El 8 de enero, el electorado de Sri Lanka eligió a un nuevo presidente y, al hacerlo, rechazó el régimen autocrático de Mahinda Rajapakse, que había dominado durante casi una década. El sucesor de Rajapakse, Maithripala Sirisena, necesitará una considerable habilidad política para mantener unido el recién formado gobierno de coalición e impulsar cambios significativos en Sri Lanka. También persisten las dudas sobre la influencia que conserva el expresidente, la estabilidad política ante las tensiones étnicas corrosivas y la corrupción, así como las relaciones con los socios internacionales.
La victoria de Sirisena pone de manifiesto la frustración de los votantes ante la concentración del poder en torno a la familia Rajapakse, característica del mandato del anterior presidente. El papel de Rajapakse en el fin de 26 años de guerra civil —aunque de la manera más brutal— contribuyó a su éxito político. Sin embargo, la popularidad de su administración se fue erosionando gradualmente por el descontento popular ante la desigualdad y las acusaciones de corrupción. Los indicadores positivos de desarrollo y el rápido crecimiento económico —de alrededor del 7 por ciento anual— desde el fin de la guerra en 2009 no bastaron para salvar al presidente populista. En este contexto, la decisión de Rajapakse de convocar elecciones dos años antes de lo previsto, en busca de un tercer mandato, parece haberse basado en la presuntuosa idea de que la oposición era incapaz de plantear un desafío significativo. También pudo haber subestimado hasta qué punto el aumento de la riqueza nacional no había beneficiado a los más pobres.
La historia del presidente entrante resulta aún más interesante por las intrigas políticas que entraña. Maithripala Sirisena había sido ministro en el gobierno de Rajapakse, pero desertó el pasado noviembre. Su victoria electoral fue ajustada —obtuvo solo el 51,3 por ciento de los votos, tras una elevada participación y relativamente poca violencia—, pero el fracaso de Rajapakse a la hora de convencer a los militares de que declararan el estado de emergencia aseguró la salida de este último del cargo. Pese a los rumores sobre su mala salud, Rajapakse ha prometido volver al poder. Lo consiga o no, Sri Lanka sin duda aún no ha visto lo último de su clan.
Las elecciones parlamentarias están previstas para finales de abril de 2015 y las expectativas son altas: Sirisena debe cumplir, y pronto. Hay algunos indicios positivos. Sirisena ya se ha comprometido a un programa de trabajo de 100 días centrado principalmente en mejorar la gobernanza y en algunas medidas populistas, como una asignación de 20.000 rupias (100 libras esterlinas) para las mujeres embarazadas, con el fin de fomentar una mejor nutrición.
Sin embargo, existen desafíos serios. La oposición se vio galvanizada por el intenso rechazo a Rajapakse, compartido tanto por los cingaleses como por quienes fueron marginados durante su mandato. Pero los integrantes de la coalición vencedora no son aliados cómodos. En un extremo del espectro están las minorías tamil y musulmana, cuyos votos fueron cruciales para Sirisena y que buscan una representación más justa y adecuada. En el otro está el Jathika Hela Urumaya (JHU), un partido cingalés radical que estará interesado en promover una mayor «cingalización» —es decir, políticas favorables a la mayoría cingalesa— a cambio de su apoyo. Inevitablemente, algunos sectores de la coalición quedarán decepcionados. Los indicios apuntan a que las minorías de Sri Lanka son las que probablemente saldrán perdiendo.
En un contexto de agravios tamiles latentes por la muerte de unos 40.000 civiles durante las últimas semanas de la guerra en 2009, junto con acusaciones de crímenes de guerra, el nuevo presidente todavía ha dicho poco sobre la cuestión crucial de la reconciliación entre tamiles y cingaleses. Pese a prometer una investigación oficial, Sirisena se ha negado rotundamente a permitir la participación de las Naciones Unidas. Esto será popular entre los cingaleses, pero claramente no entre los tamiles, ya sea dentro o fuera del país. Si no hay margen para el compromiso, las causas del conflicto persistirán y podrían conducir fácilmente, con el tiempo, a un retorno a las hostilidades armadas. Sirisena también ha guardado silencio sobre la militarización del norte. El aumento de los intereses comerciales de los militares y la confiscación de tierras en zonas tamiles auguran mal para la futura armonía política y social. El gasto militar ha aumentado de forma constante desde el fin de la guerra.
Sirisena también ha dicho poco sobre cuestiones importantes relacionadas con el Estado de derecho y, en particular, con la policía. Hay pocos indicios de que se derogue la draconiana Ley de Prevención del Terrorismo. Esta ley otorga a las fuerzas de seguridad amplias facultades de arresto y detención, así como inmunidad frente al procesamiento judicial. Es probable que continúen la escasa protección de los derechos civiles, la tortura y otros abusos, habituales durante el mandato de Rajapakse. Esto debe cambiar para lograr un gobierno interno estable y relaciones constructivas con los socios extranjeros.
Sobre todo, Sirisena tendrá que abordar la conducta de los ricos y poderosos. La corrupción en la vida pública aumentó drásticamente durante la última década. Sigue siendo generalizada en todos los niveles de la administración pública. El propio Sirisena tiene fama de íntegro, lo que podría contribuir a elevar los estándares. Además, su elección ha inquietado a la élite, lo que quizá indique que intentará impulsar cambios significativos, incluidos procesamientos judiciales.
La comunidad internacional estará muy atenta a los indicios de cambios en la política exterior de Sri Lanka. India querrá ver reducida la influencia china en Sri Lanka y, con el propósito de fomentar buenas relaciones, es posible que la primera visita oficial de Sirisena sea a Nueva Delhi. Ha hablado de la necesidad de reducir la influencia extranjera en el país, pero ha dicho poco sobre el papel de China, quizá para mantener el flujo de ayuda china para infraestructuras durante el mayor tiempo posible. Estados Unidos respaldó a Sirisena durante su campaña y ahora querrá ver mejoras en materia de derechos humanos y libertades civiles.
La elección de Maithripala Sirisena marca, sin duda, un punto de inflexión en la política de Sri Lanka, tras casi una década de hegemonía de la familia Rajapakse. Pero el nuevo presidente tendrá que esforzarse para distanciarse definitivamente del régimen del que formó parte hasta hace muy poco.
Este artículo se publica en colaboración con Chatham House. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Chris Smith es investigador visitante en el Institute of Commonwealth Studies y en la University of Brighton.
Imagen: Jóvenes alumnas de Sri Lanka juegan en una de las muchas playas de Galle Face, en la capital, Colombo, el 18 de febrero de 2003. REUTERS/Anuruddha Lokuhapuarachchi.



