En su primer discurso de investidura, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ofreció una invitación a los países más cerrados del mundo. «Tenderemos la mano —dijo— si están dispuestos a abrir el puño». Esta declaración resumía la política exterior de «acercamiento» que defendió durante su primer mandato: un enfoque que, pese a algunas deficiencias, tiene mucho mérito.
Obama rechazó la política de su predecesor, George W. Bush, de aislar a los «Estados rebeldes», al reconocer que la única esperanza de Estados Unidos para influir en el comportamiento de los países aislados era relacionarse directamente con ellos en un contexto bilateral. Y, como estrategia bilateral, el acercamiento ha demostrado ser sorprendentemente eficaz: ha propiciado aperturas históricas, primero con Myanmar y ahora con Cuba, y ha impulsado avances hacia un acuerdo nuclear duradero con Irán.
Desde el principio, sin embargo, el Gobierno de Obama dejó claro que el acercamiento no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar diversos objetivos, tanto bilaterales como regionales.
En Myanmar, el objetivo bilateral era empujar al Gobierno hacia una mayor apertura y democracia, algo que sin duda ha ocurrido. La líder prodemocrática y premio Nobel Aung San Suu Kyi fue liberada del arresto domiciliario; su partido obtuvo escaños en el Parlamento; y millones de birmanos estudian ahora la Constitución de su país y han solicitado enmiendas.
Sin duda, aún queda mucho por hacer. El periodista Martin Woolacott describe Myanmar como un «punto intermedio entre el gobierno militar y el civil» y señala que los generales del país llevan varios años prometiendo completar la transición a la democracia, pero siguen sin estar dispuestos a permitir que Suu Kyi se presente a la presidencia.
Pero esto no debería ocultar los avances logrados: en comparación con 2009, cuando Obama asumió el cargo, Myanmar y su política son irreconocibles. Aunque Obama probablemente reconocería que la política estadounidense no provocó estos cambios —que fueron resultado de un proceso interno de reevaluación por parte del presidente, el general Thein Sein—, Estados Unidos respondió con suficiente flexibilidad para alentarlos.
En el plano regional, Obama esperaba que la apertura con Myanmar impidiera que el país dependiera por completo de China y, al mismo tiempo, permitiera a Estados Unidos profundizar su relación con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Myanmar fue un elemento fundamental del «reequilibrio» del Gobierno de Obama hacia Asia.
En cuanto a Cuba, el objetivo principal de Obama parece ser reforzar el respeto por los derechos humanos de los cubanos de a pie, no provocar un cambio de régimen. Aunque aún es pronto para evaluar el impacto de la apertura en la reducción de la represión, la oportunidad que ofrece a los cubanos de relacionarse con los estadounidenses —primero, entre familias; luego, entre empresas— es significativa.
En términos regionales, el restablecimiento de las relaciones de Obama con Cuba merece un lugar en los libros de historia junto con la apertura de Richard Nixon y Henry Kissinger hacia China. Por grandiosa que pueda parecer esta afirmación, lo cierto es que cruzar el estrecho hacia Cuba anuncia un enfoque nuevo, más abierto y mucho más productivo de las relaciones con toda América Latina.
Durante la última década, los esfuerzos de los líderes estadounidenses por establecer marcos productivos de cooperación multilateral con América Latina —incluidos los intentos de revitalizar la Organización de los Estados Americanos y crear nuevos foros, como la Cumbre de las Américas— han fracasado debido al aislamiento persistente de Cuba. De hecho, la Cumbre de las Américas de 2012 en Cartagena se convirtió en un ejercicio de crítica a Estados Unidos, y varios países amenazaron con boicotear la cumbre de 2015 si no se invitaba a Cuba.
Afortunadamente, Estados Unidos aceptó el desafío y, con Cuba en la mesa, la cumbre se celebró este mes en Panamá. Como resultado, la Cumbre de las Américas y otras organizaciones regionales están mejor posicionadas para abordar crisis regionales, como el inminente colapso de Venezuela, y aprovechar oportunidades, como la creación de una infraestructura hemisférica de energía, comercio y aplicación de la ley.
Un acuerdo nuclear con Irán tendría implicaciones igualmente importantes en Oriente Medio y Asia sudoccidental, una perspectiva que explica en gran medida la ferviente oposición de Israel y Arabia Saudí a las negociaciones. Aunque el acuerdo dependerá de hasta qué punto aleje a Irán del umbral nuclear, también puede abrir la puerta a nuevas negociaciones bilaterales sobre asuntos de interés común, desde poner fin a la guerra en Siria hasta combatir el narcotráfico en Afganistán. La política de acercamiento de Obama ya ha propiciado el mayor nivel de interacción bilateral desde la revolución iraní y la crisis de los rehenes de 1979.
Pese a lo que intente sostener el Partido Republicano de Estados Unidos durante la campaña presidencial de 2016, la política de acercamiento de Obama ha funcionado y ha permitido a Estados Unidos influir en los acontecimientos incluso en los países más cerrados. Entonces, ¿por qué siguen debatiendo los comentaristas la supuesta pérdida de influencia global de Estados Unidos? (La semana pasada, sin ir más lejos, el tema apareció en portada del New York Times, en un artículo que citaba a un exfuncionario del Tesoro diciendo: «Nos estamos retirando del lugar central que ocupábamos en la escena internacional»).
Una respuesta es que la disfunción política interna ha limitado gravemente la capacidad del presidente para negociar a nivel internacional. Por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos ha bloqueado cambios en las cuotas de los países en el Fondo Monetario Internacional. Además, un grupo de 47 senadores republicanos escribió una carta a los líderes de Irán anunciando que el próximo Congreso quizá no respete el acuerdo nuclear que estos alcancen con Obama.
Otra fuente de dudas sobre la influencia duradera de Estados Unidos es que sigue siendo necesario el compromiso multilateral, que siempre es más difícil que el bilateral. De hecho, el liderazgo multilateral exige no solo reglas más claras y audaces, sino también una voluntad demostrada de asumir los costos de esas reglas, ya sea creando zonas seguras para hacer valer la «responsabilidad de proteger» a la población civil o tomando medidas concretas para reducir —y, finalmente, eliminar— los arsenales nucleares.
El acercamiento bilateral será uno de los legados más importantes de Obama en materia de política exterior. Pero garantizar que Estados Unidos pueda seguir liderando en el siglo XXI exigirá otro tipo de compromiso. Esa será una tarea fundamental para el próximo presidente de Estados Unidos.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autoría: Anne-Marie Slaughter es presidenta y directora ejecutiva de la New America Foundation, profesora emérita de Política y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y miembro del Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial sobre el Futuro de la Gobernanza.
Imagen: Una persona sostiene una bandera de EE. UU. REUTERS/Damir Sagolj.


