Voltaire afirmó en una ocasión que «el trabajo nos libra de tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad». Hace unos años, Gallup realizó un estudio sobre los «deseos globales» y los resultados fueron inequívocos: por delante de la familia, la democracia e incluso la libertad religiosa, la gente quería un empleo, idealmente con un horario estable, un sueldo regular y estabilidad en todos los aspectos. Pero en los próximos años esto se verá cuestionado. Ya está disminuyendo el tiempo promedio que las personas permanecen en sus empleos, aumenta el número de cambios de carrera, el desempleo crece a nivel mundial y se aceleran las olas de disrupción que afectan a todas las industrias.
No podemos predecir exactamente cómo será el trabajo en el futuro ni qué tipos específicos de empleos existirán para la próxima generación. La tecnología avanza a un ritmo tan rápido que sería imposible intentarlo: hace poco, se incorporó un robot a la junta directiva de una empresa, algo que incluso hace cinco años se habría considerado ciencia ficción. Sin embargo, está claro que estamos presenciando una Segunda Era de las Máquinas, en la que los ingresos y las oportunidades de empleo podrían verse reducidos a corto plazo, pero aumentarán a largo plazo.
Desde la Revolución Industrial, la automatización ha tenido un fuerte impacto en los empleos que implican trabajo físico rutinario; este efecto se está intensificando y, además, estamos viendo las repercusiones de la tecnología en muchos otros ámbitos, incluido el procesamiento de información. De cara al futuro, se estima que casi el 50 % de los empleos actuales se automatizarán, incluso en las ocupaciones «de cuello blanco», que tradicionalmente se han resistido a la automatización.
Estos cambios no son simplemente un fenómeno de los años posteriores a la recesión, ni se manifiestan solo en una o dos economías donde cabría esperarlos. En esencia, se ha invertido capital en tecnología —lo que ha dado lugar a una mayor automatización— en lugar de en mano de obra. Durante los próximos 10 años, nos enfrentaremos a enormes fuerzas tectónicas de globalización y a un progreso tecnológico asombroso; debemos afrontar y acoger estas fuerzas si queremos garantizar oportunidades económicas e inclusión para todos.
Ya podemos ver indicios de las diversas disrupciones que tendrán lugar. Por un lado, los empleos que requieren trabajo físico se automatizarán cada vez más a escala mundial. Si observamos hoy las fábricas chinas, la mayoría de los trabajadores realizan tareas manuales repetitivas. Esta situación es económicamente viable por ahora porque los salarios son muy bajos. A medida que estos aumentan y la tecnología se abarata, vemos que China se está convirtiendo en uno de los mayores compradores de equipos robóticos del mundo. Al provenir de la segunda economía más grande del mundo, esto provocará una gran disrupción. Por otro lado, las computadoras están avanzando tanto en su capacidad de interactuar con las personas que los sistemas inteligentes se encargarán cada vez más del sector de los servicios. Los seres humanos no quedarán obsoletos, pero probablemente las empresas de servicios tendrán una pequeña plantilla de empleados capaces para atender las solicitudes más inusuales, mientras que el resto se gestionará automáticamente.
Con la tecnología avanzando a toda velocidad y dejando atrás a algunas personas, tenemos dos opciones: intentar frenar el progreso o averiguar qué debemos hacer para ayudar a quienes están siendo desplazados. Tanto los empleadores como los educadores ya se han dado cuenta de ello, y cada vez se presta más atención a la innovación, lo cual resulta muy alentador. Un cambio de esta magnitud siempre es un proceso doloroso para los trabajadores, pero la tecnología también facilita nuevas ideas y opciones de empleo.
Además, la productividad laboral impulsada por la innovación se acelerará considerablemente en los próximos años. Hay innovaciones que no podríamos haber previsto hace 10 años; ya somos testigos de avances extraordinarios, desde vehículos que se conducen solos hasta robots capaces de entendernos y conversar con nosotros. Muchos de estos avances son tan recientes que aún no se han extendido por nuestras economías: la sociedad necesita tiempo para adaptarse a ellos e integrarlos en sus modelos de negocio. Imaginemos lo que podrían traer los próximos 10 años, mientras nos reajustamos aún más rápido. Sin duda, debemos replantearnos el contrato social que nuestras sociedades ofrecen a los trabajadores, pero intentar proteger los empleos existentes ante este ritmo de innovación es una idea profundamente equivocada.
Parece que nos dirigimos hacia un mundo con relativamente poco trabajo: simplemente emplearemos a menos personas. Existe la tentación de verlo como una batalla perdida. Sin embargo, desde el punto de vista conceptual, esto es exactamente lo que deberíamos intentar: crear un mundo en el que ya no sea necesario que haya «empleos suficientes para todos», un mundo libre de tareas penosas y trabajo agotador. Pronto podremos eliminar esas tareas aburridas y repetitivas que no nos gusta hacer, y alcanzar el objetivo de lograr mayor riqueza y abundancia con menos trabajo. Nuestro objetivo debería ser crear una economía extraordinariamente abundante y tecnológicamente sofisticada, capaz de suministrar todos los bienes y servicios que necesitamos y ponerlos ampliamente al alcance de todos. Y, por inverosímil que pueda parecer, este es un mundo que podríamos construir perfectamente; no en la ciencia ficción del futuro del siglo XXIV, sino en los próximos 50 años.
Aunque es cierto que las consecuencias para el trabajo parecen —y son— bastante graves en este momento, es fundamental que no intentemos frenar el progreso tecnológico. Estamos al borde de un momento decisivo en la historia de la humanidad, y eso debería llenarnos de ánimo y optimismo. El progreso tecnológico siempre ha generado oportunidades nuevas y apasionantes para la humanidad. No hay razón para esperar que en el futuro sea distinto.
El informe Outlook on the Global Agenda 2015 ya está disponible.
Autor: Andrew McAfee es codirector de la Initiative on the Digital Economy de la MIT Sloan School of Management.
Imagen: Un niño observa al robot humanoide «Nao» haciendo matemáticas en el taller de la empresa Aldebaran Robotics durante la semana de inauguración de esta, en Issy-Les-Moulineaux, cerca de París, el 2 de julio de 2014. REUTERS/Philippe Wojazer


