¿Qué hace de Estados Unidos la economía más competitiva del mundo?

The New York Stock Exchange (NYSE) building is pictured in Manhattan in New York, U.S., October 11, 2018. REUTERS/Brendan McDermid - RC1B171B34E0
Image: REUTERS/Brendan McDermid
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Todo índice económico internacional que sitúe a Estados Unidos en la cúspide del éxito mundial seguramente suscitará preguntas sobre si ese éxito puede atribuirse a las acciones de un solo líder o gobierno. Para plantear esta pregunta en relación con el Informe de Competitividad Global 2018, primero echemos un vistazo a los hechos.

Lo primero que hay que señalar es que este es el primer año en que adoptamos formalmente una nueva metodología para medir la competitividad. Supone un cambio radical: alrededor del 66 % de los indicadores que usamos este año son nuevos y abarcan aspectos como la apertura de las empresas a las ideas disruptivas, el nivel de competencias digitales de la población o cuán planas son las jerarquías empresariales. Introdujimos estos cambios porque creemos que, junto con los indicadores más tradicionales, como una buena infraestructura de transporte y mercados que funcionen bien, factores como estos reflejarán cada vez más la esencia de la fortaleza competitiva de una nación en el futuro.

Estados Unidos, una de las grandes potencias de innovación del mundo, está muy bien posicionado en este nuevo panorama competitivo. Ocupa el primer puesto mundial en tres de nuestros doce pilares: dinamismo empresarial, mercados laborales y sistema financiero. Se sitúa en segundo lugar en otros dos: innovación (por detrás de Alemania) y tamaño del mercado (por detrás de China).

Esto contrasta con la trayectoria de Estados Unidos según la metodología anterior: la última vez que encabezó el Índice fue en 2008. La incertidumbre del entorno macroeconómico provocada por la crisis financiera fue solo uno de los factores que frenaron al país en los años siguientes.

Pero incluso con la metodología «antigua», Estados Unidos lleva varios años siguiendo una trayectoria ascendente, hasta el punto de que el año pasado había recuperado el segundo puesto de la clasificación. Esto respalda la tesis de que muchas de las condiciones que contribuyen a la competitividad no se pueden adquirir ni crear de la noche a la mañana.

Aunque 2018 marca la primera vez que adoptamos formalmente nuestro nuevo modelo de competitividad, en realidad recalculamos los datos de 2017 para ver cómo había variado el desempeño de los países de un año a otro. Estados Unidos también ocupó el primer puesto en ese cálculo, lo que vuelve a sugerir que hay fuerzas de largo plazo detrás de su ascenso a la cima de la competitividad y que el desempeño de este año no fue algo excepcional.

También conviene considerar cómo calculamos las puntuaciones de las 140 economías que medimos cada año. Aproximadamente el 70 % de la ponderación del índice (algo menos si se considera el número real de indicadores) procede de datos proporcionados por organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial o la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Por lo general, transcurren entre 2 y 3 años entre la medición y la publicación.

¿Significa esto que el ascenso de Estados Unidos puede atribuirse exclusivamente a las reformas estructurales y las innovaciones con visión de futuro de su gobierno anterior? La respuesta es un rotundo no: algunas de las fortalezas de Estados Unidos son anteriores incluso a ese período. Tampoco podemos pasar por alto los esfuerzos del gobierno actual: si el 70 % de la ponderación del informe se basa en datos concretos, el 30 % restante representa las opiniones de los líderes empresariales estadounidenses; si se muestran optimistas respecto a la competitividad de Estados Unidos, sus opiniones se basarán en gran medida en la situación actual.

Image: Análisis del Foro Económico Mundial; Banco Mundial, 2018.

La competitividad tarda mucho en arraigar, pero puede perderse con relativa rapidez. El Índice de Competitividad Global de 2019 podría ser muy distinto si se agravaran varias de las señales de alerta que observamos en Estados Unidos, como los cambios en los aranceles comerciales, la menor confianza en la independencia del poder judicial, el aumento de la desigualdad de ingresos o un entorno más difícil para contratar talento extranjero cualificado. Los líderes estadounidenses, tanto actuales como anteriores, pueden sentirse justificadamente orgullosos del lugar que ocupa hoy el país en el mundo; el verdadero desafío consiste en mantener esa posición mañana.

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