Douglas Rediker explica cómo una crisis financiera latente podría llevar las estructuras de poder existentes más allá de sus límites. La entrevista forma parte de la serie «¿Y si…?» de la Risk Response Network (Red de Respuesta a los Riesgos).
¿Cuál es su principal área de especialización y de investigación actual?
Me centro en las finanzas internacionales, las instituciones internacionales, los mercados de capitales y las amplias implicaciones estratégicas y de política exterior de las finanzas y la economía.
A la luz de su investigación, ¿cuál diría que es el riesgo más infravalorado?
Creo que el riesgo más infravalorado es que las organizaciones internacionales y globales no estén a la altura del desafío de abordar las crisis financieras y económicas globales actuales.
Se trata de crisis de mercado que avanzan a una velocidad totalmente distinta de aquella a la que pueden operar las organizaciones globales basadas en el consenso. Es una preocupación real. Existe una verdadera desconexión entre la necesidad de una acción global rápida, eficiente, audaz y coordinada y el enfoque, por lo demás lento, deliberativo, cauteloso, de mínimo denominador común y basado en el consenso con el que responden las instituciones globales.
Esta desconexión podría conducir a la parálisis, a la incapacidad de actuar con eficacia o a que se eluda a estas instituciones como medio para abordar el problema.
¿Cómo plantearía este riesgo como un escenario hipotético: «¿y si» esto llegara a ocurrir realmente?
El verdadero escenario del «¿y si?» que debe preocuparnos es qué sucede si hay una crisis real, ya sea financiera, medioambiental o de otro tipo, y las instituciones globales simplemente son incapaces de actuar, o de reaccionar, a tiempo. Eso dejaría las respuestas en manos de las naciones individuales o de alianzas ad hoc o regionales. ¿Y si esas respuestas ad hoc, regionales y nacionales son incoherentes? Esto podría conducir a un aumento del conflicto en lugar de a respuestas globales coordinadas.
Creo que ya estamos viendo un ascenso paulatino del «resto» del mundo, donde se cuestiona el predominio de las instituciones globales de orientación democrática liberal, europeas y estadounidenses. Si observamos a China, que es claramente la economía de más rápido crecimiento del mundo y una superpotencia emergente, vemos con claridad que tiene un pie en el sistema global existente, pero sigue siendo algo reacia a lanzarse con los dos pies.
No resulta sorprendente que China se esté «cubriendo las espaldas». Puede seguir desarrollando alianzas bilaterales y regionales en sus propios términos, a la vez que busca una influencia creciente, aunque todavía algo discreta, en la escena internacional dentro del marco institucional internacional que se estableció antes de que comenzara su espectacular ascenso.
El mundo ha cambiado en los últimos 20 o 30 años: pasó de ser bipolar, con Estados Unidos y la Unión Soviética, a unipolar, dominado por Estados Unidos. ¿Estamos entrando ahora en un período que podríamos llamar multipolar o incluso «apolar»? Es decir, ¿estamos evolucionando potencialmente hacia un mundo en el que dependemos cada vez más de instituciones globales basadas en el consenso para abordar los problemas transfronterizos que puedan surgir en disputas financieras, climáticas o fronterizas, en lugar de estar guiados por uno o más países que ejerzan de líderes mundiales?
Pero ¿cuál es el resultado si estas instituciones no están a la altura? Este escenario no es necesariamente hipotético; basta con observar el caso de la acción militar en Libia, donde el liderazgo no fue asumido por la ONU ni por ninguna otra institución global, sino por la Liga Árabe y luego por Francia, el Reino Unido y Estados Unidos. Ninguna de las acciones se emprendió a través de instituciones o alianzas globales tradicionales.
En su análisis, ¿cómo podría desarrollarse este escenario?
Creo que la crisis económica y financiera mundial seguirá latente. Si se supone que los parches y los compromisos dejarán en algún momento de ser suficientes, entonces se requieren decisiones reales y difíciles, y compromisos reales y firmes de capital y sacrificio, y es posible que las instituciones existentes simplemente no puedan o no quieran intervenir.
Hoy en día, las instituciones globales carecen de recursos suficientes para abordar problemas de escala catastrófica, y resolver los problemas financieros del mundo de un solo golpe excede realmente el mandato de cualquier institución. Muchos miran al G20, pero es un grupo engorroso, sin recursos propios, financieros ni humanos, y que exige unanimidad absoluta para emitir cualquier declaración. Eso hace muy difícil anunciar medidas firmes y audaces.
El riesgo es que los distintos países o regiones adopten respuestas a una crisis financiera que sean incoherentes entre sí y con el bien común. Podrían incluir controles de capital, barreras comerciales, políticas de empobrecimiento del vecino, todo aquello que se supone que las instituciones globales están para evitar. Estas respuestas nacionales o regionales descoordinadas ante problemas globales muy sistémicos, frente al fracaso de las instituciones globales, corren el riesgo de intensificar los conflictos globales y regionales, reavivar viejas animosidades y, potencialmente, agravar aún más el impacto económico de la crisis.
