¿Podría la creatividad impulsar la próxima revolución industrial?

Colourful umbrellas decorate Dorner Platz (Dorner square) in Vienna, Austria September 1, 2016. REUTERS/Leonhard Foeger TPX IMAGES OF THE DAY - RTX2NRH9
As robots increasingly take on manual labor, we will need to foster what differentiates human from machine: creativity.Image: REUTERS/Leonhard Foeger
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El crecimiento de la primera revolución industrial fue impulsado por la ingeniería; el de la segunda, por la electricidad y las líneas de producción; y el de la tercera, por la tecnología y la información. Las economías modernas que experimentarán una cuarta revolución industrial no serán las que veneren las máquinas, sino las que apoyen la creatividad humana. Cuando entendamos cómo piensan y trabajan mejor las personas, nos veremos obligados a anteponer el bienestar de nuestros trabajadores, tanto por motivos de salud como de productividad económica.

Durante siglos, la salud humana se ha sacrificado sistemáticamente en aras del crecimiento económico. La palabra trabajo se originó en la Europa medieval, durante el declive de la esclavitud y la adopción generalizada del dinero, y simboliza la monetización de las habilidades humanas: «trabajo productivo, especialmente el esfuerzo físico realizado a cambio de un salario». Su definición moderna y nuestra forma de entender la productividad surgieron del proceso de industrialización.

La primera, la segunda y la tercera revoluciones industriales

A mediados del siglo XVII, la naturaleza del trabajo cambió cuando las sociedades rurales y agrarias se transformaron en sociedades urbanas e industriales. El crecimiento económico implicaba descender bajo tierra para obtener energía y trabajar en fábricas para producir bienes. Los efectos perjudiciales de estas industrias en la salud de los trabajadores están bien documentados: en aras del beneficio económico, mineros y trabajadores de fábricas se vieron expuestos a condiciones peligrosas que a menudo provocaban enfermedades, dolor físico y una muerte prematura.

La primera revolución industrial ofreció oportunidades económicas ligadas a trabajos peligrosos. El intercambio del bienestar por el beneficio económico era evidente: los empleadores dirigían deliberadamente empresas que pagaban a los trabajadores no solo por su tiempo, sino también con su salud.

Los empleadores dirigían deliberadamente empresas que pagaban a los trabajadores no solo por su tiempo, sino también con su salud. Con el tiempo, las máquinas sustituyeron a las personas a la hora de marcar el ritmo de producción, y las jornadas laborales se dispararon. El aumento de la demanda superó a la oferta, lo que permitió a las empresas maximizar sus beneficios fabricando las 24 horas del día. Un exhaustivo estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la jornada laboral explica que el concepto de «tiempo de trabajo» en los inicios de la industrialización se basaba en la idea de que las horas que se pasaban fuera del trabajo se consideraban «tiempo perdido».

A raíz de estos cambios, surgió la dicotomía percibida entre el trabajo y la vida: El trabajo es el tiempo dedicado al beneficio económico, mientras que la vida es el tiempo destinado a nuestras necesidades mentales y físicas. Cuatrocientos años después, nuestra cultura contemporánea de «vivir para el fin de semana» refleja cómo esta forma de intercambio llegó a aceptarse como parte de nuestra existencia.

La cuarta revolución industrial

Los países occidentales, ya inmersos de lleno en la tercera revolución industrial, han pasado con éxito del trabajo manual al cualificado. Sin embargo, no ha cambiado la mentalidad de que el tiempo fuera del trabajo es «tiempo perdido». El estudio de la OIT señala que incluso la disminución registrada de las horas de trabajo es cuestionable debido a la institucionalización de las horas extra y del trabajo fuera de la oficina, como responder mecánicamente a los correos electrónicos desde el móvil.

Un ejemplo de cómo las empresas y organizaciones intentan crear una fuerza laboral más eficaz no se basa realmente en el trabajo, sino en los espacios de oficina donde este se realiza. La nueva ola de lugares de trabajo «divertidos», hoy habituales en las empresas tecnológicas, sigue buscando soluciones al problema equivocado; a menudo, el objetivo de estos diseños es fomentar jornadas laborales más largas y la lealtad a la empresa. Facebook llegó incluso a ofrecer 10.000 dólares a sus trabajadores para que vivieran más cerca de la oficina.

Sin embargo, el vínculo entre pasar más tiempo en la oficina y aprovecharlo con mayor productividad es bastante débil. Puede que los trabajadores registren más horas y permanezcan más tiempo en una empresa si el entorno es cómodo, pero no hay fundamento para suponer que eso los hace mejores en lo que hacen.

Otro ejemplo de diseño son las oficinas diáfanas. En el afán por reducir los gastos generales —y partiendo de la falsa suposición de que fomentarían mejores prácticas laborales—, se sustituyeron las salas privadas por espacios de trabajo sin divisiones. Esto dio lugar a entornos que aumentan el estrés, especialmente por el ruido. El estrés se ha convertido en el principal coste para la salud humana en el trabajo. Un informe de 2016 reveló que el estrés representaba el 37 % de todos los casos de enfermedad relacionada con el trabajo en el Reino Unido y el 45 % de todas las jornadas laborales perdidas por problemas de salud.

Estudios realizados ya en la década de 1970 demostraron que el estrés puede ser beneficioso para realizar tareas sencillas o conocidas, pero perjudicial para las que requieren un pensamiento complejo y flexible. La corteza prefrontal es una zona del cerebro asociada a las funciones ejecutivas, que contribuyen a la toma de decisiones, las predicciones y muchos de nuestros procesos cognitivos superiores relacionados con el aprendizaje y la imaginación. El aumento de los niveles de catecolaminas liberadas durante el estrés perjudica el funcionamiento de la corteza prefrontal, e incluso puede provocar una pérdida persistente de estas funciones debido al estrés crónico. Este es solo un ejemplo de cómo las condiciones laborales nos afectan cognitivamente; hay muchos otros derivados de nuestro entorno y contexto social.

A medida que los robots asumen cada vez más tareas manuales, tendremos que fomentar aquello que diferencia a las personas de las máquinas (al menos por ahora): la creatividad. Las pruebas de que el bienestar psicológico y físico es fundamental para el pensamiento creativo invertirán el intercambio histórico de salud humana por crecimiento económico. Como escribe Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial: «Estoy convencido de una cosa: en el futuro, el talento, más que el capital, será el factor de producción decisivo».

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