Por qué no convencen las visiones pesimistas sobre la economía de China

Por qué no convencen las visiones pesimistas sobre la economía de China
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A finales de 2001, utilicé por primera vez la expresión BRIC para hablar del probable auge de Brasil, Rusia, India y China como economías con una participación creciente en la economía mundial, y expuse una serie de escenarios en los que parecía bastante inevitable que su cuota aumentara considerablemente antes de que terminara esa década. En 2003, junto con algunos colegas de Goldman Sachs, proyectamos por primera vez cómo podría ser el mundo en 2050 si los BRIC y otras grandes economías emergentes alcanzaban su potencial: un mundo radicalmente distinto del que prevalecía entonces.

Fueron esos dos documentos los que dieron inicio al interés por la expresión BRIC y, de hecho, a mi papel central en la historia que se desarrolló desde entonces. Lo que destaca especialmente en los 13 años y medio siguientes es el dominio que China llegó a ejercer dentro del grupo BRIC en términos de tamaño económico, así como, por supuesto, su creciente importancia para la economía mundial. A finales de 2014, la economía china superó los 10 billones de dólares estadounidenses corrientes y, según el Banco Mundial, en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA), ya era mayor que la de Estados Unidos. Con 10 billones de dólares, China tiene alrededor de una vez y media el tamaño de los otros tres países BRIC juntos. También supera el tamaño combinado de Francia, Alemania e Italia. Es aproximadamente el doble que Japón (en el documento de 2003, pensamos que China podría tardar hasta 2015 en alcanzar el tamaño de Japón, y mucho menos duplicarlo). Su economía casi se ha multiplicado por diez desde que mencioné por primera vez la palabra «BRIC» y, desde la crisis crediticia mundial de 2008, China ha duplicado su propio tamaño.

En cuanto al tamaño y el crecimiento, quizá sea especialmente importante señalar que China no solo creció mucho más de lo previsto en la última década —algo que también ocurrió con los otros tres países BRIC—, sino que, hasta ahora en esta década, es el único que ha superado mis expectativas. Los otros tres, Brasil y Rusia en particular, e India en menor medida, han quedado notablemente por debajo de mis expectativas. En 2010, supuse que China crecería un 7,5 % durante la década de 2011-2020. Después de cuatro años, su crecimiento promedio ha sido del 8,0 %.

Todo esto significa que China sigue en camino de alcanzar la meta de 2027 para superar a Estados Unidos en términos de dólares estadounidenses corrientes y que, además, debido al predominio de China, los países BRIC en conjunto podrían llegar a tener un tamaño equivalente al de los países del G7 juntos. Por supuesto, 12 años es mucho tiempo y muchas cosas podrían evolucionar de otra manera, pero, si China sigue desarrollándose como hasta ahora, sucederá. En este sentido, quiero subrayar que supuse que el crecimiento del PIB real de China se desaceleraría; por tanto, a menos que la desaceleración sea drástica, es compatible con que China se convierta en la mayor economía del mundo. A continuación abordaré los problemas cruciales que enfrenta China.

Por supuesto, es excepcionalmente importante señalar que el crecimiento del PIB nominal, por sí solo, no es necesariamente tan decisivo para los habitantes de China, pues lo que importa a todos ellos es su riqueza individual (junto con, probablemente, su salud y felicidad). Dado que se considera que la población de China es bastante estable o, en todo caso, que disminuye moderadamente, el PIB per cápita promedio del país —la medida más sencilla de la riqueza— probablemente debería seguir, en términos generales, la trayectoria de su PIB nominal. También es importante que el PIB per cápita haya aumentado con fuerza hasta casi 8.000 dólares por persona, lo que refleja la elevada tasa de crecimiento. Si bien las medidas de desigualdad sugieren que ha aumentado la brecha entre los más ricos y los más pobres, también es cierto que cientos de millones de chinos han salido de la pobreza en los últimos 13 años y medio, lo que contribuyó de manera decisiva a que la ONU alcanzara su objetivo del milenio de reducir la pobreza a la mitad para 2015. De hecho, el objetivo se alcanzó en 2010, cinco años antes, lo que llevó a investigadores de la ONU y del Banco Mundial a sugerir que quizá habría que elevar el umbral aceptable para salir de la pobreza. China ha sido, con diferencia, el país más importante en contribuir a estos notables avances.

Entonces, ¿qué perspectivas tiene China ahora? ¿En qué debe centrarse como prioridad política? ¿Y cómo debería abordar su importancia internacional y su papel en la gobernanza global, incluido el uso de su moneda, el RMB?

