En la Universidad de Chicago, donde cursé estudios de posgrado, venden una camiseta que dice «todo eso está muy bien en la práctica, pero ¿cómo funciona en teoría?». Esa oda a la nerdidad en la torre de marfil refleja el estado del conocimiento sobre el aumento de la desigualdad de la riqueza, tanto sus causas como sus consecuencias. Los modelos económicos de la distribución de la riqueza suelen partir del supuesto de que es «estacionaria». En otras palabras, algunas personas se enriquecen y otras se empobrecen, pero, en conjunto, la distribución se mantiene prácticamente igual. Sin embargo, ambas ideas son empíricamente erróneas: la movilidad individual dentro de la distribución de la riqueza es baja, y la distribución se ha vuelto mucho más desigual en las últimas décadas.
Varios recientes documentos de trabajo de Mariacristina De Nardi, de la Reserva Federal de Chicago, intentan hacer coincidir la teoría con la realidad. El problema al que se enfrentan los teóricos de la desigualdad de la riqueza consiste, en esencia, en averiguar por qué ahorra la gente. En los modelos de una distribución estacionaria, la gente ahorra para protegerse de futuras adversidades. Pero las adversidades rara vez afectan a los ricos, lo cual explica en parte por qué siguen enriqueciéndose y, por tanto, por qué la distribución de la riqueza se vuelve cada vez más desigual. La otra razón es que quienes ya son ricos tienen las tasas de ahorro más altas, lo que supone un problema para las teorías que recurren al ahorro precautorio como motivo.
De Nardi propone algunas explicaciones más prometedoras. Una es que las personas quieren garantizar el bienestar de sus hijos mediante legados. Otra es que los emprendedores necesitan capital para financiar nuevas empresas que, de otro modo, se verían limitadas por la falta de recursos. Este mecanismo de acumulación empresarial se parece al que postuló el economista Charles Jones, de la Universidad de Stanford, quien modela cómo una distribución de la riqueza muy desigual se vuelve aún más desigual con el tiempo debido a las propiedades estadísticas del crecimiento de la riqueza empresarial.
En tercer lugar, dado que existe una alta correlación entre los ingresos de los padres y los ingresos posteriores de sus hijos, y que las personas con mayores ingresos ahorran mucho más, las dinastías familiares de altos ingresos pueden acumular un gran patrimonio.
¿Qué nos dicen estos hallazgos sobre las consecuencias de la desigualdad de la riqueza? Los economistas suelen señalar la movilidad individual o intergeneracional dentro de la distribución de la riqueza tanto como motivo para no preocuparse por la desigualdad de la distribución en sí como para argumentar que tener padres ricos (o no tenerlos) no influye demasiado en los resultados de los hijos. De hecho, un influyente modelo de los fallecidos Gary Becker y Nigel Tomes, ambos de la Universidad de Chicago, predice que la riqueza acumulada reduce la desigualdad de ingresos porque los padres que quieren por igual a todos sus hijos asignan sus legados para compensar el probable menor potencial de ingresos laborales de sus hijos menos inteligentes. Según esos dos autores, las familias redistribuyen de los inteligentes a los menos inteligentes y, por tanto, por implicación, los gobiernos no tienen que redistribuir de los ricos a los pobres.
Pero, como señalan Thomas Piketty y muchos otros académicos , esos motivos para no preocuparse por la desigualdad de la riqueza no tienen validez empírica. Hay pocas pruebas de que los padres dejen herencias mayores a sus hijos menos inteligentes. Tampoco hay muchas pruebas de que la capacidad innata sea el principal factor determinante de los ingresos laborales u otros resultados vitales. La debilidad de estas explicaciones remite a una cuestión mucho más amplia, una de las más importantes (y aún sin respuesta) de la economía: ¿por qué algunas personas son ricas y otras pobres? Lo que los economistas están descubriendo ahora (mientras que otros lo saben desde hace tiempo), en esencia, es: «porque sus padres lo eran».
Este artículo se publica en colaboración con Equitable Growth. La publicación no implica el respaldo del Foro Económico Mundial a las opiniones expresadas.
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Autor: Marshall Steinbaum es economista de investigación del Center for Equitable Growth.
Imagen: Billetes de un dólar estadounidense vuelan cerca de la capital andaluza, Sevilla. REUTERS/Marcelo del Pozo.

