Por qué los economistas se equivocan sobre África

Por qué los economistas se equivocan sobre África
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Los economistas han fracasado crónicamente a la hora de explicar el crecimiento en África.

Los métodos y enfoques analíticos que han utilizado para explicar el relativo fracaso de África se concibieron en la década de 1990, pero no eran adecuados para explicar el crecimiento de la década de 1960 ni el crecimiento desde la década de 2000.

No se puede negar que hubo un fracaso económico en muchas economías africanas y que este declive tuvo lugar durante el período poscolonial. Pero no coincidió con todo ese período. En la literatura que intenta explicar el crecimiento en el África poscolonial, se han equiparado el «período poscolonial» y el «fracaso económico». No deberían equipararse.

Este hecho estilizado erróneo impulsó una literatura que comprimió una historia que pasó de explicar el déficit de crecimiento de África a explicar la brecha del PIB per cápita entre las economías africanas y los países ricos del resto del mundo.

Los economistas han podido explicar por qué fracasan las naciones africanas, pero no cómo están creciendo.

Dejar de lado la perspectiva del resultado medio del crecimiento cambia la manera de narrar y explicar el historial de crecimiento poscolonial. Esto se debe a que, al hacerlo, obtenemos una perspectiva de los períodos de crecimiento. Cuando esos períodos se hacen visibles, de pronto deja de parecer plausible que las condiciones iniciales, como la fragmentación étnica y las medidas del capital social, tuvieran un papel directo en el fracaso del crecimiento económico a finales de la década de 1970.

A lo sumo, debieron de existir algunos factores latentes, pero la explicación causal —que las condiciones iniciales causan un crecimiento lento— es errónea y, por tanto, no resulta útil para formular recomendaciones de política. Además, las tipologías de políticas, como la distinción entre economías «cerradas» y «abiertas», o entre políticas «malas» y «buenas», no se correlacionan de manera coherente con los episodios de crecimiento económico en los países africanos.

Confundir los síntomas con las causas

El fracaso del crecimiento de África se debió a una combinación de perturbaciones económicas externas y una respuesta política imperfecta por parte tanto de los donantes internacionales como de los responsables nacionales de la política económica.

Pero culpar únicamente a las instituciones y las políticas fue un error costoso. En la literatura sobre el crecimiento se invirtieron la causa y el efecto, y se desperdiciaron varias décadas dedicando grandes esfuerzos a curar síntomas que se creía que eran causas.

Si el ajuste estructural se hubiera concebido como un paquete de políticas destinado a remediar los efectos del declive económico, habría tenido más éxito. En cambio, las políticas de ajuste estructural estaban mal encaminadas.

Todas las economías africanas han experimentado las fluctuaciones y contracciones de los mercados mundiales, pero el grado de exposición a esos mercados variaba según la economía, y cada una aplicó políticas distintas para gestionar sus interacciones con ellos.

La evolución de los mercados mundiales después de 1973 fue una mala noticia para todas las economías africanas, excepto las exportadoras de petróleo. La dependencia de los mercados mundiales para exportar materias primas provocó una convergencia de resultados económicos negativos en la década de 1980, con pocas excepciones.

Esta convergencia de los resultados económicos allanó el camino para la convergencia de las recomendaciones de política, cuando las economías africanas emprendieron programas de ajuste estructural relativamente homogéneos que no se adecuaban a las condiciones heterogéneas de cada país.

¿Qué tiene que ver la gobernanza con el crecimiento?

El hecho de que los Estados que la mayoría de los analistas caracterizan como de «mala gobernanza» hayan presidido largos períodos de crecimiento, tanto en África como en otros lugares, constituye un sólido argumento contra la afirmación de que la gobernanza política es un factor determinante de la historia económica.

El desempeño del crecimiento de África en la década de 1960 y el reciente desempeño del crecimiento de China son buenos ejemplos.

Un segundo argumento contra el vínculo entre los estilos de gobernanza y el desempeño económico es que la buena gobernanza es un resultado del desarrollo, no un requisito previo para el crecimiento.

Es bastante evidente que el crecimiento futuro dependerá de multitud de variables y que no es posible realizar proyecciones precisas. Sin embargo, también es indudable que los mercados mundiales, las condiciones políticas locales y los costos de los factores de producción en la economía nacional desempeñarán un papel importante en la determinación de las futuras trayectorias de crecimiento. Predecir el crecimiento de la economía mundial es una tarea formidable.

Nuestra mejor conjetura es que los mercados seguirán fluctuando, como lo han hecho en el pasado. Pero eso no significará más de lo mismo para África.

La solución consiste en reorientar el estudio de la economía hacia el estudio de las economías. La creciente distancia entre quienes observan y lo observado ha creado un problema de conocimiento cada vez mayor. Con el paso a estudios entre países basados en el análisis macroeconómico, se han perdido los matices propios de cada país.

En otras palabras, las regresiones del crecimiento entre países solo pueden llevarnos hasta cierto punto. Uno de los problemas es que los resultados aparentemente probados de esa literatura se han aceptado sin cuestionarlos.

No pretendo sostener que se deba excluir a los economistas del análisis de la historia de las instituciones políticas y sociales. Las implicaciones económicas de la historia son demasiado importantes como para dejar de lado estos factores al escribir la historia tanto de la pobreza como de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, sí quiero advertir a los economistas sobre los peligros de extraer con demasiada rapidez implicaciones de política para continentes —o incluso para todo el mundo— basándose en pruebas débiles y no cuestionadas, correlaciones espurias y relaciones históricas no investigadas.

El giro hacia una literatura que ofrezca recomendaciones de política útiles requerirá investigaciones que intenten descubrir cómo funcionan los Estados y las economías africanos, en lugar de mostrar en qué se diferencian de los más ricos.

Karl Marx escribió que los países más desarrollados mostraban a los menos desarrollados la imagen de su propio futuro. Esa interpretación del desarrollo económico ha sido refutada una y otra vez.

El desarrollo tardío es diferente, y los países africanos deberían seguir su propio camino. Si es cierto —y creo que lo es— que las instituciones realmente importan para el desarrollo, entonces tenemos que entender cómo y por qué están arraigadas, y cómo podemos trabajar con ellas.

Debe abandonarse el enfoque sustractivo del desarrollo económico. Se necesita un cambio en la literatura sobre las instituciones y el crecimiento económico: avanzar hacia una comparación recíproca que se centre en cómo funcionan las economías africanas, en lugar de limitarse a explicar por qué no funcionan.

Este artículo es un extracto del nuevo libro del autor, Africa: Why Economists Get It Wrong.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Morten Jerven es profesor asociado de Economía en la Universidad Simon Fraser

Imagen: Un hombre posa con un puñado de dólares zimbabuenses en un banco. REUTERS/Philimon Bulawayo.

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