En los últimos años, he participado en muchos debates con otros comentaristas conocidos que son mucho más escépticos sobre el futuro de China y, aunque por supuesto podría estar pasando por alto la validez de sus preocupaciones, muchos de sus argumentos no me convencen. Esto se debe en gran medida a un hecho sencillo: la urbanización de los ciudadanos chinos. Según los datos oficiales, hoy algo más del 50 % de la población de China vive en ciudades, un gran aumento con respecto a hace 20 años, pero aún muy por debajo del 70 % que suele encontrarse en las economías más avanzadas y prósperas. Como explicaré, si China ya estuviera urbanizada en un 70 % hoy, compartiría al menos algunas de las preocupaciones de los demás. Sin embargo, hay abundantes pruebas históricas, que se remontan a la Revolución Industrial en el Reino Unido, de que la urbanización es una fuerza enorme que impulsa el crecimiento económico, ya que los habitantes urbanos generan todo tipo de efectos económicos positivos, tanto como consumidores como productores. La OCDE publicó recientemente un estudio muy interesante, coherente con esta idea, que sugiere que las mayores zonas urbanas suelen asociarse con las mejoras más importantes de la productividad.

Si fuera cierto que China está más cerca del nivel de referencia del 70 %, algunas de esas poderosas fuerzas que surgen de manera tan natural dejarían de actuar, y yo sería menos optimista. Por supuesto, es posible que las estadísticas oficiales sobre el nivel actual de urbanización de China subestimen la cifra real, y sé que hay quienes lo creen, pero no veo pruebas convincentes de ello.

En relación con esta sencilla observación, la política más importante que, a mi juicio, China debe aplicar es seguir adelante con los planes anunciados para conceder a los llamados trabajadores migrantes los mismos derechos ciudadanos que tienen quienes proceden de zonas urbanas. Entiendo los desafíos que podría plantear una conversión masiva y repentina en todas las ciudades, pero, si quienes se han trasladado del campo y ahora viven en zonas urbanas no pueden obtener todos los derechos, se deduce que no podrán materializarse los beneficios teóricos de la urbanización: empezando por el deseo muy básico de tener una vivienda y, después, amueblarla con bienes de consumo duraderos. También se deduce que es probable que estos trabajadores migrantes mantengan altos niveles de ahorro personal, que quizá necesiten para acceder a algunos de los recursos que las políticas modernas están poniendo más a disposición de los residentes urbanos reconocidos, como la atención sanitaria y los seguros.

He conocido a algunos escépticos sobre China que sostienen que, debido al éxito de la política del hijo único, no hay suficientes migrantes urbanos varones para participar en el proceso de urbanización adicional que se presupone más arriba, lo que, de ser cierto, sería un problema. En este sentido, también considero muy sensata la decisión de desmantelar formalmente la política del hijo único. A largo plazo, el crecimiento económico depende de dos factores: el número de personas que trabajan y su productividad. Si China no hubiera cedido, era muy probable que enfrentara un serio desafío demográfico en el futuro. También creo que, a medida que los padres se enriquecen, les resulta muy reconfortante decidir cuántos hijos quieren tener. Hay bastantes pruebas de que, al enriquecerse (y estar mejor informadas), las personas suelen optar de todos modos por tener menos hijos, por lo que probablemente no estén justificadas las preocupaciones de algunos responsables de políticas sobre una nueva explosión demográfica. Así que, como digo, es muy bienvenida la abolición de la política del hijo único de manera no disruptiva.

Teniendo presentes estos dos pasos cruciales, admiro el deseo del gobierno de aumentar la proporción del consumo en la actividad económica general. De hecho, si se adoptan con confianza, conciencia y sinceridad los dos pasos fundamentales anteriores, podrían ser las medidas más importantes para alcanzar lo que muchos suelen considerar un objetivo esquivo para China. Por lo que puedo deducir de los datos oficiales, probablemente la proporción del consumo en el PIB total haya aumentado moderadamente en los últimos años, hasta situarse entre el 35 y el 40 % del PIB. Debe ser mucho mayor, aunque no llegar al nivel insostenible del 70 % que alcanzó Estados Unidos —y que probablemente contribuyó en gran medida a la crisis crediticia mundial—, sino situarse al menos entre el 50 y el 55 %. De hecho, alrededor del 60 % sería una cifra bastante normal y sostenible.

Además de conceder plenos derechos urbanos a los trabajadores migrantes, otras medidas necesarias para fomentar el auge del consumidor son garantizar un sistema creíble de seguridad social y atención sanitaria, y desarrollar algún tipo de régimen de pensiones, pues esto permitiría reducir la tasa de ahorro personal, demasiado elevada, de China. También son obviamente necesarios otros factores cíclicos habituales, como el empleo y un fuerte crecimiento de los ingresos reales, pero son estas fuerzas estructurales las que más deben cambiar.

Es posible que el nivel real del consumo personal ya sea mayor de lo que suelen reflejar los datos económicos agregados, debido a las peculiaridades de la forma en que se calculan las estimaciones de inversión. Mejorar aún más todas las estadísticas económicas oficiales es una necesidad evidente para la política china (como lo es, de hecho, prácticamente en todo el mundo). Pero, incluso si se hacen revisiones, es importante que China avance en el aumento del papel del consumidor.

