La catástrofe griega acapara la atención mundial por dos razones. En primer lugar, nos inquieta profundamente ver cómo una economía se derrumba ante nuestros ojos, con colas para el pan y colas en los bancos que no se veían desde la Gran Depresión. En segundo lugar, nos consterna el fracaso de innumerables líderes e instituciones —políticos nacionales, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo— para evitar un descarrilamiento a cámara lenta que se ha ido desarrollando a lo largo de muchos años.
Si esta mala gestión continúa, no solo Grecia, sino también la unidad europea quedará fatalmente socavada. Para salvar tanto a Grecia como a Europa, el nuevo paquete de rescate debe incluir dos grandes elementos que aún no se han acordado.
En primer lugar, los bancos griegos deben reabrir sin demora. La decisión que el BCE adoptó la semana pasada de retener el crédito al sistema bancario del país, y con ello cerrar los bancos, fue a la vez torpe y catastrófica. Esa decisión, impuesta por el Consejo Ejecutivo del BCE, altamente politizado, será estudiada —y despreciada— por los historiadores durante años. Al cerrar los bancos griegos, el BCE paralizó de hecho toda la economía (pues ninguna economía por encima del nivel de subsistencia puede sobrevivir sin un sistema de pagos). El BCE debe revocar su decisión de inmediato, porque de lo contrario los propios bancos quedarían muy pronto irrecuperables.
En segundo lugar, debe formar parte del acuerdo un alivio profundo de la deuda. La negativa del resto de Europa, y en especial de Alemania, a reconocer el enorme endeudamiento de Grecia ha sido la gran mentira de esta crisis. Todos conocían la verdad: que Grecia jamás podrá atender íntegramente sus obligaciones de deuda actuales, pero nadie involucrado en las negociaciones lo diría. Los funcionarios griegos han intentado en repetidas ocasiones debatir la necesidad de reestructurar la deuda mediante la reducción drástica de los tipos de interés, la ampliación de los plazos de vencimiento y, quizá, también un recorte del valor nominal de la deuda. Sin embargo, cada intento de Grecia, incluso de plantear la cuestión, fue rechazado de forma brutal por sus contrapartes.
Por supuesto, en cuanto las negociaciones fracasaron hace dos semanas, la verdad sobre la deuda griega comenzó a salir a la luz. El FMI fue el primero en romper el silencio, al reconocer que había defendido el alivio de la deuda sin obtener resultado alguno. Después, Estados Unidos hizo saber que el presidente Barack Obama y el secretario del Tesoro, Jack Lew, habían tratado de convencer a la canciller alemana, Angela Merkel, y al ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble de ofrecer alivio de la deuda a Grecia, también sin éxito.
Luego, incluso el propio Schauble, de lejos el más firme opositor al alivio de la deuda, admitió que Grecia lo necesitaba; pero también sostuvo que tal alivio vulneraría las disposiciones de los tratados de la Unión Europea que prohíben los rescates a los gobiernos. Tras el notable reconocimiento de Schauble (hecho público solo después de que se produjera la completa catástrofe), la propia Merkel opinó que quizá ciertos tipos de alivio (como recortes de los tipos de interés, en lugar del valor nominal de la deuda) podrían cumplir su función de un modo compatible con las normas de la UE.
El hecho de que el alto endeudamiento griego solo se reconociera después de que fracasaran las negociaciones pone de manifiesto las profundas deficiencias sistémicas que han llevado a Grecia y a Europa hasta este punto. Vemos un sistema europeo de gestión de crisis plagado de ineptitud, politización extrema, maniobras tácticas y falta de profesionalidad. Desde luego, no pretendo disculpar el clientelismo, la corrupción y la mala gestión griegos como causas últimas de la difícil situación del país. Sin embargo, el fracaso de las instituciones europeas es más alarmante. Si la UE no puede ahora salvar a Grecia, no podrá salvarse a sí misma.
La UE funciona hoy de forma similar a Estados Unidos bajo los Artículos de la Confederación, que definían la estructura de gobierno ineficaz de Estados Unidos tras su independencia de Gran Bretaña en 1781, pero antes de la adopción de la Constitución en 1787. Al igual que los Estados Unidos recién independizados, la UE carece hoy de un poder ejecutivo facultado y eficaz capaz de afrontar la crisis económica actual. En lugar de un liderazgo ejecutivo sólido, moderado por un parlamento democrático fuerte, son comités de políticos nacionales los que llevan la voz cantante en Europa, relegando en la práctica (a menudo con descaro) a la Comisión Europea. Precisamente porque los políticos nacionales atienden a la política nacional, y no a los intereses más amplios de Europa, la verdad sobre la deuda de Grecia permaneció sin decirse durante tanto tiempo.
El Eurogrupo, que reúne a los 19 ministros de Finanzas de la eurozona, encarna esta dinámica destructiva: se reúne cada pocas semanas (o incluso con más frecuencia) para gestionar la crisis europea sobre la base de prejuicios políticos nacionales en lugar de un enfoque racional para resolver problemas. Alemania tiende, por supuesto, a llevar la voz cantante, pero la discordante política nacional de muchos Estados miembros ha contribuido a un desastre tras otro. Al fin y al cabo, fue el Eurogrupo el que “resolvió” la crisis financiera de Chipre mediante la confiscación parcial de depósitos bancarios, socavando así la confianza en los bancos europeos y preparando el terreno para el pánico bancario de Grecia dos años después.
En medio de toda esta disfunción, una institución internacional se ha mantenido en cierta medida al margen de la contienda política: el FMI. Su análisis ha sido, con mucho, el más profesional y el menos politizado. Sin embargo, incluso el FMI se dejó manipular por los europeos, en especial por los alemanes, en detrimento de la resolución de la crisis griega hace muchos años. En otro tiempo, Estados Unidos podría haber impulsado cambios de política basados en el análisis técnico del FMI. Hoy, en cambio, Estados Unidos, el FMI y la Comisión Europea han observado desde la barrera cómo Alemania y otros gobiernos nacionales han llevado a Grecia a la ruina.
La extraña estructura de toma de decisiones de Europa ha permitido que la política interna alemana prevalezca sobre cualquier otra consideración. Y eso ha significado menos interés en una resolución honesta de la crisis que en evitar la apariencia de ser indulgentes con Grecia. Es posible que los dirigentes alemanes teman, con razón, que su país acabe pagando la factura de los rescates europeos, pero el resultado ha sido sacrificar a Grecia en el altar de una idea abstracta e inviable: «ningún rescate». A menos que se acuerde algún compromiso racional, la insistencia en ese enfoque solo conducirá a impagos masivos e incluso más costosos.
Estamos ya en el tramo final. Los bancos griegos han cerrado, su deuda ha sido reconocida como insostenible y, sin embargo, el futuro tanto de los bancos como de la deuda sigue siendo incierto. Las decisiones que adopte Europa en los próximos días determinarán el destino de Grecia; sea o no de forma deliberada, también determinarán el destino de la UE.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Jeffrey D. Sachs, profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Política y Gestión Sanitarias, y director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, es también asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Imagen: Una bandera griega y otra de la UE ondean frente al templo del Partenón.REUTERS/Yorgos Karahalis.


