¿Por qué ha dejado de cerrarse la brecha de género en el lugar de trabajo?

¿Por qué ha dejado de cerrarse la brecha de género en el lugar de trabajo?
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A pesar de que hoy en día más mujeres que hombres van a la universidad, se ha estancado la reducción de la brecha de género en los resultados del mercado laboral. Investigaciones recientes sugieren que una de las causas podría ser las normas de identidad de género.

Akerlof y Kranton (2000) incorporan a la economía ideas de la sociología sobre la importancia de la identidad social. Definen la identidad social como el sentido de pertenencia de una persona a una categoría social, que lleva aparejada una idea de cómo deben comportarse las personas de esa categoría. La identidad social influye en los resultados económicos porque apartarse de la conducta prescrita tiene un costo. Por eso, el deseo de ajustarse a la propia idea de sí mismo es un factor importante que impulsa las acciones de las personas. En el caso de la identidad de género, las dos categorías sociales pertinentes son las de «hombre» y «mujer», y ambas se asocian con prescripciones de conducta específicas.

Normas de identidad de género y el papel de las mujeres como amas de casa

Si se prescribe que los hombres deben trabajar y las mujeres ocuparse del hogar, las normas de identidad de género pueden explicar por qué las mujeres tienen menos probabilidades de participar en la fuerza laboral. Fortin (2005) sostiene que la representación social de las mujeres como amas de casa y de los hombres como sostén económico de la familia impulsa las diferencias entre países en la participación femenina en la fuerza laboral. Fernandez y Fogli (2009) muestran que, al controlar por los antecedentes socioeconómicos individuales y de los cónyuges, las mujeres estadounidenses de segunda generación cuyos antepasados proceden de países con una mayor participación femenina en la fuerza laboral también tienen más probabilidades de trabajar. Los antecedentes del cónyuge también parecen importar.

Identidad de género e ingresos relativos dentro de los hogares

Otra prescripción que suele asociarse con la identidad de género es que el hombre debe ganar más que su esposa. En un artículo reciente, exploramos las posibles manifestaciones de esta norma de identidad de género en los patrones de ingresos relativos dentro de los hogares, la formación de matrimonios, la participación de las esposas en la fuerza laboral, la satisfacción conyugal y el reparto del trabajo doméstico (Bertrand et al. 2015). Con datos administrativos de Estados Unidos, mostramos que la distribución de la proporción de los ingresos del hogar que gana la esposa presenta una caída pronunciada a la derecha de 0,5, es decir, cuando la esposa empieza a ganar más que el marido (véase la Figura 1). Este patrón concuerda con la existencia de normas de identidad de género que generan aversión a una situación en la que la esposa gana más que su marido.

Figura 1. Distribución de los ingresos relativos dentro del hogar según los datos administrativos de la Encuesta de Ingresos y Participación en Programas (SIPP)

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Con datos del censo de Estados Unidos, también mostramos que, con el paso del tiempo, dentro de un mercado matrimonial, cuando aumenta la probabilidad de que una mujer elegida al azar gane más que un hombre elegido al azar, disminuye la tasa de matrimonios (véase también Watson y McLanahan 2011). Este resultado sugiere un posible vínculo entre dos importantes cambios sociales de las últimas décadas: el aumento de los ingresos de las mujeres en relación con los de los hombres y la disminución de la prevalencia del matrimonio.

  • Nuestras estimaciones implican que la aversión a que la esposa gane más que el marido explica aproximadamente un tercio de la caída de las tasas de matrimonio durante los últimos treinta años.

A continuación, analizamos a las parejas para examinar si las normas de identidad de género distorsionan los resultados del mercado laboral. Una esposa cuyos ingresos superarían los de su marido puede optar por modificar sus decisiones sobre la oferta laboral para resultar menos amenazante.

  • Mostramos que, cuanto mayor es la probabilidad de que los ingresos de la esposa superen los ingresos efectivos de su marido, menos probable es que ella participe en la fuerza laboral.

Además, si trabaja, la diferencia entre sus ingresos efectivos y potenciales es mayor (en parte debido a una menor cantidad de horas trabajadas). En otras palabras, las mujeres llevan el techo de cristal de casa al trabajo.

Aunque las parejas parecen intentar evitar la situación en que la esposa gana más que el marido, esta situación se ha vuelto bastante común. Cuando se infringen de este modo las normas de identidad de género, el matrimonio tiende a resentirse.

