Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.
Durante varios años, los dirigentes chinos han impulsado un «reequilibrio» económico. El modelo de crecimiento tradicional del país, basado en la inversión y las exportaciones, debe ser sustituido por otro basado en los servicios y el consumo interno. Se trata de una transición necesaria para China. Por desgracia, un crecimiento impulsado por el consumo sigue siendo una perspectiva lejana.
Es cierto que la contribución del consumo interno al PIB ha aumentado ligeramente en los últimos años. Pero esto refleja principalmente la débil demanda de inversión, y no un fuerte crecimiento del consumo. De hecho, la acumulación de riqueza sigue siendo el objetivo principal de los hogares chinos. Además, dada la estructura económica de China, su mercado financiero poco desarrollado y su débil Estado de bienestar, los elevados niveles de ahorro preventivo persistirán en el futuro previsible.
En efecto, uno de los factores clave que frenan el consumo es la necesidad que tienen los trabajadores mayores de China de ahorrar para la jubilación. En el pasado, la tradición confuciana de la piedad filial significaba que los hijos sostenían a sus padres en la vejez. Pero, tras más de tres décadas de la política del hijo único, los jubilados no pueden esperar razonablemente un apoyo tan considerable, y China carece de un sistema de pensiones sólido que compense la diferencia.
En la actualidad, los jubilados urbanos obtienen, de media, alrededor de la mitad de sus ingresos del apoyo familiar. Pero los trabajadores de mediana edad saben que pueden esperar menos cuando se jubilen. Incluso las personas mayores están aumentando sus ahorros, en parte debido a una mayor esperanza de vida y a un fuerte incremento de los costes sanitarios. Esto contrasta marcadamente con la rápida caída de las tasas de ahorro de las personas mayores en Estados Unidos.
Otra razón por la que es poco probable que los hogares chinos aumenten su gasto es que la participación de sus ingresos en el PIB ha ido disminuyendo: de alrededor del 70% en 1990 a alrededor del 60% en 2010. (En las economías desarrolladas se mantiene en un nivel constante del 80%.)
El problema aquí es doble. En primer lugar, el modelo de crecimiento de China está distorsionado, ya que da más importancia a la inversión que al crecimiento del empleo y depende en parte de la contención salarial para subvencionar la producción y las exportaciones. En segundo lugar, la represión financiera ha limitado el ahorro de los hogares chinos a una rentabilidad real de cero.
El capital barato y los bajos costes laborales podrían ser buenos para el crecimiento de la producción, pero la demanda de los hogares está siendo frenada. En este sentido, el principal desequilibrio que China debe abordar no está entre el consumo y la inversión, sino entre los hogares, por un lado, y el Gobierno y las empresas, por otro.
Por eso las políticas de estímulo habituales no han funcionado, y no por falta de esfuerzo. En los últimos años, el Gobierno chino ha puesto en práctica la combinación de una política fiscal expansiva y una política monetaria laxa que normalmente impulsaría a los consumidores, que esperan una inflación futura elevada, a consumir más.
Este enfoque no solo no ha sido eficaz en China, sino que puede resultar contraproducente: los hogares, deseosos de preservar su poder adquisitivo, ahorran más y buscan tipos de rentabilidad más altos. Este efecto ya ha impedido que los índices de precios al consumo y de precios industriales suban, pese a la flexibilización monetaria, mientras infla burbujas en los precios de los activos.
Está claro que el Gobierno chino esperaba que los efectos positivos de la riqueza derivados del aumento de los precios de los activos estimularan el consumo. Sin embargo, el fomento oficial de la innovación financiera provocó un fuerte repunte del mercado bursátil, muy por encima de lo que justificaban los fundamentos económicos de China. Cuando el Gobierno intentó frenar el mercado el verano pasado, desencadenó sin querer una venta masiva, que pronto se convirtió en una estampida, en gran medida debido a esas mismas innovaciones financieras (por ejemplo, la negociación con margen). Ahora, las réplicas podrían hacer que el consumo disminuya aún más.
Nada de esto significa que la búsqueda de un mayor consumo interno en China esté condenada al fracaso. Al contrario, a diferencia de los trabajadores de mediana edad de hoy, para quienes sacudidas como la Revolución Cultural fomentaron el pragmatismo y la desconfianza, la generación más joven de China es optimista respecto al futuro. Saben que pueden esperar razonablemente salarios más altos que los que percibieron sus padres y abuelos.
Además, la generación más joven de China es muy consciente de su calidad de vida, en parte debido a su constante exposición a los estilos de vida de los países avanzados. Como resultado, están mucho más dispuestos que sus padres a gastar en servicios y bienes no duraderos. Cuando se conviertan en los principales agentes de la economía china, es decir, cuando lleguen a la mediana edad, el panorama del consumo en China podría ser completamente distinto, con el país actuando como comprador global y no como vendedor global.
Pero esa transición aún está lejos. Mientras tanto, el Gobierno chino debería aplicar un conjunto diferente de políticas para impulsar el consumo, comenzando por la relajación de las restricciones al endeudamiento de los hogares.
En los últimos años, la deuda de los hogares chinos ascendió a alrededor del 12% del PIB, frente al enorme 95% de Estados Unidos. La deuda hipotecaria equivalía al 16% del PIB en China, frente al 120% en Estados Unidos. Solo el 5% de las personas mayores de 15 años en China tenía deuda hipotecaria, y el 8,2% tenía tarjetas de crédito; las cifras para Estados Unidos eran del 33,4% y del 61%, respectivamente.
Está claro que los hogares chinos tienen mucho margen para endeudarse más. Con restricciones crediticias más flexibles para los hogares, el Gobierno chino permitiría a sus jóvenes, al igual que a los jóvenes estadounidenses, financiar sus estudios y adquirir más bienes duraderos.
En lo que respecta al reequilibrio económico, China tendrá que ser paciente, reconociendo que la generación actual está simplemente demasiado centrada en el ahorro como para propiciar el tipo de repunte del consumo que se necesita. Los responsables políticos pueden tomar medidas para acelerar el progreso, pero, hasta que crezca la próxima generación, el avance real tendrá que esperar.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde los puntos de vista expresados.
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Autora: Keyu Jin, catedrática de Economía en la London School of Economics, es Joven Líder Mundial del Foro Económico Mundial y miembro del consejo asesor del Grupo Richemont.
Imagen: Un billete de 100 yuanes (abajo) se coloca junto a billetes de 100 dólares estadounidenses en esta ilustración. REUTERS/Petar Kujundzic.