¿Quién sentiría más el impacto y de qué manera?
Pues bien, el problema de este escenario es que afecta a todos. Si la crisis comienza en Europa, el impacto más directo se produciría en la propia Europa, pero es innegable que todos, desde China hasta Estados Unidos, mantienen vínculos comerciales y económicos muy profundos con Europa. La mayoría de los economistas cree que una gran crisis financiera en una parte del mundo, por ejemplo Europa, haría que el crecimiento global se ralentizara considerablemente en otros lugares.
La banca y el comercio podrían verse afectados. Los países productores de materias primas, acostumbrados a registrar enormes superávits, podrían encontrarse con que el crecimiento lento supone una menor demanda de materias primas, lo que implica precios más bajos y, a su vez, problemas internos y presupuestarios en sus países.
Podrían surgir nuevas alianzas regionales o resucitar alianzas existentes. Estas alianzas regionales quizá no siempre sean exactamente «voluntarias», ya que los países podrían verse empujados a ellas sin apenas alternativa. Los países más pequeños, débiles y pobres podrían verse obligados a unirse a vecinos más ricos y fuertes para resguardarse en la tormenta.
Aunque todos se verán afectados, los más gravemente podrían ser los más débiles y los más pobres, que es exactamente lo que el sistema global pretende evitar.
¿Hasta qué punto cree que estamos preparados para una contingencia así?
Creo que las instituciones globales existentes no están adecuadamente preparadas para adoptar medidas preventivas audaces sin un apoyo unánime, y existe una verdadera desconexión entre ambas cosas.
Irónicamente, creo que los planes de contingencia que podrían ser más necesarios a menudo no existen para crisis cada vez más posibles. El mero hecho de planificar una contingencia concreta puede verse como algo que podría precipitar ese mismo suceso. Por ello, muchas instituciones no exploran a fondo los planes de contingencia ni la simulación de escenarios, sino que siguen siendo reactivas y apegadas a los caminos existentes, por ser los de menor resistencia.
¿Cuál es su principal enfoque de mitigación para este riesgo?
La solución que yo veo para abordar la posible incapacidad de las instituciones globales para actuar implica ir a contracorriente de buena parte de lo que hemos visto en los últimos 30 o 40 años, en cuanto a dar mayor voz a todos y cada uno de los países, grandes y pequeños, en las instituciones globales.
Lo que quizá se necesite es un grupo más reducido de los principales países del mundo que se reúna, además de las instituciones existentes, para garantizar que, en tiempos de crisis, los países con los mayores recursos necesarios para hacer frente a la situación puedan efectivamente tomar decisiones de forma colectiva.
Un enfoque de mitigación sugerido para este riesgo es contar con un G5, G6 o G7 reconstituido, esta vez con algo de personal y un calendario regular de reuniones. No debería estructurarse sobre la base de las dinámicas de poder históricas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, sino de forma que refleje las dinámicas actuales de los cambios en el poder económico y global del mundo. Eso probablemente significa reflejar un desplazamiento de Europa hacia el Pacífico, así como otros cambios difíciles. Digo difíciles porque decidir quién entra y quién queda fuera de este grupo es quizá la dinámica más difícil que se pueda imaginar. Estados Unidos entra. China entra, y también Japón. Pero ¿qué hay de Europa? ¿Habría un solo representante y, en ese caso, quién? Ya podemos imaginar cómo podría desarrollarse eso. ¿Forma parte el Reino Unido de Europa o no? ¿Y Brasil, la India? Es una situación casi imposible, pero este es un escenario del «¿y si?», así que doy una respuesta del «¿y si?».
En el lado opuesto de este riesgo, ¿qué oportunidades ve asociadas a este escenario?
Tenemos la oportunidad de establecer una verdadera Risk Response Network (Red de Respuesta a los Riesgos) para crisis en la que los principales actores se sienten a la mesa.
No es necesario que esto se haga en el espacio público. No se debe avivar el temor del mundo diciendo que los países líderes planifican conjuntamente cada peor escenario posible, pero se necesita una plataforma en la que los representantes de los países puedan reunirse en privado para garantizar que la simulación de escenarios y la planificación de contingencias se realizan al nivel adecuado, y que existen respuestas acordadas y no hay sorpresas innecesarias.
El riesgo de que proliferen respuestas regionales y nacionales ineficientes y contradictorias ante una posible crisis amenaza los mismos valores democráticos liberales que hemos llegado a adoptar a escala institucional global. Irónicamente, y sé que es políticamente incorrecto decirlo, un modelo algo menos transparente podría conducir a una mayor armonización de las respuestas a las crisis globales y, a la larga, preservar esos mismos valores democráticos liberales.
En la imagen: el director gerente adjunto del Institute of International Finance (IIF), Hung Tran, en una reunión del G20 de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales en Ciudad de México (Reuters)
Douglas Rediker es miembro saliente del Directorio Ejecutivo del FMI y presidente del Global Agenda Council on Geopolitical Risks (Consejo de la Agenda Global sobre Riesgos Geopolíticos)


