Hoy es habitual referirse al siglo XXI como el siglo de Asia. Con la economía mundial luchando por recuperarse de la crisis financiera global, la región Asia-Pacífico, y en especial sus países en desarrollo, ha aportado buena parte del impulso al crecimiento mundial. En 2015, es probable que los países en desarrollo de la región de Asia Oriental y el Pacífico representen más de un tercio del crecimiento mundial, el doble que el resto de los países en desarrollo. China, en particular, es hoy una potencia económica. Según algunas medidas, China es actualmente la mayor economía del mundo, además del mayor fabricante y exportador mundial.
Con este éxito económico ha llegado también un mayor escrutinio sobre la región. El resto del mundo quiere saber ahora: ¿quién fija las reglas del juego en Asia?
La respuesta aún no está clara. Pero sí sabemos que la región Asia-Pacífico debe evitar depender de un único país, de una única institución ni de un único tipo de liderazgo.
Si Asia-Pacífico quiere asumir su nuevo papel en el mundo y demostrar su peso económico recién adquirido, debe asegurarse de que las reglas del juego se elaboren dentro de los países, en toda la región y en el mundo, en lugar de unilateralmente por un líder, una nación o un grupo de potencias regionales. Esto garantizará el éxito sostenido de Asia-Pacífico, con efectos positivos que se extenderán al resto del mundo.
Afortunadamente, ya existe una base sólida para una cooperación tan profunda. El éxito de Asia-Pacífico se sustenta en la apertura y en esfuerzos creativos por aprovechar la globalización. El comercio de bienes, servicios, conocimientos, personas, finanzas y tecnología es intenso y relativamente libre de obstáculos. Asia ya es un ejemplo de cooperación intrarregional a través de la ASEAN y la ASEAN+3, y de cooperación extrarregional a través del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). También hay nuevas iniciativas en marcha, entre ellas el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el Nuevo Banco de Desarrollo, antes conocido como el banco de los BRICS. Hay nuevos acuerdos comerciales en preparación, como el Trans-Pacific Partnership (TPP) y el Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP).
Los éxitos de desarrollo de países tan diversos como Japón, Corea, Singapur y China reflejan tanto su integración exitosa en la economía mundial como su participación activa en el sistema multilateral. Los cuatro han pasado, en apenas unas décadas, de recibir asistencia exterior a convertirse en proveedores a gran escala de asesoramiento y financiación. La transformación de Corea, de país de ingresos bajos a país de ingresos altos en una sola generación, sigue siendo el ejemplo más llamativo de cómo una ayuda bien utilizada y la disposición a asumir gradualmente responsabilidades regionales y globales pueden aportar ideas, crear capacidades y proporcionar financiación para sostener el crecimiento rápido y la reducción de la pobreza en otros lugares.
China es otro caso de estudio instructivo. Los efectos internos de su adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2001 muestran cómo el compromiso con las normas y prácticas internacionales puede ayudar a superar obstáculos internos a la reforma y a transformar la economía. En la última década, China ha duplicado su cuota del comercio mundial de manufacturas y hoy representa entre una cuarta parte y un tercio de las importaciones de manufacturas de Japón, la Unión Europea y Estados Unidos.
Entonces, ¿cómo debe la región moldear su liderazgo para el futuro? Destacan tres aspectos:
En primer lugar, ampliar y profundizar la cooperación regional. Una cooperación más amplia implica incluir a más socios ajenos a la región, como en el TPP y el RCEP, de modo que Asia-Pacífico no se convierta en una fortaleza amurallada, sino que sea aún más un terreno de juego equitativo, con bajas barreras al comercio, al conocimiento y a la movilidad de las personas, y con los incentivos adecuados para la innovación. Los nuevos acuerdos podrían contribuir incorporando nuevos socios, nuevas perspectivas y nuevas oportunidades.
Una cooperación más profunda exigirá abordar cuestiones difíciles y obstinadas. Por ejemplo, a medida que la ASEAN avanza hacia la formación de la Comunidad Económica de la ASEAN para finales de 2015, puede actuar con decisión para reducir las barreras, todavía elevadas, a la integración de servicios como las finanzas, el transporte y las telecomunicaciones.
En segundo lugar, mirar hacia dentro y hacer que los gobiernos sean más eficaces y transparentes. Pese a su éxito económico, Asia-Pacífico se sitúa por detrás de otras regiones en algunos aspectos de la gestión pública, como la prestación de servicios, la formulación y aplicación de políticas y la calidad de la función pública. Mejorar la eficacia del sector público ayudará tanto a sostener el crecimiento económico en un entorno global desfavorable como a responder a las crecientes preocupaciones por las desigualdades económicas y sociales. Una mayor transparencia también sería útil. Una mayor tolerancia al escrutinio público permitiría a los ciudadanos aportar más y exigir cuentas a sus gobiernos, lo que contribuiría a una mejor prestación de servicios. Hacer que más información sobre impuestos y gasto esté disponible libremente sería un buen primer paso.
En tercer lugar, compartir lecciones para ayudar a afrontar los desafíos globales. El papel y la autoimagen de Asia se inclinan hacia el de proveedor de productos manufacturados para el mundo, incluso mediante la creación de cadenas de valor regionales y globales. Tiene una enorme experiencia y pericia en este ámbito, pero duda en verse a sí misma como un modelo para otros países y regiones que desean avanzar hacia la condición de economías de ingreso medio.
Y la región puede ir más allá para cumplir su potencial como proveedora de bienes públicos globales. Por ejemplo, Japón es líder en gestión del riesgo de desastres y ha tendido la mano a otros países de la región y de fuera de ella para compartir sus experiencias y conocimientos. De manera similar, China lidera la inversión en eficiencia energética. Esta pericia arraigada en la región puede ayudar a otros países en desarrollo a afrontar el desafío global del cambio climático.
Sostener el éxito a lo largo de este siglo requiere que las reglas de Asia-Pacífico no las fije un solo país ni una sola institución, sino que se establezcan mediante acuerdos entre países sobre principios y la búsqueda conjunta de formas de decidirlas. Esto implica liderar junto con otros. El esfuerzo colectivo asegurará el progreso.
Este artículo se publicó por primera vez en The World Bank’s Voices Blog. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Sri Mulyani Indrawati es directora gerente y directora de operaciones del Banco Mundial.
Imagen: Un hombre viaja en una escalera mecánica cerca de la Torre de Shanghái (D, en construcción), la Torre Jin Mao (C) y el Centro Financiero Mundial de Shanghái (I), en el distrito financiero de Pudong, en Shanghái, el 4 de julio de 2013. REUTERS/Carlos Barria.

