El dólar estadounidense está en movimiento. Solo en los últimos cuatro meses ha subido más de un 7% frente a una cesta de más de una docena de monedas globales, y aún más frente al euro y al yen japonés. Este repunte del dólar, resultado de avances económicos reales y de evoluciones divergentes de las políticas, podría contribuir al «reequilibrio» que durante mucho tiempo se le ha resistido a la economía mundial. Pero ese resultado dista mucho de estar garantizado, sobre todo por los riesgos asociados de inestabilidad financiera.
Dos factores importantes favorecen actualmente al dólar, en particular frente al euro y al yen. En primer lugar, Estados Unidos supera sistemáticamente a Europa y Japón en crecimiento económico y dinamismo —y probablemente seguirá haciéndolo—, no solo gracias a su flexibilidad económica y energía emprendedora, sino también a una actuación política más decidida desde el inicio de la crisis financiera mundial.
En segundo lugar, tras un período de alineamiento, las políticas monetarias de estas tres economías grandes y de importancia sistémica están divergiendo, y llevan a la economía mundial de una trayectoria de varias velocidades a otra de varias vías. De hecho, mientras que la Reserva Federal de Estados Unidos puso fin el mes pasado a sus compras de valores a gran escala, conocidas como «expansión cuantitativa» (QE), el Banco de Japón y el Banco Central Europeo anunciaron recientemente la ampliación de sus programas de estímulo monetario. De hecho, el presidente del BCE, Mario Draghi, señaló que estaba dispuesto a ampliar el balance de su institución en la enorme suma de 1 billón de euros (1,25 billones de dólares).
Con unos tipos de interés de mercado más altos en Estados Unidos que atraen nuevas entradas de capital e impulsan aún más al alza el dólar, la revaluación de la moneda parece ser justo lo que hace falta para catalizar un reequilibrio mundial largamente esperado: uno que promueva un crecimiento más sólido y mitigue el riesgo de deflación en Europa y Japón. En concreto, la apreciación del dólar mejora la competitividad de precios de las empresas europeas y japonesas en Estados Unidos y otros mercados, al tiempo que modera parte de la presión deflacionaria estructural en las economías rezagadas al encarecer las importaciones.
Sin embargo, los beneficios del repunte del dólar distan mucho de estar garantizados, tanto por razones económicas como financieras. Aunque la economía estadounidense es más resiliente y ágil que las de sus pares desarrollados, todavía no es lo bastante sólida como para adaptarse sin sobresaltos a un cambio significativo de la demanda externa hacia otros países. También existe el riesgo de que, dado el papel del BCE y del Banco de Japón en la evolución de sus monedas, el Congreso de Estados Unidos califique ese cambio de «guerra de divisas», lo que podría provocar una respuesta política de represalia.
Además, los movimientos cambiarios grandes y repentinos suelen traducirse en inestabilidad en los mercados financieros. Es cierto que este riesgo era más agudo cuando un mayor número de monedas de economías emergentes estaban vinculadas al dólar estadounidense, lo que significaba que un cambio significativo en el valor del dólar debilitaría la posición de la balanza de pagos de otros países y mermaría sus reservas internacionales, socavando así su solvencia. Hoy, muchos de estos países han adoptado regímenes cambiarios más flexibles, y bastantes conservan reservas adecuadas.
Pero un nuevo problema amenaza con producir un resultado igualmente preocupante: al reprimir repetidamente la volatilidad de los mercados financieros durante los últimos años, las políticas de los bancos centrales han fomentado inadvertidamente una asunción excesiva de riesgos, lo que ha elevado muchos precios de activos financieros por encima de lo que justifican los fundamentos económicos. En la medida en que la continua volatilidad de los mercados cambiarios se extienda a otros mercados —y así será—, se intensificará la necesidad de que unos fundamentos económicos más sólidos validen los precios de los activos.
Esto no quiere decir que el realineamiento cambiario que está en curso sea necesariamente problemático; por el contrario, tiene el potencial de impulsar la economía mundial al apoyar la recuperación de algunos de sus componentes más rezagados. Pero la única forma de aprovechar los beneficios del realineamiento sin sufrir graves trastornos económicos ni volatilidad en los mercados financieros es introducir ajustes complementarios de política que impulsen el crecimiento, como acelerar las reformas estructurales, equilibrar la demanda agregada y reducir o eliminar los excesos de deuda.
Al fin y al cabo, con su nivel actual, el crecimiento mundial no basta para que funcione una mera redistribución entre países. El PIB mundial total debe aumentar.
El resurgimiento del dólar estadounidense, aunque prometedor, es solo un primer paso. Corresponde a los gobiernos garantizar que el realineamiento cambiario en curso respalde una recuperación económica equilibrada, estable y sostenible. De lo contrario, podrían verse de nuevo en la desagradable tarea de mitigar la inestabilidad financiera.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Mohamed A. El-Erian, asesor económico principal de Allianz y miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, preside el Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama.
Imagen: En esta ilustración tomada en el Banco de Taiwán en Taipéi el 11 de noviembre de 2010 se ven billetes de dólares estadounidenses. REUTERS/Nicky Loh.

