El precariado no es el grupo que se ha quedado atrás

People queue outside a government-run job centre in Madrid, Spain, January 28, 2016. REUTERS/Andrea Comas - D1BESJSVKEAA
Precarious times: People queue at a job centre in MadridImage: REUTERS/Andrea Comas
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Un término muy utilizado en 2017 fue «los que se han quedado atrás», que daba a entender que un número cada vez mayor de personas había salido de la «clase trabajadora» y había quedado en una situación de inseguridad y pobreza, mientras que la mayoría avanzaba a toda velocidad. El término se ha utilizado como una descripción generalizada de las personas que apoyan los movimientos y sentimientos populistas en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia y otros lugares.

La noción es analíticamente unidimensional y negativa. No capta una tendencia importante de la época: el crecimiento del precariado. Este grupo, que sigue creciendo y ya es enorme, ha experimentado ingresos reales estancados o en descenso, mientras se ha visto empujado hacia un trabajo inseguro e inestable. Carece de identidad ocupacional, debe realizar mucho trabajo por el que no recibe compensación y descubre que su nivel de estudios supera el tipo de empleo que puede conseguir. La noción de «haberse quedado atrás» implica una situación estática, lo cual induce a error.

Por supuesto, existe una sensación de pérdida. Por ejemplo, el precariado debe depender principalmente de los ingresos monetarios, sin prestaciones no salariales como vacaciones pagadas, licencia médica, indemnización por despido y la perspectiva de pensiones dignas. Sus ingresos son volátiles e impredecibles. La imagen de «haberse quedado atrás» no transmite nada de esto.

Además, el precariado ha ido perdiendo derechos de ciudadanía, a menudo sin darse cuenta hasta que los necesita. Una vez más, la noción de «haberse quedado atrás» no puede reflejar esto, pues sugiere que conserva algunos derechos mientras otros ganan más.

El precariado ha ido perdiendo derechos culturales, pues quienes lo integran sienten que no pueden pertenecer, y que no pertenecen, a ninguna comunidad que les proporcione una identidad segura o un sentido de solidaridad y reciprocidad, de apoyo mutuo. Ha ido perdiendo derechos civiles, ya que el acceso al debido proceso y a la justicia legal se ha vuelto más difícil y costoso. Las personas que solicitan prestaciones sociales pueden ser «sancionadas» por decisión de funcionarios, sin posibilidad de recurso. Muchas personas de bajos ingresos en Estados Unidos acusadas de un delito optan por declararse culpables de un delito menor porque no pueden costear un juicio.

El precariado también está perdiendo derechos sociales; los gobiernos han dificultado y condicionado más el acceso a las prestaciones sociales y, en su mayoría, han reducido su valor monetario. También ha ido perdiendo derechos económicos; se ha vuelto más difícil ejercer aquello para lo que cuenta con cualificaciones educativas y técnicas, en parte porque la autorregulación de los gremios ha sido sustituida por la regulación estatal y las licencias profesionales. Esto ha erigido más barreras de entrada y mecanismos de exclusión. Una vez más, no se trata de haberse quedado atrás, sino de quedar excluido.

Por último, el precariado ha ido perdiendo derechos políticos. Millones de personas en muchos países supuestamente democráticos han perdido el derecho al voto, o nunca llegan a obtenerlo. Y millones sienten claramente que la corriente política dominante no expresa un vocabulario ni políticas orientados a sus necesidades y aspiraciones.

En otros lugares, se describe al precariado como la peligrosa clase que se está formando hoy, un rasgo destacado de nuestras sociedades fracturadas. Quienes lo integran comparten características —inseguridad crónica, ingresos bajos y volátiles, pérdida de derechos, entre otras—, pero tienen orígenes diferentes que inspiran actitudes políticas distintas, cada una peligrosa a su manera particular.

La primera facción del precariado se describe mejor como los atávicos. Tienen un nivel educativo relativamente bajo y, en su mayoría, proceden de familias y comunidades que han experimentado la desindustrialización o viven en comunidades formadas principalmente por personas que en el pasado dependían del trabajo asalariado industrial. Tienden a sentir resentimiento.

A comienzos de 2018, hay malas y buenas noticias sobre este grupo. La mala es que están más resentidos y han encontrado su refugio en el populismo neofascista. Tuvieron un papel destacado en la votación del Brexit, en la base del apoyo a Donald Trump, a la AfD en Alemania, a Marine Le Pen en Francia, a Wilders en los Países Bajos, a la extrema derecha en Polonia, la República Checa, Hungría, Grecia y otros lugares, así como en el extraño resurgimiento (probablemente efímero) de Berlusconi en Italia.

Otra mala noticia es que la mercantilización de los sistemas educativos está llevando a la edad adulta a un enorme número de estudiantes sin educación moral. No en vano Thomas Jefferson dijo que el principal objetivo de la educación debía ser enseñar los valores de la ciudadanía, no ganar dinero. Si la escolarización se convierte en poco más que una preparación para el mercado laboral y el consumo, no puede formar ciudadanos socialmente responsables y altruistas.

