Seis meses después de que el libro de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, causara tanto revuelo en Estados Unidos y Europa, se ha convertido en un éxito de ventas en Japón. Pero las enormes diferencias entre Japón y sus homólogos desarrollados de Occidente hacen que, como tantas otras exportaciones occidentales, el argumento de Piketty haya adquirido características propias.
La principal afirmación de Piketty es que el principal factor que impulsa el aumento de la desigualdad en el mundo desarrollado es la acumulación de riqueza por parte de quienes ya son ricos, impulsada por una tasa de rendimiento del capital que supera sistemáticamente la tasa de crecimiento del PIB. Japón, sin embargo, presenta niveles de desigualdad inferiores a los de casi todos los demás países desarrollados. De hecho, aunque desde hace mucho tiempo es una potencia industrial, a menudo se califica a Japón como el país comunista más exitoso del mundo. Japón tiene una tasa elevada del impuesto sobre la renta para los ricos (45%), y la tasa del impuesto sobre sucesiones se elevó recientemente al 55%. Esto dificulta la acumulación de capital a lo largo de varias generaciones, una tendencia que Piketty señala como un factor importante de la desigualdad.
Como resultado, las familias más ricas de Japón suelen perder su riqueza en el plazo de tres generaciones. Esto está llevando a un número creciente de japoneses adinerados a mudarse a Singapur o Australia, donde los impuestos sobre sucesiones son más bajos. Al parecer, la familiaridad con Japón ya no basta para convencer a los ricos de soportar los elevados impuestos que se les imponen.
En este contexto, no sorprende que los “superricos” de Japón sigan siendo mucho menos ricos que sus homólogos de otros países. En Estados Unidos, por ejemplo, el ingreso promedio del uno por ciento de los hogares con mayores ingresos fue de 1.264.065 dólares en 2012, según la firma de inversión Sadoff Investment Research. En Japón, el 1% de los hogares con mayores ingresos ganó alrededor de 240.000 dólares en promedio (al tipo de cambio de 2012).
Sin embargo, los japoneses siguen siendo sensibles a la desigualdad, lo que lleva incluso a los más ricos a evitar ostentaciones de riqueza. Simplemente no se ve la profusión de mansiones, yates y aviones privados típica de lugares como Beverly Hills y Palm Beach.
Por ejemplo, Haruka Nishimatsu, antiguo presidente y director ejecutivo de Japan Airlines, llamó la atención internacional hace unos años por su estilo de vida modesto. Utilizaba el transporte público y almorzaba con los empleados en la cafetería de la empresa. En cambio, en China, es bien sabido que los directivos de las empresas nacionales llevan estilos de vida grandiosos.
Los japoneses tenemos un estoicismo profundamente arraigado, que refleja la noción confuciana de que las personas no se lamentan de la pobreza cuando los demás también la padecen. Esta disposición a aceptar una situación, por mala que sea, siempre que afecte a todos por igual, permitió a Japón soportar dos décadas de deflación sin que se produjera una protesta pública por la reiterada incapacidad de las autoridades para remediarla.
Esta característica nacional no se limita a las personas. El gobierno, el banco central, los medios de comunicación y las empresas perdieron demasiado tiempo limitándose a soportar la deflación, cuando deberían haberlo dedicado a trabajar activamente para combatirla.
Por fin, Japón tiene un gobierno, encabezado por el primer ministro Shinzo Abe, comprometido con poner fin a la deflación y reactivar el crecimiento económico mediante una combinación de política monetaria expansiva, política fiscal activa y desregulación. En su tercer año, la llamada “Abenomics” está dando algunos resultados positivos. Los precios de las acciones han subido un 220% desde que Abe llegó al poder en diciembre de 2012. Además, los resultados empresariales han mejorado —principalmente en las industrias exportadoras, que se han beneficiado de la depreciación del yen— y muchas empresas han registrado sus mayores ganancias hasta la fecha.
Pero la Abenomics aún no ha beneficiado a todos. De hecho, existe la sensación de que las políticas de Abe están contribuyendo al aumento de la desigualdad. Por eso el libro de Piketty atrae a tantos japoneses.
Por ejemplo, aunque la reciente reducción de la tasa del impuesto de sociedades era necesaria para fomentar el crecimiento económico y atraer inversiones, a muchos japoneses les parece una medida cuestionable en un momento en que se ha aumentado la tasa del impuesto al consumo y las medidas para combatir la deflación están haciendo subir los precios. Para abordar este problema, las empresas que se benefician de los recortes fiscales deberían aumentar los salarios de sus empleados para que sigan el ritmo del alza de los precios, en vez de esperar a que las fuerzas del mercado los hagan subir.
Aquí reside el giro singular que adquiere la teoría de Piketty en Japón: la disparidad no se da tanto entre los superricos y todos los demás, sino entre las grandes empresas, que pueden retener ganancias y acumular capital, y las personas, que se ven perjudicadas en el proceso.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Yuriko Koike, exministra de Defensa y asesora de Seguridad Nacional de Japón, fue presidenta del Consejo General del Partido Liberal Democrático de Japón y actualmente es miembro de la Dieta Nacional.
Imagen: El monte Fuji, cubierto de nieve, visto a través de los rascacielos de Shinjuku en Tokio, el 8 de enero de 2006. REUTERS/Kimimasa Mayama.



