El problema fundamental que subyace a la crisis económica de Grecia es un problema griego: la arraigada renuencia del país a modernizarse. Grecia estuvo sometida durante un largo periodo al dominio del Imperio otomano. Sus redes políticas y económicas consolidadas están profundamente corrompidas. No ha surgido una burocracia meritocrática. Aunque la confianza en las instituciones gubernamentales se ha erosionado, se ha afianzado una cultura de dependencia.
Puede sostenerse que los griegos no se han ganado el derecho a ser salvados. Y, sin embargo, una salida de Grecia del euro no es la mejor opción ni para Grecia ni para la Unión Europea. Tanto si los griegos merecen ayuda como si no, a Europa le interesa ayudarlos.
La OCDE, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han destacado, informe tras informe, la incapacidad fundamental de la economía griega para generar un crecimiento sostenible a largo plazo. El sistema educativo del país está por debajo del nivel adecuado y carece de financiación suficiente. Sus inversiones en investigación y desarrollo son insuficientes. Su sector exportador es pequeño. El crecimiento de la productividad ha sido lento.
La pesada carga regulatoria de Grecia, bien descrita por los indicadores del Banco Mundial sobre la facilidad para hacer negocios, constituye una barrera de entrada significativa en muchos sectores y, en la práctica, cierra industrias y ocupaciones enteras a la competencia. Como resultado, a la economía griega le cuesta reasignar recursos, incluidos los trabajadores, dada la rigidez del mercado laboral.
Después de que se permitiera a Grecia entrar en la eurozona, la convergencia de los tipos de interés, combinada con unos precios inmobiliarios inflados, impulsó un aumento de la deuda de los hogares y provocó un sobrecalentamiento del sector de la construcción, situando a la economía en una senda insostenible. En los años anteriores al inicio de la crisis financiera, los déficits por cuenta corriente y los precios de los activos inflados por una burbuja elevaron el crecimiento anual del PIB hasta el 4,3%. Mientras tanto, el gasto público alcanzó niveles suecos, mientras que los ingresos fiscales siguieron siendo mediterráneos.
Durante los ocho años que formé parte del Consejo de Asuntos Económicos y Financieros de la UE, trabajé junto a siete ministros griegos, todos los cuales admitieron en algún momento que había que revisar al alza las cifras del déficit del país. Cada vez, el ministro insistía en que no volvería a ocurrir. Pero ocurrió. De hecho, el déficit previo a la crisis correspondiente a 2008 se revisó finalmente al 9,9% del PIB, más de un 5% por encima de la cifra presentada originalmente al Consejo.
Y, sin embargo, por mala que pueda ser la economía y la cultura política de Grecia, las consecuencias de la salida del país del euro son sencillamente demasiado graves como para contemplarlas. En última instancia, ese resultado sería fruto de una decisión política, y los valores europeos en juego en esa decisión prevalecen sobre cualquier consideración económica.
Para empezar, una salida de Grecia del euro supondría un golpe devastador para el país. Sin el respaldo del Banco Central Europeo, el sistema bancario del país quedaría aislado de los mercados internacionales. El uso total de la asistencia de liquidez del Eurosistema a Grecia rozó los 90.000 millones de euros (96.000 millones de dólares) a principios de 2015. El gobierno tendría que cerrar los bancos durante una o dos semanas, imprimir moneda de emergencia, limitar estrictamente el acceso de los hogares a sus depósitos e introducir controles de capital. Cuando el mercado volviera a abrir, la nueva dracma se depreciaría entre un 30% y un 40% antes de encontrar un punto de equilibrio.
Para empeorar las cosas, la crisis económica podría conducir a un colapso político e imposibilitar la aplicación de las reformas estructurales que Grecia necesita desesperadamente. De hecho, una de las principales causas de los profundos problemas económicos del país es su sistema político disfuncional. El periodo de reestructuración fiscal —durante el cual el déficit se redujo del 9,9% del PIB en 2008 al 8,9% en 2012— ya provocó importantes disturbios civiles. Una crisis económica más profunda podría desencadenar un fuerte aumento de la inestabilidad social y política. Expulsar de la eurozona a una democracia tan precaria sería profundamente irresponsable.
Europa también debe tener en cuenta el entorno geopolítico. El aumento de las tensiones provocado por el conflicto en Ucrania amenaza con desestabilizar otras partes del continente. Expulsar a Grecia en un entorno internacional tan inestable dejaría a la región más vulnerable ante quienes —en particular, los actuales dirigentes de Rusia— creen que saldrían beneficiados de una Europa más débil y menos unida.
La crisis de Grecia plantea cuestiones más importantes que si el país merece ser rescatado por los contribuyentes europeos. Están en juego valores fundamentales y consideraciones estratégicas centrales para el proyecto europeo. Europa es, sencillamente, más europea con un socio estable en Atenas.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Anders Borg, exministro de Finanzas de Suecia, preside la Iniciativa sobre el Sistema Financiero Global del Foro Económico Mundial.
Imagen: Las banderas de la Unión Europea (izquierda) y de Grecia ondean frente al templo del Partenón en Atenas, el 11 de abril de 2011. REUTERS/John Kolesidis.