Las personas educadas pero sin formación cívica caen fácilmente bajo el influjo de los medios tradicionales y las redes sociales manipuladores, que cobran más poder si antes se embrutece a buena parte de la ciudadanía. Más de 24 millones de personas con títulos universitarios de cuatro años votaron por Trump en 2016. Muchas pertenecían a la facción atávica del precariado. Alguien puede tener un título y, aun así, carecer de formación en el arte de la ciudadanía; puede salir de la universidad con, a lo sumo, conocimientos superficiales de historia, cultura, ética y política.

En cuanto a los atávicos, cuesta que se escuchen las buenas noticias. Si dejamos de lado la perniciosa influencia de un sistema educativo fracturado, es probable que el tamaño de esta facción del precariado haya alcanzado su máximo. Podría decirse que solo producirá una distopía neofascista si las élites, los asalariados y otros sectores del precariado se muestran indolentes o pasivos ante la tormenta que sus líderes han azuzado en los últimos años.

La segunda facción del precariado, que se describe mejor como los nostálgicos, es peligrosa de una forma muy distinta e igual de preocupante. No es culpa suya. Está formada por un número enorme y creciente de personas migrantes o pertenecientes a minorías étnicas que añoran un hogar. Descubren que no tienen un hogar donde viven y trabajan, ni en ningún otro lugar. No se sienten ciudadanos y no lo son. Son denizens, personas que no solo carecen de todos los derechos de los ciudadanos, sino que están perdiendo aún más.

Este grupo creciente de nuestras sociedades fracturadas es peligroso porque no tiene una voz integradora en el Estado. Constituye una gran parte del precariado, pero se siente impotente, inseguro e ignorado, o demonizado por políticos oportunistas. De vez en cuando, reacciona con jornadas de ira, y algunos pueden adoptar ideologías violentas. Pero, en su mayoría, vive la inseguridad y una vida fragmentada con silencioso resentimiento, o recuerda algo peor; a veces utiliza memes y redes sociales subversivas para crear una contracultura. Esto no se limita a los países industrializados ricos. Millones de migrantes en ciudades chinas, que carecen de un hukou (permiso de residencia), forman parte del precariado y han desarrollado una contracultura que están documentando los investigadores.

Es peligroso en términos políticos, sociales y económicos que una proporción creciente de la sociedad se encuentre en esta situación. La mala noticia en este caso es que su proporción está creciendo, al igual que las desigualdades estructurales entre los denizens en general y los demás. Es más difícil encontrar la buena noticia: una revuelta incipiente de quienes empiezan a erigirse en sus líderes podría poner de relieve su difícil situación hasta el punto de que los políticos convencionales se tomen en serio las fracturas culturales y económicas que representan.

La tercera facción del precariado se describe mejor como los progresistas. Mientras los atávicos comparan su privación relativa y su declive con un pasado real o imaginado, y los nostálgicos ven un presente perdido, los progresistas ven un futuro perdido. Van a la universidad tras recibir de sus familias, comunidades y docentes la promesa de que así se asegurarían un futuro con una carrera profesional que les brindaría seguridad y desarrollo personal. Se gradúan —y ahora esperan graduarse— sin ese futuro, cargados de deudas y con la perspectiva de una vida fragmentada por delante.

La mala noticia es que su número aumenta sin tregua en todo el mundo, en todas las sociedades. Cada vez más personas sufren problemas de salud mental y física, y se sienten alienadas, anómicas y enfadadas. Irónicamente, la buena noticia es que su número crece, de modo que más personas comprenden que no son fracasadas ni inadaptadas, sino parte de un gran grupo social con experiencias y problemas compartidos. Esto ha generado un sentimiento de reconocimiento: más personas se identifican como parte del precariado, lo que fortalece aquello que los sociólogos llaman agencia, la sensación de que «nosotros» existimos y «nosotros» podemos unirnos para hacer algo frente a las inseguridades.

Y la verdadera buena noticia es que esta parte del precariado empieza a forjar una nueva política progresista en respuesta a las desigualdades e inseguridades crónicas que caracterizan la segunda Edad Dorada actual.

Durante 2017, esta energía política pudo manifestarse de maneras desiguales, extrañas o incluso disfuncionales. Pero eso es inevitable cuando lo viejo está muriendo y lo nuevo aún no está listo para ocupar su lugar, como dijo Gramsci en la década de 1920. La primera tarea ha sido despejar los restos de la antigua política progresista, algo que se ha logrado en gran medida mediante las sucesivas derrotas o debacles de los antiguos partidos socialdemócratas (empapados de nostalgia y sin visión) y de las agendas de la Tercera Vía.

Durante los próximos años debería desarrollarse una fase constructiva más estimulante, que restaure los valores de la Ilustración. Quienes en el mundo empresarial desean ver el progreso humano y un sistema económico abierto y verdaderamente global deberían acogerla y apoyarla. Por acuñar una frase, no hay alternativa digna. Todos deberíamos aportar nuestro granito de arena para ayudar.

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