  • Las parejas en las que la esposa gana más que el marido son menos felices, declaran mayores conflictos en su matrimonio y, en última instancia, tienen más probabilidades de divorciarse.

Por último, con datos sobre el uso del tiempo mostramos que, al controlar por los ingresos de ambas personas, cuando la esposa empieza a ganar más que el marido, empieza a hacerse cargo de más tareas domésticas. Tal vez estas esposas «amenazantes» lo hagan para aliviar el malestar de sus maridos ante la situación. Por supuesto, la esposa puede acabar cansándose de cumplir este «segundo turno» (Hochschild y Machung 1989), lo cual podría ser uno de los mecanismos subyacentes a nuestros resultados sobre el divorcio.

¿Qué impulsa las normas de identidad de género?

Hasta ahora hemos analizado cómo influye la identidad de género en los resultados socioeconómicos. Una pregunta igual de importante es qué determina la evolución de las propias normas.

Las innovaciones en materia de anticoncepción pueden haber contribuido a modificar la identidad de las mujeres en las décadas de 1960 y 1970. Como muestran Goldin y Katz (2002), la introducción de la píldora dio lugar a un aumento de la inversión de las mujeres en educación y a un aumento de la edad al primer matrimonio. Según sostiene Goldin (2006), esto significó que las identidades adultas de las mujeres estuvieran menos influidas por los roles de género tradicionales (ya que ahora era más probable que esas identidades se formaran antes del matrimonio) y más influidas por consideraciones profesionales.

Otros artículos han analizado la influencia de la crianza en la formación de las identidades de género. Muchos creen que las actitudes respecto de los roles de género se determinan en gran medida durante la primera infancia, y varios artículos han documentado algo parecido a una transmisión intergeneracional de las normas de identidad de género. Fernandez et al. (2004) sostienen que los hombres que crecieron en familias con madres trabajadoras suelen sentirse más cómodos con que sus esposas trabajen. Es posible que estos hombres hayan desarrollado actitudes menos estereotipadas respecto de los roles de género, con una asociación más débil entre su masculinidad y el hecho de ser el único sostén económico de la familia. Este hallazgo sugiere un círculo virtuoso: al haber más de estos «nuevos» hombres, más mujeres se incorporan a la fuerza laboral y exponen así a sus hijos a estructuras familiares menos tradicionales.

Si bien los artículos citados sugieren que las normas de identidad de género pueden cambiar en horizontes relativamente cortos, otros trabajos señalan que estas normas persisten a más largo plazo. Alesina et al. (2013) muestran que los grupos étnicos y países cuyos antepasados practicaban el cultivo con arado (que requería más fuerza física que el cultivo itinerante y, por tanto, era menos adecuado para el trabajo femenino) presentan tasas más bajas de participación femenina en la fuerza laboral incluso hoy. Identifican el efecto causal del uso del arado aprovechando las diferencias históricas en la idoneidad geoclimática del entorno para cultivar cosechas que se beneficiaban en distinta medida de la adopción del arado.

Dado que las normas sociales parecen evolucionar con relativa lentitud, es probable que los rápidos avances en las oportunidades de las mujeres en el mercado laboral hayan hecho que las normas de identidad de género cobren cada vez más relevancia. Las oportunidades de las mujeres han mejorado en todo el mundo, y muchos países con normas históricamente conservadoras (como los de Asia Oriental y Europa Meridional) ahora deben afrontar una nueva realidad. La interacción entre el rápido progreso económico de las mujeres y unas normas de género que cambian lentamente puede desempeñar un papel importante en los amplios cambios demográficos observados en estos países, como la disminución de las tasas de matrimonio y de fecundidad entre las mujeres con estudios (Hwang 2012). Comprender los factores determinantes de la identidad de género a largo plazo y cómo evoluciona ante las fuerzas del mercado que encarecen cada vez más estas normas es un paso crucial en el empeño por lograr la convergencia de género en el mercado laboral.

Este artículo se publica en colaboración con Vox EU. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autoría: Marianne Bertrand es profesora distinguida de Economía Chris P. Dialynas de la Booth School of Business de la Universidad de Chicago. Emir Kamenica es profesor de Economía de la Booth School of Business de la Universidad de Chicago. Jessica Pan es profesora adjunta de Economía de la Universidad Nacional de Singapur.

Imagen: Una mujer aparece en silueta junto a una exhibición de paneles solares del proveedor de módulos solares Upsolar, en la cuarta Exposición Internacional de Generación de Energía Fotovoltaica (PV) de Tokio. REUTERS/Yuriko Nakao

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