¿Por qué es tan difícil erradicar la pobreza mundial?

¿Por qué es tan difícil erradicar la pobreza mundial?
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La geografía económica del mundo está cambiando. La eurozona afronta el espectro de otra ronda de estancamiento; Japón ha caído en recesión; y Estados Unidos, pese a su desempeño relativamente sólido en la última parte de 2014, ha generado inquietud en todo el mundo al poner fin a la expansión cuantitativa. Mientras tanto, las economías emergentes han seguido registrando buenos resultados. India e Indonesia crecen a más del 5% anual; Malasia, al 6%; y China, a más del 7%.
La magnitud del cambio mundial se aprecia al tener en cuenta la paridad del poder adquisitivo (PPA), una medida de la cantidad total de bienes y servicios que puede comprar un dólar en cada país. Según las cifras de 2011, publicadas el año pasado, India es ahora la tercera economía más grande del mundo en términos de PIB ajustado por PPA, por delante de Alemania y Japón. Los datos también revelaron que China superaría a Estados Unidos como la mayor economía del mundo en términos de PPA en algún momento de 2014, un cambio que, según nuestras estimaciones, se produjo el 10 de octubre.

A pesar de estos avances, una gran proporción de la población de los países en desarrollo sigue sumida en la pobreza extrema. A escala mundial, el umbral de pobreza se define como un ingreso diario de 1,25 dólares, ajustado por PPA, una cifra que muchos critican por ser escandalosamente baja. Pero lo verdaderamente escandaloso es que casi mil millones de personas —incluidos más del 80% de los habitantes de la República Democrática del Congo, Madagascar, Liberia y Burundi— viven por debajo de ese umbral.

Una de las razones por las que la pobreza mundial ha sido tan difícil de erradicar es que sigue siendo en gran medida invisible para quienes no la padecen: con toda tranquilidad, se la considera problema de otros. El hecho de que la mayoría de quienes participan en los debates sobre la pobreza mundial —incluidos los lectores de este comentario— conozcan a pocas personas, o a ninguna, que vivan por debajo del umbral de pobreza indica hasta qué punto está segregada económicamente la población mundial. Si la pobreza fuera contagiosa, su incidencia ya sería mucho menor.

Afortunadamente, un coro de voces, no solo de grupos de la sociedad civil, sino también de organizaciones internacionales, ha dado origen a un movimiento mundial para acabar con la pobreza. Cada vez hay más consenso en que la pobreza mundial no es solo un problema de quienes son pobres. Aunque la indignación moral es importante, no basta a la hora de formular políticas. Los responsables de formularlas necesitan datos y, algo igualmente importante, la capacidad de analizarlos.

La primera tarea consiste en distinguir entre lo que es viable y lo que no. Por ejemplo, algunos han propuesto incluir la provisión de empleo para todos los adultos en el marco sucesor de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que se presentará este año. Se trata de una meta imposible. Todas las economías de tamaño razonable tendrán cierto desempleo. De hecho, una cantidad limitada de desempleo puede contribuir a promover el desarrollo. Declarar que el «empleo» es un derecho equivale a vaciar de significado la palabra «derecho».

A continuación, hay que reconocer que las economías son complejas e interconectadas. Pensemos, por ejemplo, en una política gubernamental que distribuye subsidios, financiados con dinero recién emitido, entre los habitantes de 1.000 aldeas. Esto no necesariamente beneficiará a la economía en su conjunto. Inyectar dinero podría elevar el nivel de vida en las aldeas que reciben los fondos, pero también podría hacer subir el costo de los alimentos en todo el país y llevar a la pobreza a los habitantes de aldeas que no reciben subsidios. El impacto macroeconómico de las microintervenciones es una razón importante por la que la pobreza ha persistido, pese a las intervenciones bienintencionadas para combatirla.

Otra razón por la que persiste la pobreza es la desigualdad, que se mantiene y, en muchos lugares, va en aumento. El nivel actual de desigualdad mundial es inadmisible. En 2013, el Banco Mundial, donde soy economista jefe, contribuyó a incorporar la expresión «prosperidad compartida» al discurso cotidiano al declarar, por primera vez, que toda sociedad debería asumir como misión avanzar hacia ese objetivo. Ciertamente, siempre habrá cierto grado de desigualdad en el mundo; de hecho, al igual que ocurre con el desempleo, una cantidad limitada es deseable como motor de la competencia y el crecimiento. Pero la desigualdad profunda y generalizada que existe hoy solo puede condenarse.

Según algunos cálculos aproximados, la riqueza de las 50 personas más ricas del mundo suma 1,5 billones de dólares, equivalente al 175% del PIB de Indonesia o a algo más que las reservas de divisas de Japón. Si se supone que esta riqueza rinde un 8% anual, el ingreso anual de las 50 personas más ricas del mundo se acerca al ingreso total de los mil millones de personas más pobres; en otras palabras, de quienes viven por debajo del umbral de pobreza.

Este es un fracaso colectivo. Al comenzar 2015, debemos considerar políticas e intervenciones para frenar una desigualdad tan extrema. Debemos hacerlo no solo por un sentido de justicia, sino también porque, en un mundo aquejado por disparidades tan extremas, sus habitantes más pobres pierden la voz, incluso cuando tienen derecho a votar. En última instancia, la desigualdad extrema es un ataque a la democracia.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Kaushik Basu, vicepresidente sénior y economista jefe del Banco Mundial, es profesor de Economía en la Universidad de Cornell.

Imagen: Personas pasan frente a puestos en el centro de Puerto Príncipe el 21 de marzo de 2011. REUTERS/Eduardo Munoz

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