Esta publicación apareció por primera vez en The World Bank’s Africa Can End Poverty Blog.
La mayoría de las economías del África Subsahariana (SSA) están dominadas por el sector agrícola. En promedio, la agricultura representa el 32 % del producto interno bruto y emplea al 65 % de la fuerza laboral. En algunos países, aporta más del 80 % del comercio en valor y más del 50 % de las materias primas destinadas a la industria.
Pese a ser un sector crucial en muchas economías, la productividad agrícola del continente es muy baja. Los rendimientos del maíz y de otros cereales básicos se han mantenido, por lo general, en torno a una tonelada por hectárea, es decir, alrededor de un tercio del promedio alcanzado en Asia y América Latina. En los últimos 30 años, la competitividad de muchos cultivos de exportación del África Subsahariana ha disminuido y la dependencia de la región respecto de los cultivos alimentarios importados ha aumentado. En los años venideros, se prevé que el calentamiento global intensifique las limitaciones actuales a la producción de alimentos.
¿Es la falta de mecanización el talón de Aquiles de la agricultura africana?
La mayor fuente de energía para la preparación de la tierra en el África Subsahariana sigue siendo la fuerza muscular humana. En África Central, se estima que el 80 % de las tierras cultivadas se trabaja manualmente, mientras que en África Oriental y Meridional esa cifra ronda el 50 %. En promedio, menos del 20 % de los servicios de mecanización en el África Subsahariana se prestan mediante motores.
Además, el África Subsahariana es la única región en desarrollo en la que el número de trabajadores agrícolas por hectárea no supera la mitad del promedio de todas las regiones en desarrollo. No solo el África Subsahariana sufre una grave escasez de recursos humanos disponibles para la producción agrícola, sino que también dispone de muy pocos tractores como fuente alternativa de energía. Tomando como indicador del avance en la mecanización el número de tractores de cuatro ruedas, la FAO reporta las siguientes tendencias en los últimos 40 años.
En Asia, el número de tractores se multiplicó por cinco entre 1961 y 1970, pasando de 120 000 a 600 000 unidades. Después, la cifra se multiplicó por diez hasta alcanzar los 6 millones de unidades en 2000. Desde entonces, el número ha seguido aumentando, especialmente en India, que contaba con 2,6 millones de tractores en 2010, y en China, que superó los 2 millones de unidades en 2008.
En la región de América Latina y el Caribe, el número de tractores aumentó 1,7 veces entre 1961 y 1970, pasando de 383 000 a 637 000 unidades, y luego se triplicó hasta alcanzar 1,8 millones de unidades en 2000.
En el África Subsahariana, la tendencia ha sido bastante distinta. En 1961, el número de tractores en uso era superior al de Asia y al de Oriente Próximo (172 000). Después, la cifra aumentó lentamente hasta alcanzar un máximo de 275 000 en 1990, antes de descender a 221 000 en 2000.
La experiencia de otros continentes, y en especial la de las economías en desarrollo de Asia y América Latina, demuestra que la agricultura se ha transformado en los últimos años en una industria más progresiva y productiva. Las inversiones en riego, fertilizantes y variedades de alto rendimiento fueron de la mano del aumento de los insumos energéticos, principalmente en forma de tractores para la preparación de la tierra y motores diésel para el riego. Esto ha permitido a los agricultores intensificar la producción y mejorar su calidad de vida, así como contribuir a la prosperidad nacional y local.
Mientras tanto, en la mayor parte del África Subsahariana, donde los sistemas agrícolas eran más complejos debido a zonas agroecológicas variables, las semillas y los fertilizantes de calidad no contaron con el respaldo del riego ni de insumos de mecanización. Por ello, el África Subsahariana quedó en gran medida al margen de la Revolución Verde, que contribuyó a transformar la agricultura y a reducir la pobreza en Asia y América Latina.
La evidencia es incontestable: los niveles más altos de mecanización están relacionados con el crecimiento económico, una mayor productividad agrícola, mayores ingresos y una mayor seguridad alimentaria.
Pero la mecanización no es una panacea: si no se hace bien, puede obligar a los pequeños agricultores a adquirir máquinas que no pueden costear ni mantener, y herramientas que eliminan empleos y restan poder de negociación a los asalariados. También puede dañar el medio ambiente al aumentar la presión sobre recursos naturales frágiles, provocar erosión y compactación del suelo, inducir un uso excesivo de insumos químicos y animar a los agricultores a cultivar tierras que actualmente sirven como valiosos bosques y pastizales. Por ello, cualquier paso hacia la mecanización deberá darse de forma cuidadosa y meditada, para garantizar que produzca resultados positivos y no negativos.
No obstante, está claro que el África Subsahariana ya no puede depender de la fuerza muscular humana para alimentar a su creciente población. Es fundamental que los responsables de la toma de decisiones y la comunidad del desarrollo analicen con una nueva mirada las oportunidades disponibles para mecanizar la agricultura en el África Subsahariana. ‘Hello Tractor,’ una empresa social nigeriana que permite a los agricultores solicitar servicios de tractor asequibles mediante mensajes de texto, es un enfoque prometedor e innovador. De hecho, hay mucho que se puede hacer para que las políticas, estrategias y programas de desarrollo agrícola y de seguridad alimentaria del África Subsahariana sean “inteligentes en mecanización” y promuevan intervenciones que respalden una mecanización eficiente, ligera y ambientalmente sostenible.
La publicación no implica la aprobación de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
Para estar al día con la Agenda suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autora: Ethel Sennhauser es directora de la Práctica Global de Agricultura del Banco Mundial.
Imagen: Agricultores recogen trigo en su campo. REUTERS/Barry Malone.

