Hay que reconocer a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, u OCDE —una organización que tantas veces ha reflejado o definido (según el punto de vista) el consenso sobre cuestiones de política económica— que haya abrazado con tanto convencimiento la idea de que una desigualdad de ingresos alta y creciente bien puede ser perjudicial para el crecimiento. A finales del mes pasado, esta organización con sede en París, que reúne a las principales economías desarrolladas y en desarrollo, publicó su conclusión más reciente en el informe «In It Together: Why Less Inequality Benefits Us All», que concluye que «el análisis econométrico sugiere que la desigualdad de ingresos tiene un impacto negativo considerable y estadísticamente significativo en el crecimiento». (Énfasis en el original.)
El nuevo informe concluye que, entre 1990 y 2010, el producto interno bruto por persona en 19 países centrales de la OCDE creció un 28 por ciento en total, pero habría crecido un 33 por ciento durante el mismo período si la desigualdad no hubiera aumentado después de 1985. Esta estimación se basa en un análisis econométrico de 31 países de ingresos altos y medios de la OCDE, que concluyó que reducir la desigualdad en apenas un «punto de Gini» (una medida estándar de la desigualdad utilizada por los economistas) elevaría la tasa anual de crecimiento del PIB en 0,15 puntos porcentuales.
En un mundo donde las políticas que impulsan las tasas de crecimiento en una o dos décimas de punto porcentual al año son importantes, este tipo de resultados se sitúa en el extremo superior de lo que cabe esperar razonablemente de la mayoría de las intervenciones políticas. Para dar una idea de la magnitud de los cambios en la desigualdad que se consideran, los datos de la OCDE muestran que Estados Unidos tiene alrededor de seis puntos de Gini más de desigualdad que Canadá; entre 1983 y 2012, la desigualdad de ingresos en Estados Unidos aumentó algo más de cinco puntos de Gini.
En efecto, los beneficios implícitos de reducir la desigualdad de ingresos son grandes para Estados Unidos, donde la desigualdad siempre ha sido elevada y está aumentando rápidamente según los estándares de la OCDE. De acuerdo con las mismas estimaciones de la OCDE, si Estados Unidos pudiera reducir su desigualdad al nivel de Canadá, el PIB estadounidense aumentaría alrededor de 0,9 puntos porcentuales al año. Es un efecto considerable en comparación con la tasa media anual de crecimiento desde 1970 del PIB estadounidense ajustado por inflación, de alrededor del 2,8 por ciento.
La OCDE considera que las desigualdades en el acceso a la educación son el factor más importante que explica la relación entre desigualdad y crecimiento. Según la OCDE, «un canal clave por el que la desigualdad afecta negativamente al desempeño económico es la reducción de las oportunidades de inversión (en particular, en educación) de los segmentos más pobres de la población». Esta conclusión se basa en la observación de que los niños de familias de bajos ingresos van a la zaga de los niños de familias de altos ingresos en cuanto al nivel educativo alcanzado (títulos obtenidos y años de escolarización) y a los resultados en pruebas internacionales de aritmética y alfabetización. Esta relación se observa en todos los países estudiados, pero las brechas en los resultados educativos entre ricos y pobres eran mayores cuando la desigualdad era más alta, lo que sugiere que los niveles más elevados de desigualdad agravaban las desventajas que afrontaban los niños pobres. Como señala el informe de la OCDE: «La disponibilidad de ingresos determina significativamente las oportunidades de educación y movilidad social».
El informe de la OCDE complementa un informe de Equitable Growth publicado a principios de este año. En «The Economic and Fiscal Consequences of Improving U.S. Educational Outcomes», Robert Lynch, investigador visitante de Equitable Growth, concluyó que mejorar los resultados de Estados Unidos en las pruebas educativas hasta alcanzar los niveles de Canadá generaría un mayor crecimiento del PIB real de 2,7 billones de dólares para 2050 y de 17,3 billones de dólares para 2075.
El análisis y las recomendaciones de política de la OCDE en este último informe son bastante audaces. «Centrarse exclusivamente en el crecimiento y suponer que sus beneficios se filtrarán automáticamente hacia abajo —señala el informe— puede socavar el crecimiento a largo plazo». Sin embargo, las políticas que contribuyan a «limitar o, idealmente, revertir el aumento de la desigualdad a largo plazo no solo harían que las sociedades fueran menos injustas, sino también más prósperas». Entre las políticas concretas que se analizan figuran «elevar los tipos impositivos marginales para los ricos… mejorar el cumplimiento tributario, eliminar o reducir las deducciones fiscales que tienden a beneficiar de forma desproporcionada a quienes más ganan, y… reevaluar el papel de los impuestos sobre todas las formas de propiedad y riqueza».
El análisis econométrico que sustenta las conclusiones y recomendaciones es cuidadoso, pero probablemente no convencerá a los escépticos. Los resultados se basan principalmente en un conjunto de datos pequeño, con poco más de 100 observaciones de 31 países en distintos momentos de las últimas cuatro décadas. Sin embargo, concuerdan con un corpus de trabajos cada vez mayor que encuentra una relación negativa entre desigualdad y crecimiento, incluidos estudios de investigadores del Fondo Monetario Internacional.
Este artículo se publica en colaboración con Washington Center for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: John Schmitt es director de investigación del Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: En esta ilustración fotográfica tomada en el Banco de Taiwán, en Taipéi, se ven billetes de dólar estadounidense. REUTERS/Nicky Loh



