Un manifiesto económico para construir un mundo mejor

A cargo ship is seen behind containers at an automated container terminal in Qingdao port, Shandong province, China October 1, 2018. Picture taken October 1, 2018. REUTERS/Stringer ATTENTION EDITORS - THIS IMAGE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. CHINA OUT. - RC12634E95E0
" Yet, for the most part, mainstream economists seem preoccupied with marginal fixes – a tax-code tweak here, a carbon tax there, perhaps a sprinkling of wage subsidies"Image: REUTERS/Stringer
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Aunque los economistas están bien posicionados para imaginar nuevas instituciones, su hábito de pensar en el margen y ceñirse a la evidencia disponible fomenta la aversión al cambio radical. Pero, ante nuevos desafíos, los economistas deben concebir nuevas soluciones, como se propone un nuevo grupo.

A finales de 1933, John Maynard Keynes envió una notable carta pública al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. FDR había asumido el cargo a principios de ese año, en medio de una recesión económica que había empujado a una cuarta parte de la fuerza laboral al desempleo. Había puesto en marcha sus ambiciosas políticas del New Deal, que incluían programas de obras públicas, subsidios agrícolas, regulación financiera y reformas laborales. También había sacado a Estados Unidos del patrón oro para dar mayor libertad a la política monetaria interna.

Keynes aprobaba la orientación general de estas políticas, pero también formulaba duras críticas. Le preocupaba que FDR complicara el esfuerzo de recuperación económica al ampliar innecesariamente su agenda política. FDR hacía muy poco para aumentar la demanda agregada y demasiado para cambiar las reglas de la economía. Keynes apuntó especialmente contra la Ley Nacional de Recuperación Industrial, que, entre otras cosas, amplió considerablemente los derechos laborales y fomentó los sindicatos independientes. Temía que la NIRA minara la confianza empresarial y pesara sobre la burocracia federal, sin contribuir directamente a la recuperación. Se preguntaba si parte del asesoramiento que recibía FDR “no es descabellado y extraño”.

Keynes no tenía en gran estima la economía de FDR, pero al menos era un crítico comprensivo. Dado que gran parte del New Deal iba en contra de la ortodoxia económica predominante, las políticas de FDR contaban con escaso apoyo de los principales economistas de la época. Por ejemplo, como explica Sebastián Edwards en su fascinante libro reciente American Default, la opinión predominante entre los economistas era que romper el vínculo del dólar con el oro provocaría caos e incertidumbre. El único economista auténtico del “brain trust” de FDR fue Rexford Tugwell, un profesor de Columbia de 41 años, poco conocido, que ni siquiera impartía clases de posgrado.auténtico economista del “círculo de asesores” de FDR fue Rexford Tugwell, un profesor de Columbia de 41 años, poco conocido, que ni siquiera impartía clases de posgrado.

Image: Statista

¿Serán hoy más útiles los economistas, en un momento en que los desafíos que enfrentamos son casi tan apremiantes como los de la Gran Depresión? Es posible que el desempleo no sea actualmente un problema grave en la mayoría de los países avanzados, pero amplios sectores de la fuerza laboral parecen estar al margen del progreso económico. Los niveles récord de desigualdad y las escasas perspectivas de ingresos para los trabajadores jóvenes y con menor formación están erosionando los cimientos de las democracias liberales. Las normas que sustentan la globalización necesitan con urgencia una reforma. Y el cambio climático sigue representando una amenaza existencial.

Estos problemas exigen respuestas audaces. Sin embargo, en su mayor parte, los economistas convencionales parecen preocupados por soluciones marginales —un retoque del código tributario aquí, un impuesto al carbono allá, quizá un poco de subsidios salariales—, que dejan intactas las estructuras de poder que sustentan las reglas del juego económico.

Los economistas pueden estar a la altura del desafío adoptando una visión más amplia. El mes pasado me uní a un grupo de destacados economistas para lanzar una iniciativa que hemos denominado “Economía para una prosperidad inclusiva” (EfIP). Desde los mercados laborales y financieros hasta las políticas de innovación y las normas electorales, el objetivo es impulsar ideas políticas ambiciosas que presten mucha más atención a la desigualdad y a la exclusión, así como a los desequilibrios de poder que las generan.

Como explicamos Suresh Naidu, Gabriel Zucman y yo en nuestro “manifiesto,” ni la economía sólida ni las pruebas convincentes respaldan muchas de las ideas políticas dominantes de las últimas décadas. Lo que ha llegado a conocerse como “neoliberalismo” es, en muchos sentidos, una desviación de la economía convencional. Y la investigación económica contemporánea, bien aplicada, es de hecho plenamente compatible con nuevas ideas para crear una sociedad más justa. La economía puede ser aliada de la prosperidad inclusiva. Pero depende de nosotros, los economistas, convencer a nuestro público de los méritos de estas afirmaciones.

Nuestra red está formada por economistas académicos que creen que se pueden desarrollar nuevas ideas sin renunciar al rigor científico. El lema de nuestra época es “políticas basadas en la evidencia”. En consecuencia, nuestros informes de política se basan en análisis empíricos, utilizando herramientas de la economía convencional. Pero, para nosotros, un enfoque “basado en la evidencia” no es aquel que refuerza un sesgo conservador a favor de políticas en los márgenes de los arreglos institucionales existentes; es aquel que fomenta la experimentación. Después de todo, ¿cómo podemos generar nueva evidencia sin probar algo nuevo?

Los mercados dependen de una amplia gama de instituciones que los crean, regulan y estabilizan. Estas instituciones no tienen formas predeterminadas. La propiedad y los contratos —las instituciones más elementales necesarias para que los mercados funcionen— son construcciones jurídicas que pueden diseñarse de múltiples maneras. A medida que afrontamos las nuevas realidades creadas por la innovación tecnológica y el cambio climático, adquieren importancia crucial las cuestiones sobre la asignación de los derechos de propiedad entre distintos reclamantes. La economía no ofrece respuestas definitivas en este punto, pero proporciona las herramientas necesarias para identificar las compensaciones relevantes.

Un tema común que atraviesa nuestro primer conjunto de propuestas de política son las asimetrías de poder que moldean el funcionamiento de la economía global contemporánea. Muchos economistas descartan el papel de tales asimetrías porque hay poco margen para el poder en condiciones de competencia perfecta e información perfecta. Pero en el mundo real que analizamos, las asimetrías de poder abundan.

¿Quién tiene la ventaja en la negociación de salarios y prestaciones laborales? ¿Quién domina los mercados y quién debe someterse a las fuerzas del mercado? ¿Quién puede desplazarse a través de las fronteras y quién se queda en casa? ¿Quién puede eludir impuestos y quién no? ¿Quién decide la agenda de las negociaciones comerciales y quién queda excluido? ¿Quién puede votar y quién está efectivamente privado de sus derechos? Sostenemos que abordar tales asimetrías tiene sentido no solo desde una perspectiva distributiva, sino también para mejorar el desempeño económico general. Los economistas disponen de un poderoso aparato teórico que les permite reflexionar sobre estas cuestiones.

Aunque los economistas están bien posicionados para desarrollar arreglos institucionales que vayan más allá de lo existente, su hábito de pensar en el margen y ceñirse a la evidencia disponible fomenta la aversión al cambio radical. Pero, ante nuevos desafíos, los economistas deben concebir nuevas soluciones. La imaginación es crucial. No todo lo que intentemos tendrá éxito; pero si no recuperamos el valor del credo de FDR —“experimentación audaz y persistente”—, fracasaremos con seguridad.

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