCR en un chivo expiatorio fácil. No importa que el banco central no sea responsable de los problemas de Rusia —la fuga del rublo, la recesión y el repunte de la inflación— y que recurrir a los tipos de interés para impedir las salidas de capital siempre fracase. Cabe contar con que los políticos acorralados señalarán culpables.

La amenaza para Putin está clara. Se arriesga a correr la misma suerte que su predecesor, Borís Yeltsin, quien estuvo al frente del país durante un período de precios del petróleo inusualmente bajos. Hasta ahora, Putin ha tenido suerte: llegó al poder justo cuando los precios del petróleo empezaban a subir. La mayoría de los ciudadanos rusos le atribuyen dos décadas de mejora del nivel de vida, tras décadas de declive.

La decisión de Putin de no aplicar las impopulares reformas que habrían creado un sólido sector exportador no petrolero quizá haya perjudicado la salud económica a largo plazo, pero le ha permitido mantener un amplio apoyo público. Su buena fortuna económica, junto con su disposición a plantar cara a Occidente, ha creado en Rusia la impresión equivocada de que el país vuelve a ser una potencia mundial.

Muchos en Estados Unidos y Europa creen que aumentar la presión económica sobre Rusia contribuirá a sacar a Putin del poder. Se trata de una apuesta enormemente peligrosa. A medida que disminuya el nivel de vida de los rusos, la única estrategia viable de Putin para mantenerse en el poder será adoptar una postura internacional agresiva. Al fin y al cabo, las aventuras militares en el extranjero resultan más atractivas cuando el frente interno está en llamas.

Nada de esto significa que Occidente deba ceder y renunciar a sus principios. Pero sí significa que ha llegado el momento de adoptar un enfoque diplomático que no dependa de la perspectiva de un colapso económico de Rusia.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Charles Wyplosz es profesor de Economía Internacional y director del Centro Internacional de Estudios Monetarios y Bancarios del Instituto Universitario de Estudios Internacionales, Ginebra.

Imagen: Grúas de construcción detrás de la catedral de San Basilio y las murallas del Kremlin (en primer plano), en la capital, Moscú, el 27 de enero de 2015. REUTERS/Maxim Zmeyev

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