El mes pasado, apenas unos días antes de que el Banco Central Europeo anunciara su intención de iniciar una expansión cuantitativa (QE), asistí a un seminario en Ginebra con periodistas internacionales, responsables de políticas e inversores. Los debates allí, al igual que los que tuvieron lugar en Japón antes de que el primer ministro Shinzo Abe pusiera en marcha su innovadora estrategia de reforma económica en 2012, reflejaban una comprensión insuficiente del potencial transformador de la política monetaria no convencional.
De hecho, en el seminario, economistas y periodistas europeos —sobre todo los alemanes, e incluso algunos británicos presentes en la sala— adoptaron un tono despectivo. «El poder de la política monetaria es limitado, especialmente cuando el tipo de interés es tan bajo», dijeron algunos. «No podemos confiar en que una política monetaria acomodaticia impulse una recomposición de las carteras», añadieron otros.
Estas declaraciones resultaban demasiado familiares y algo sorprendentes, dado el avance que la estrategia actual de Japón basada en la QE ha permitido al país alcanzar. Está claro que muchos europeos no comprenden la historia ni la importancia de la llamada «Abenomics»; pero ese conocimiento debería orientar sus debates sobre política monetaria.
En 2001, el Banco de Japón (BOJ) luchaba por encontrar formas de ayudar a la economía a salir de la recesión. Tras haber reducido ya el objetivo del tipo de interés a corto plazo hasta casi cero, recurrió a operaciones de mercado abierto —en concreto, a la compra de bonos públicos a largo plazo y al aumento de las reservas bancarias depositadas en el BOJ— para incrementar la oferta monetaria y reducir los tipos de interés a largo plazo.
Pero el intento del BOJ de aplicar la QE resultó insuficiente y demasiado tardío, y la recuperación nunca llegó. Ben Bernanke, entonces director del departamento de Economía de la Universidad de Princeton, tomó nota de ese fracaso y declaró que el BOJ debía aplicar una política monetaria más agresiva.
Cuando el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers quebró en 2008 y desencadenó una crisis financiera mundial, Bernanke —que para entonces se había convertido en presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos— siguió su propio consejo y puso en marcha un ambicioso programa de QE para reactivar la economía estadounidense, estancada. El Reino Unido también aplicó una QE contundente y, al igual que Estados Unidos, ahora experimenta un crecimiento económico relativamente sólido (por eso los participantes británicos en Ginebra deberían haberlo sabido).
Japón, en cambio, vaciló a la hora de ampliar sustancialmente la oferta monetaria, lo que hizo que el yen se apreciara hasta 76 frente al dólar estadounidense (desde menos de 100 antes de la crisis de Lehman) y provocó un nuevo descenso del crecimiento del PIB. En 2009, la economía japonesa producía un 8% por debajo de su potencial, pese a que su sistema financiero era sólido. En resumen, la economía japonesa sufrió mucho más que las de Estados Unidos y el Reino Unido, directamente afectadas por el shock de Lehman.
Un pequeño grupo de economistas, entre los que me encontraba, reconoció esta discrepancia y sostuvo enérgicamente que la flexibilización monetaria era crucial para combatir la deflación y la apreciación extrema de la moneda. Pero nuestros argumentos fueron desestimados sistemáticamente. ¿Les suena?
Abe lo cambió todo. Con la política monetaria como fundamento de su agenda política, se convirtió en primer ministro (por segunda vez) en diciembre de 2012.
Poco después, la QE se puso en marcha. Casi de inmediato, el yen se depreció, aumentaron las exportaciones y la bolsa se disparó. Tras casi dos décadas de recesión, la economía japonesa volvía a crecer, y tenía que agradecérselo a la Abenomics.
Por supuesto, no todo salió a la perfección: el aumento de 3% del impuesto al consumo, implantado por el gobierno anterior, interrumpió el progreso de Japón. Y aún queda mucho camino por recorrer para lograr un crecimiento económico sólido a largo plazo; la siguiente fase de la Abenomics —las reformas por el lado de la oferta— exigirá que el gobierno venza la resistencia de los burócratas y los grupos de interés.
No obstante, la eficacia de la QE quedó clara; tan clara que el BOJ anunció una ronda adicional el pasado octubre. A juzgar por la aplastante victoria del Partido Liberal Democrático de Abe en unas elecciones generales anticipadas dos meses después, los votantes japoneses están satisfechos con este enfoque.
Ahora le toca a Europa beneficiarse del poder de la política monetaria. Pero, para que el plan del BCE funcione, su QE debe ser contundente, y eso requerirá un amplio respaldo. Al fin y al cabo, la política monetaria de la eurozona es fruto de decisiones conjuntas en el consejo de gobierno del BCE, donde la influencia de Alemania es fuerte.
Dado el éxito de la QE en Estados Unidos, el Reino Unido y Japón, cabría suponer que conseguir ese respaldo sería relativamente fácil. Sin embargo, mi experiencia en Ginebra no fue un caso aislado: muchos responsables de políticas siguen convencidos de que la política monetaria no tiene tanto poder. En el Foro Mundial del Conocimiento del año pasado, varios destacados banqueros centrales —entre ellos el exgobernador del BOJ Masaaki Shirakawa, el expresidente del BCE Jean-Claude Trichet y el exgobernador del Banco de Corea Kim Choong-soo— también descartaron el potencial de la política monetaria no convencional.
La creencia de que la política monetaria no importa no es solo «la idea más peligrosa de la historia económica de la Reserva Federal», como han señalado los economistas Christina y David Romer; es extremadamente peligrosa para cualquier economía. Europa ya afronta suficientes riesgos graves; no debería añadir otros innecesariamente.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Koichi Hamada, asesor económico especial del primer ministro japonés Shinzo Abe, es profesor emérito de Economía en la Universidad de Yale y en la Universidad de Tokio.
Imagen: Un hombre pasa frente a edificios del distrito financiero central de Singapur. REUTERS/Nicky Loh.



