Soy migrante

Soy migrante
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En 1964 llegué a Estados Unidos desde Corea del Sur, entonces un país en desarrollo extremadamente pobre que la mayoría de los expertos, incluidos los del Banco Mundial, había descartado por considerar que tenía pocas perspectivas de crecimiento económico.

Mi familia se mudó a Texas y, más tarde, a Iowa. Tenía apenas 5 años cuando llegamos, y mi hermano, mi hermana y yo no hablábamos inglés. La mayoría de nuestros vecinos y compañeros de clase nunca habían visto a un asiático. Me sentí como un extranjero residente en todos los sentidos del término.

Con el tiempo, mi familia se integró en nuestra nueva patria, que en muchos aspectos ha llegado a comprender los beneficios de la diversidad y el multiculturalismo. Sin embargo, como subrayó con gran contundencia el papa Francisco en su discurso ante el Congreso el mes pasado, Estados Unidos —una nación construida por inmigrantes— necesita hacer más para acoger «al extranjero que está entre nosotros».

Mi experiencia como migrante no fue fácil, pero no fue nada comparada con las odiseas padecidas por los millones de refugiados que han avanzado a pie, en tren, en barco y en coche, primero hacia países vecinos y, más recientemente, hacia Europa, para huir de una brutalidad implacable.

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Las diferencias entre refugiados, como los sirios, cuyas vidas han sido destrozadas por la guerra, y migrantes económicos como yo, son enormes. Para los países de acogida, reasentar a refugiados y abrir las puertas a migrantes puede plantear retos distintos. Pero, del mismo modo que la llegada de migrantes en edad de trabajar a un país con población envejecida puede beneficiar a todas las partes, una afluencia de refugiados puede ser un activo para los países que los acogen, incluidos aquellos con recursos limitados.

Alrededor del 86 % de los refugiados del mundo son acogidos por países en desarrollo. Por ejemplo, Turquía, Líbano y Jordania acogen en conjunto a 3,7 millones de refugiados sirios, más de ocho veces la cifra recibida por los países europeos. En 2014, los principales países de acogida de refugiados, excluidos los palestinos, fueron Turquía, Pakistán, Líbano, Irán, Etiopía, Jordania, Kenia, Chad, Uganda y China.

Turquía tiene 1,9 millones de refugiados sirios, más que cualquier otro país. El Gobierno turco ha gastado más de 7.600 millones de dólares en la respuesta a los refugiados. También ha permitido que la mayoría de estos refugiados registrados vivan fuera de los campamentos, les ha concedido libertad de circulación y protección frente a la devolución forzosa, y ha atendido sus necesidades inmediatas. Los refugiados tienen acceso a la atención sanitaria y un acceso creciente a la educación.

¿Cómo ha afectado esto a la economía de Turquía? Muchos de los sirios que llegaron con activos han invertido en Turquía. En 2014, los sirios representaron el 26 % de las nuevas empresas extranjeras registradas en Turquía. Un análisis reciente del Banco Mundial muestra que, si bien la llegada de sirios ha desplazado a trabajadores turcos del mercado laboral informal, esos trabajadores también se han beneficiado de una mayor formalización del mercado laboral, lo que les ha permitido acceder a empleos formales con mejores salarios. Las conclusiones preliminares sugieren que las tasas de pobreza disminuyeron más rápidamente en las regiones que acogen a refugiados sirios que en otras zonas; se necesitan más estudios para determinar si la llegada de los refugiados fue un factor que contribuyó a ello.

Al mismo tiempo, el elevado número de sirios en Jordania y Líbano ha incrementado enormemente la demanda de agua, electricidad, escuelas y hospitales, lo que ejerce una gran presión sobre esos países. La comunidad internacional ha aportado ayuda humanitaria a los refugiados y, en medida limitada, a los países de acogida. Pero se necesita mucho más.

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Hoy en día, de media, un refugiado puede esperar seguir siendo refugiado durante 17 años. Por ello, es necesario ir más allá de la ayuda humanitaria y avanzar hacia soluciones de desarrollo. Si los países de acogida pueden crear una vía para que los refugiados participen en sus economías —como está haciendo Turquía—, todos salen ganando. Estos beneficios son aún mayores cuando los países ricos, especialmente los que tienen poblaciones en declive, acogen a refugiados. La mayoría de las pruebas indican que los refugiados, al igual que los migrantes económicos en general, trabajan duro y aportan más en impuestos de lo que consumen en servicios sociales.

Recientemente estuve en Corea del Sur, donde planteé la cuestión de acoger a inmigrantes, procedan de países vecinos de Asia o de cualquier otro lugar. Pregunté si una persona de Indonesia, de Tanzania o de Siria podría llegar a ser un «coreano con guion», como yo me convertí en coreano-estadounidense. Las respuestas que recibí dejaron claro que, a pesar de los enormes beneficios que los coreanos han obtenido de poder trasladarse a todos los rincones del planeta, es probable que los «sirio-coreanos» no sean aceptados como miembros de pleno derecho de la sociedad coreana en un futuro próximo.

Pero Corea del Sur, como muchos países más ricos, tiene una población envejecida y necesita la llegada de trabajadores más jóvenes para seguir por su notable senda de crecimiento económico. El gran reto para muchas economías avanzadas es gestionar estos cambios y acoger a migrantes y refugiados con un plan que les ayude a asentarse y, quizá con el tiempo, a obtener la ciudadanía, del mismo modo que yo me hice ciudadano de Estados Unidos a los 12 años.

Se trata de una estrategia inteligente, especialmente en estos tiempos de bajo crecimiento económico mundial. Los países que acogen a refugiados y ayudan a otros países a acogerlos de forma productiva estarán haciendo lo correcto, tanto por nuestros semejantes que sufren como por la economía mundial.

Este artículo se publica en colaboración con el Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Jim Yong Kim es presidente del Banco Mundial

Imagen: Foro Económico Mundial

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