En 2014, la economía mundial seguía estancada en el mismo atolladero en el que se encuentra desde que salió de la crisis financiera mundial de 2008. Pese a las medidas gubernamentales aparentemente enérgicas en Europa y Estados Unidos, ambas economías sufrieron recesiones profundas y prolongadas. La brecha entre su situación actual y la que probablemente tendrían si la crisis no hubiera estallado es enorme. En Europa, se amplió a lo largo del año.
A los países en desarrollo les fue mejor, pero incluso allí las noticias fueron sombrías. Las economías más exitosas de este grupo, que habían basado su crecimiento en las exportaciones, siguieron expandiéndose tras la crisis financiera, aun cuando sus mercados de exportación atravesaban dificultades. Pero su desempeño también empezó a debilitarse significativamente en 2014.
En 1992, Bill Clinton basó su exitosa campaña por la presidencia de Estados Unidos en un sencillo eslogan: «Es la economía, estúpido». Desde la perspectiva actual, las cosas no parecen tan malas entonces: los ingresos de los hogares estadounidenses típicos son ahora menores. Pero podemos inspirarnos en el empeño de Clinton. El malestar que aqueja a la economía mundial actual quizá se refleje mejor en dos sencillos eslóganes: «Es la política, estúpido» y «Demanda, demanda, demanda».
El estancamiento casi mundial observado en 2014 es obra del ser humano. Es resultado de la política y las políticas aplicadas en varias economías importantes: una política y unas políticas que sofocaron la demanda. Sin demanda, no se materializarán las inversiones ni los empleos. Así de sencillo.
Esto no se ve con mayor claridad en ningún otro lugar que en la eurozona, que ha adoptado oficialmente una política de austeridad: recortes del gasto público que agravan las debilidades del gasto privado. La estructura de la eurozona es en parte responsable de obstaculizar el ajuste al impacto generado por la crisis; ante la ausencia de una unión bancaria, no fue sorprendente que el dinero huyera de los países más afectados, debilitando sus sistemas financieros y restringiendo el crédito y la inversión.
En Japón, una de las tres «flechas» del programa del primer ministro Shinzo Abe para reactivar la economía se lanzó en la dirección equivocada. La caída del PIB que siguió al aumento del impuesto al consumo en abril aportó más pruebas a favor de la economía keynesiana, como si no hubiera ya suficientes.
Estados Unidos aplicó la dosis más pequeña de austeridad y ha disfrutado del mejor desempeño económico. Pero incluso allí hay unos 650.000 empleados menos en el sector público que antes de la crisis; normalmente, habríamos esperado que hubiera unos dos millones más. Como resultado, Estados Unidos también está sufriendo, con un crecimiento tan anémico que los salarios permanecen básicamente estancados.
Buena parte de la desaceleración del crecimiento en las economías emergentes y en desarrollo refleja la ralentización de China. China es ahora la mayor economía del mundo (en términos de paridad de poder adquisitivo) y desde hace mucho tiempo es el principal contribuyente al crecimiento mundial. Pero el éxito extraordinario de China ha generado sus propios problemas, que deberían abordarse cuanto antes.
El cambio de la economía china de la cantidad a la calidad es bienvenido, casi necesario. Y aunque la lucha contra la corrupción del presidente Xi Jinping puede ralentizar aún más el crecimiento económico, al paralizarse la contratación pública, Xi no tiene motivos para cejar. Al contrario, otras fuerzas que socavan la confianza en su gobierno —los problemas ambientales generalizados, los niveles altos y crecientes de desigualdad y el fraude del sector privado— deben abordarse con el mismo vigor.
En resumen, el mundo no debería esperar que China apuntale la demanda agregada mundial en 2015. Si acaso, habrá un agujero aún mayor que llenar.
Mientras tanto, en Rusia, podemos esperar que las sanciones occidentales ralenticen el crecimiento, con efectos adversos para una Europa ya debilitada. (Esto no es un argumento contra las sanciones: el mundo tenía que responder a la invasión rusa de Ucrania, y los directores ejecutivos occidentales que sostienen lo contrario, en un intento por proteger sus inversiones, han demostrado una preocupante falta de principios).
Durante los últimos seis años, Occidente ha creído que la política monetaria puede salvar la situación. Según esta lógica, la crisis provocó enormes déficits presupuestarios y un aumento de la deuda, y la necesidad de reducir el endeudamiento implica que hay que dejar de lado la política fiscal.
El problema es que las tasas de interés bajas no motivarán a las empresas a invertir si no hay demanda para sus productos. Tampoco inspirarán a las personas a endeudarse para consumir si están preocupadas por su futuro (y deberían estarlo). Lo que sí puede hacer la política monetaria es crear burbujas en los precios de los activos. Incluso podría apuntalar el precio de los bonos públicos en Europa y así evitar una crisis de deuda soberana. Pero hay que tenerlo claro: la probabilidad de que las políticas monetarias expansivas restablezcan la prosperidad mundial es nula.
Esto nos devuelve a la política y las políticas. La demanda es lo que más necesita el mundo. El sector privado —incluso con el generoso respaldo de las autoridades monetarias— no la proporcionará. Pero la política fiscal sí puede hacerlo. Tenemos una amplia variedad de inversiones públicas que generarían altos rendimientos —muy superiores al costo real del capital— y fortalecerían los balances de los países que las emprendan.
El gran problema que afronta el mundo en 2015 no es económico. Sabemos cómo salir del malestar actual. El problema es nuestra estúpida política.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor universitario de la Universidad de Columbia, fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton y vicepresidente sénior y economista jefe del Banco Mundial.
Imagen: Un hombre sube por una escalera mecánica cerca de la Torre de Shanghái (a la derecha, en construcción), la Torre Jin Mao (centro) y el Centro Financiero Mundial de Shanghái (izquierda), en el distrito financiero de Pudong, en Shanghái, el 4 de julio de 2013. REUTERS/Carlos Barria