Parte de esta lógica se debe, sencillamente, a que cuesta creer que pueda continuar el notable crecimiento de las exportaciones y del gasto en inversión de los últimos 20 años aproximadamente. Las exportaciones ya se han desacelerado significativamente desde la crisis crediticia mundial, lo cual no sorprende, dado que el principal determinante del crecimiento de las exportaciones suele ser la demanda interna en los mercados de exportación, así como el precio relativo de las exportaciones, para el cual suele ser decisiva la moneda de un país. Ante la debilidad de la demanda en muchos países desarrollados y la apreciación constante del RMB, casi con toda seguridad han terminado los días de crecimiento desenfrenado de las exportaciones chinas. Esto no significa que China no pueda exportar o competir, pero su ascenso aparentemente interminable como exportador no era sostenible en un mundo donde muchos otros quieren exportar y, en algunos casos, tienen una necesidad apremiante de hacerlo.

Es importante que China avance en el aumento del papel del consumidor.

En la actualidad, preocupa más el elevado nivel del gasto en inversión, tanto porque no es sostenible como porque, si los últimos años sirven de indicio, la misma cantidad de inversión está generando menos PIB adicional que antes. Esto no es deseable y probablemente implique pérdidas económicas. Por suerte, como ocurre con otros desafíos, los responsables de las políticas reconocen este dilema y parecen dispuestos a que la inversión crezca más lentamente y deje espacio para que aumente el consumo.

En consonancia con estos temas, me entusiasma el enfoque en la «calidad» del crecimiento y el deseo de una economía y una sociedad más basadas en el conocimiento. Estas metas son compatibles entre sí, al igual que el deseo necesario de pasar a energías menos contaminantes y más eficientes, para que se pueda preservar la calidad del entorno urbano y rural de China.

Esto me lleva a los dos últimos temas: las finanzas y el papel de China en la gobernanza económica mundial.

Será fascinante ver si el FMI decide incluir el RMB en su cesta de DEG a finales de 2015, cuando el Fondo debe realizar su actualización obligatoria quinquenal de la composición de las monedas. China cumple claramente desde hace muchos años dos de los tres requisitos principales: su tamaño económico y su participación en el comercio mundial. Aunque quizá no satisfaga el criterio de todos los observadores respecto al tercero —el uso de su moneda como reserva—, el auge del RMB en este sentido en los últimos años es digno de mención. Creo que es muy importante que el FMI siga adelante y tome una decisión favorable a la inclusión del RMB, sin dejarse influir por los argumentos de que la moneda china no es verdaderamente de libre flotación ni por la posible resistencia de Estados Unidos a conceder a China más importancia monetaria a escala mundial. Como llevo mucho tiempo sosteniendo en otros lugares, ya hace mucho que Estados Unidos y Europa deberían haber dejado espacio para que China (y otros grandes países emergentes) tuviera un papel más importante en el FMI y el Banco Mundial, y desempeñara el papel reforzado que le corresponde en el G20. Aunque probablemente la política interna estadounidense esté frenando la aprobación del Congreso de los planes acordados por los miembros del G20, sería un mal resultado que estos asuntos impidieran la inclusión del RMB en los DEG.

En este sentido, aplaudo la reciente decisión del gobierno del Reino Unido de ser uno de los primeros países en adherirse como miembro al recién creado AIIB.

No estoy tan convencido como muchos de que el RMB deba ser una moneda de libre flotación total como el dólar o el euro, al menos en cuanto a la urgencia de esa necesidad, y creo que es mucho más importante que China desarrolle sus mercados internos de tipos de interés y otros mercados de capitales antes de liberalizar por completo el uso de su moneda.

El próximo año, 2016, promete ser un momento histórico para el mundo y China, cuando China asuma la presidencia del G20 en enero. Es una oportunidad para que China demuestre que es capaz y está dispuesta a asumir más responsabilidad mundial, en consonancia con su poderío económico. China debería procurar liderar el G20 proponiendo políticas para la agenda que no susciten oposición del resto del mundo. En este sentido, estoy dialogando con amigos y conocidos de los círculos políticos para sugerir que China coloque el tema de la resistencia a los antimicrobianos (AMR) en el centro de esa agenda. Actualmente dirijo una revisión para el primer ministro del Reino Unido con el fin de encontrar una solución a este problema enorme, mundial y compartido, y deseo que este desafío llegue a convertirse en un asunto del G20. Todos nos dirigimos hacia un entorno en el que seremos resistentes a los antibióticos, lo que pondrá en peligro la salud de la sociedad en todo el mundo, tal como la conocemos y deseamos, incluidos los tratamientos hospitalarios y los procedimientos modernos habituales. En un documento publicado por mi equipo de revisión en diciembre de 2015, mostramos que, si no se resuelve para 2050, podría haber al menos 10 millones de personas que morirían al año, más de un millón de ellas en China. También mostramos que podría producirse una pérdida acumulada de 100 billones de dólares del PIB mundial, y que China y otras potencias emergentes líderes serían las más afectadas negativamente. No se me ocurre un acontecimiento más adecuado que el hecho de que China lidere al mundo durante su primera presidencia del G20 y nos ayude a evitar este desenlace innecesario.

Este artículo se publicó originalmente en Bruegel, el centro de estudios con sede en Bruselas. Lee el artículo en su sitio web aquí. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Jim O’Neill es investigador no residente en Bruegel.

Imagen: Peatones caminan bajo faroles rojos. REUTERS/Aly Song.

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