Por qué el desarrollo es una maratón, no una carrera de velocidad

Por qué el desarrollo es una maratón, no una carrera de velocidad
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Los sueños son difíciles de abandonar. Pasé gran parte del otoño pasado de viaje, hablando de mi nuevo libro – que promueve (como lo expresé en un artículo reciente en foreignpolicy.com), las virtudes de la modestia en nuestro enfoque del desarrollo democrático. Aunque mi mensaje es sobrio, mi objetivo no es fomentar el pesimismo, sino destacar vías pragmáticas para avanzar.

Sin embargo, una y otra vez me encuentro con críticos que lamentan mi aparente falta de ambición. «¿Por qué», preguntan, «subestima las posibilidades de transformación? ¿Acaso lo que necesitamos no es un liderazgo audaz, decisivo y ético que supere el desorden de los dilemas actuales? Donde la gobernanza es débil, ¡los líderes audaces pueden y deben fortalecerla con rapidez y de manera sistemática!».

A estas alturas, abundan los estudios que sostienen que los cambios en la gobernanza no pueden imponerse por voluntad, sino que la «buena gobernanza» es la consecuencia acumulativa de un proceso largo, lento y gradual. El premio Nobel Douglass North y sus colegas han aclarado desde el punto de vista conceptual cómo los acuerdos personalizados entre élites enfrentadas pueden servir de plataforma tanto para la estabilidad como para la lenta evolución (quizá) de las reglas formales del juego. Francis Fukuyama documenta magistralmente, a lo largo de dos volúmenes, las profundas raíces históricas del Estado de derecho y los difíciles desafíos que plantea la democratización en contextos donde las capacidades estatales siguen siendo débiles.

Para muchos, sin embargo, las perspectivas conceptuales e históricas no resultan convincentes. «Necesitamos cambios», insisten. «Por lo tanto, los buenos líderes deberían proporcionarlos».

De un modo u otro, se está causando daño. Si lo que sostengo en Working with the Grain es erróneo, entonces mi enfoque gradualista está dando cobertura a la mediocridad (y, a veces, a la venalidad) cuando se requieren audacia y excelencia. Pero si los críticos se equivocan, entonces son sus argumentos aparentemente visionarios los que están causando daño: presentan lo imposible como norma y, de ese modo, alimentan la inevitable desilusión y desesperación que sobrevienen al fracaso.

Para intentar zanjar estas posturas enfrentadas, he recurrido a algunos datos. Tras la fase exuberante de democratización de principios de la década de 1990, muchas democracias (tanto nuevas como de más larga trayectoria) han logrado importantes avances económicos, sociales y políticos. Pero ¿qué ha impulsado estos avances? ¿La transformación continua de la gobernanza, impulsada por un liderazgo audaz y sostenido? ¿O un proceso más desordenado —«ir saliendo del paso»— pero que, pese a todo, ha tenido un resultado positivo en conjunto?

Una forma de comprender mejor estos logros y sus factores impulsores es examinar datos comparativos entre países. Aquí me centro en los avances en dos dimensiones: las tendencias del desempeño económico y las de la calidad institucional. El archivo adjunto de PAÍSES CON GRANDES MEJORAS EN GOBERNANZA, 1998 a 2013 resume los patrones observados para el conjunto de 65 países que siguen una vía democrática, tienen más de 1 millón de habitantes y cuyos ingresos per cápita en 2000 eran inferiores a $10,000. El grupo se divide más o menos por igual entre 35 países en los que el período reciente ha supuesto un progreso económico continuo (aunque a menudo desigual) y 30 países que han experimentado avances limitados, si es que los ha habido, tanto en el frente institucional como en el económico.

En los próximos días publicaré un artículo de seguimiento que analizará los patrones en cierta profundidad. (Para asegurarse de recibirlo, por supuesto, puede suscribirse a mi blog mientras está en el sitio……). Pero por ahora, aquí está la conclusión principal:

  • Dejando aparte a los países que se adhirieron a la Unión Europea, solo dos países —Georgia y Liberia— experimentaron avances transformadores continuos en materia de gobernanza después de su momento inicial de democratización.

¡Solo dos países… (!!!) … Georgia y Liberia… (!!!)… ¡Difícilmente una plataforma sólida para sostener afirmaciones transformadoras!

Ante estas realidades, sin duda debemos dejar de lado nuestras fantasías transformadoras y basar nuestras acciones y nuestra labor de promoción no en nuestros sueños y deseos, sino en el historial de lo que es factible. Pero esto no significa que debamos aspirar a poco. Con el tiempo, las consecuencias acumulativas derivadas de la suma de muchas victorias aparentemente pequeñas pueden ser profundas. Sin embargo, centrarse en los avances graduales exige una mentalidad distinta de la que ha prevalecido en el pasado reciente: exige que dejemos de lado nuestra fascinación por la gratificación instantánea y nos comprometamos con un esfuerzo sostenido a largo plazo. El desarrollo, también en sus dimensiones de gobernanza, no es una carrera de velocidad, sino una maratón.

Este artículo se publica en colaboración con el blog People, Spaces and Deliberation del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Brian Levy imparte clases en la School of Advanced International Studies de la Johns Hopkins University, Estados Unidos, y en la University of Cape Town.

Imagen: Una vista muestra edificios en Francia. REUTERS.

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