Por qué la experimentación es la clave del éxito de China

Por qué la experimentación es la clave del éxito de China
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Hace cinco años, pocos habrían esperado que China produjera cuatro de las diez principales empresas de Internet del mundo (por número de visitantes) —Alibaba, Baidu, Tencent y Sohu—, además de multinacionales innovadoras como Huawei y Xiaomi. Tampoco habría anticipado la mayoría el creciente suministro de bienes públicos globales, incluida su estrategia «una franja, una ruta», cuyo objetivo es proporcionar la infraestructura necesaria para integrar Eurasia en un único y vasto mercado.

Acaba de conocerse otra noticia aún más notable: pese a la desaceleración del crecimiento económico, China, junto con Hong Kong, ha registrado 29.000 millones de dólares en ofertas públicas iniciales en lo que va de año, casi el doble de los fondos recaudados en los mercados estadounidenses.

A cualquier criterio de medición, el ritmo y el alcance de la innovación en China han empezado a aumentar. ¿Cómo ha sucedido y por qué está ocurriendo ahora?

La respuesta está en los desafíos sin precedentes que afronta China, entre ellos la corrupción, la contaminación, la insostenibilidad de la deuda local, las ciudades fantasma, los bancos en la sombra, las empresas estatales (SOE) ineficientes y el control excesivo del Gobierno sobre la economía. Ciertamente, nadie sostendría que estos sean avances positivos para China; sin embargo, podría decirse que han sido una bendición disfrazada. Han infundido a los esfuerzos de reforma un grado de urgencia que ha tenido un impacto de gran alcance; de hecho, los datos convencionales del PIB no reflejan la magnitud de la transformación que están impulsando.

Por supuesto, China lleva mucho tiempo comprometida con reformas estructurales impulsadas por el mercado, tanto a nivel nacional como municipal . De otro modo, no habría alcanzado su posición como la segunda economía más grande del mundo. Pero la clave del éxito de China ha sido la experimentación constante, y la búsqueda de ese credo parece haberse intensificado.

Por ejemplo, la conexión de las telecomunicaciones, las carreteras, el ferrocarril, el transporte aéreo y el marítimo permitió a China convertirse en un centro mundial de producción de bienes de consumo duraderos y mejorar su distribución. Más recientemente, China comenzó a aplicar el mismo enfoque para construir una economía más innovadora y basada en el conocimiento, en la que los sectores de servicios, junto con el consumo interno, impulsen el crecimiento.

Como resultado, el país se ha centrado cada vez más en las llamadas «aplicaciones estrella» que, según el historiador Niall Ferguson, impulsaron el ascenso de Occidente a la hegemonía económica: la competencia, la ciencia, la propiedad, la medicina moderna, el consumismo y una ética de trabajo arduo. En particular, China ha trabajado para impulsar la competencia en el mercado y fomentar la ciencia y la innovación, con avances en estas áreas respaldados por esfuerzos para mejorar la gobernanza, reforzar los mecanismos de rendición de cuentas y aumentar la inversión en bienes públicos.

Es fundamental que, aun cuando los objetivos específicos de China han cambiado, sus responsables políticos se hayan ceñido al enfoque experimental que tan bien le ha servido al país hasta ahora. De hecho, la combinación de una educación de amplia base, apertura a la ciencia y la innovación, inversión en infraestructura avanzada de telecomunicaciones y conocimientos técnicos en la fabricación de teléfonos inteligentes impulsó el rápido avance de China en los sectores del comercio minorista electrónico y de Internet. Esta apertura a la innovación —junto con lo que algunos consideran una regulación laxa— también permitió a plataformas como Alibaba integrar los pagos y la logística antes que muchos actores occidentales.

Es probable que el enfoque de China de «aprender haciendo» siga produciendo soluciones innovadoras a los problemas emergentes. Por ejemplo, ante una fuerza laboral cada vez menor, el Gobierno ha incrementado la inversión en automatización robótica y otras tecnologías que mejoran la productividad. Según esperan los dirigentes del país, el impacto sobre la competitividad de China del aumento de los salarios reales —que han subido más de un 15 % anual desde 2008— acabará compensándose con los beneficios del crecimiento impulsado por la productividad, por no hablar del muy necesario aumento del consumo interno.

Por supuesto, el enfoque de China ha generado tensiones, reveses y fracasos significativos. Las burbujas inmobiliarias, crediticias y bursátiles de China —que dieron lugar a ciudades fantasma, deudas locales incobrables y volatilidad de los precios de las acciones— dan fe de ello. Pero las decisiones políticas que originaron estos problemas —descentralizar el control sobre la tierra y permitir que los mercados orientaran los flujos de talento, comercio, inversión y capital— también han sido cruciales para el progreso.

Los dirigentes de China lo entienden bien. En lugar de evitar los riesgos, siguen dispuestos a revertir las políticas que fracasan y, si es necesario, a asumir el costo de los errores. Dados los ahorros que ha acumulado el país, reflejados en sus abultadas reservas de divisas, el Gobierno central tiene margen fiscal para permitírselo.

La campaña anticorrupción de hoy debe considerarse un esfuerzo de los dirigentes de China por corregir otra consecuencia negativa de políticas anteriores. El enfoque tiene dos vertientes: el Gobierno está privatizando algunas empresas estatales (SOE), para que la competencia del mercado pueda controlar la conducta de sus directivos, mientras que trata a los directivos de otras SOE (por lo general, más grandes) como servidores públicos, sujetos a normas de rendición de cuentas pública cada vez más estrictas, incluida la disciplina del partido. A principios de este mes, el presidente Xi Jinping anunció una nueva serie de medidas.

El Gobierno de China está asumiendo riesgos reales al impulsar reformas estructurales sin precedentes por su velocidad, escala y complejidad. Afortunadamente, China cuenta tanto con la experiencia como con los recursos necesarios para experimentar con la siguiente etapa de transformación estructural.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Andrew Sheng, investigador distinguido del Fung Global Institute y miembro del Consejo Asesor sobre Finanzas Sostenibles del PNUMA, fue presidente de la Comisión de Valores y Futuros de Hong Kong y actualmente es profesor adjunto en la Universidad Tsinghua de Pekín. Xiao Geng es director de Investigación del Fung Global Institute.

Imagen: Unos turistas se hacen una foto delante de un enorme farol con forma de dragón. REUTERS/Stringer.

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