La globalización, las tecnologías digitales y otros factores han permitido que las empresas competitivas de EE. UU. alcancen una posición dominante en el mercado. Si la historia sirve de guía, es justo que ahora estas empresas «superestrella» sean desafiadas por movimientos políticos de base que protestan contra una alianza impía entre las élites del sector privado y del gobierno.
Las grandes empresas están bajo ataque en Estados Unidos. Amazon canceló sus planes de construir una nueva sede en Queens, distrito de la ciudad de Nueva York, ante la fuerte oposición local. Lindsey Graham, senador republicano de EE. UU. por Carolina del Sur, ha expresado preocupación por la posición incontestada de Facebook en el mercado, mientras que su colega demócrata en el Senado, Elizabeth Warren, de Massachusetts, ha pedido que se divida la empresa. Warren también ha presentado un proyecto de ley que reservaría el 40% de los puestos en los consejos de administración de las empresas para los trabajadores.
Estas propuestas pueden parecer fuera de lugar en la tierra del capitalismo de libre mercado, pero el debate actual es exactamente lo que necesita Estados Unidos. A lo largo de la historia del país, han sido los críticos del capitalismo quienes han velado por su buen funcionamiento, luchando contra la concentración del poder económico y la influencia política que esta otorga. Cuando unas pocas empresas dominan una economía, inevitablemente se alían con los instrumentos de control estatal y crean una alianza impía entre las élites del sector privado y del público.
Esto es lo que ha ocurrido en Rusia, que solo de nombre es una democracia capitalista. Al mantener un control absoluto sobre la extracción de materias primas y la banca, una oligarquía sometida al Kremlin ha descartado toda posibilidad de competencia económica y política significativa. De hecho, Rusia es la expresión máxima del problema que el presidente de EE. UU. Dwight D. Eisenhower describió en su discurso de despedida de 1961, cuando se dirigió al país y exhortó a los estadounidenses a «protegerse contra la adquisición de una influencia injustificada» por parte del «complejo militar-industrial» y contra el «potencial de un ascenso desastroso de un poder mal ubicado».
Dado que muchas industrias estadounidenses ya están dominadas por unas pocas empresas «superestrella», deberíamos alegrarnos de que los activistas «socialistas democráticos» y los manifestantes populistas estén prestando atención a la advertencia de Eisenhower. Sin embargo, a diferencia de Rusia, donde los oligarcas deben su riqueza a la apropiación de activos estatales en la década de 1990, las empresas superestrella de Estados Unidos han llegado adonde están porque son más productivas. Esto significa que las medidas regulatorias deben ser más matizadas: más bisturí que mazo.
En concreto, en una era de cadenas de suministro globales, las empresas estadounidenses se han beneficiado de enormes economías de escala, efectos de red y del uso de datos en tiempo real para mejorar el rendimiento y la eficiencia en todas las etapas del proceso de producción. Una empresa como Amazon aprende constantemente de sus datos para reducir al mínimo los plazos de entrega y mejorar la calidad de sus servicios. Segura de su superioridad frente a la competencia, la empresa necesita pocos favores del gobierno; esta es una de las razones por las que Jeff Bezos, fundador de Amazon, puede respaldar The Washington Post, que suele criticar al gobierno de EE. UU.
Pero que las empresas superestrella sean hoy extremadamente eficientes no significa que vayan a seguir siéndolo, sobre todo si no hay una competencia significativa. Las empresas ya establecidas siempre tendrán la tentación de conservar su posición por medios anticompetitivos. Al apoyar leyes como la Ley de Fraude y Abuso Informático de 1984 y la Ley de Derechos de Autor del Milenio Digital de 1998, las principales empresas de Internet se han asegurado de que sus competidores no puedan conectarse a sus plataformas para beneficiarse de los efectos de red generados por los usuarios. De manera similar, tras la crisis financiera de 2009, los grandes bancos aceptaron que era inevitable aumentar la regulación y luego presionaron a favor de normas que, casualmente, elevaron los costos de cumplimiento y perjudicaron así a competidores más pequeños. Y ahora que el gobierno de Trump impone aranceles a las importaciones con demasiada facilidad, las empresas bien conectadas pueden influir en quién recibe protección y quién asume los costos.
En términos más generales, cuanto más contribuyan a aumentar los beneficios de una empresa los derechos de propiedad intelectual, las regulaciones y los aranceles definidos por el gobierno —en vez de la productividad—, más dependerá aquella de la benevolencia gubernamental. La única garantía de la eficiencia e independencia de las empresas mañana es la competencia de hoy.
La presión sobre el gobierno para mantener competitivo el capitalismo e impedir su deriva natural hacia el dominio de unos pocos dependientes suele venir de la gente común, que se organiza democráticamente en sus comunidades. Al carecer de la influencia de las élites, estas personas suelen querer más competencia y un acceso más abierto. En EE. UU., el movimiento populista de finales del siglo XIX y el movimiento progresista de comienzos del siglo XX surgieron como reacción a los monopolios en industrias esenciales, como los ferrocarriles y la banca. Estas movilizaciones de base dieron lugar a leyes como la Ley Antimonopolio Sherman de 1890, la Ley Glass-Steagall de 1933 (aunque de forma menos directa) y medidas para mejorar el acceso a la educación, la salud, el crédito y las oportunidades empresariales. Al apoyar la competencia, estos movimientos no solo mantuvieron vivo el capitalismo, sino que también evitaron el riesgo del autoritarismo corporativista.
Hoy, mientras los mejores empleos se desplazan hacia empresas superestrella que contratan principalmente en unas pocas universidades prestigiosas, las pequeñas y medianas empresas encuentran obstáculos impuestos por las compañías dominantes en su camino hacia el crecimiento y la actividad económica abandona las ciudades pequeñas y las comunidades semirrurales en favor de las megalópolis, el populismo vuelve a emerger. Los políticos se apresuran a responder, pero no hay garantía de que sus propuestas nos lleven en la dirección correcta. Como quedó claro en la década de 1930, existen alternativas mucho más oscuras al statu quo. Si los votantes de los pueblos franceses en decadencia y de las pequeñas ciudades estadounidenses caen en la desesperación y pierden la esperanza en la economía de mercado, serán vulnerables al canto de sirena del nacionalismo étnico o del socialismo radical, cualquiera de los cuales destruiría el delicado equilibrio entre los mercados y el Estado. Eso acabaría tanto con la prosperidad como con la democracia.1
La respuesta adecuada no es la revolución, sino reequilibrar. El capitalismo necesita reformas de arriba abajo, como una regulación antimonopolio actualizada, para garantizar que las industrias sigan siendo eficientes y abiertas a nuevos competidores, y no queden monopolizadas. También necesita políticas de abajo arriba que ayuden a las comunidades devastadas económicamente a crear nuevas oportunidades y a mantener la confianza de sus integrantes en la economía de mercado. Hay que atender las críticas populistas, aunque no se sigan al pie de la letra las propuestas radicales de sus líderes. Esto es esencial para preservar tanto mercados dinámicos como la democracia.



