Parafraseando al legendario entrenador de fútbol americano Vince Lombardi, la productividad no lo es todo cuando se trata del crecimiento económico: lo es todo. Puede que sea una ligera hipérbole, pero hoy los economistas coinciden en que la eficiencia de la producción de bienes y servicios dados ciertos niveles de capital y trabajo en una economía —su productividad total de los factores— es el principal determinante del ritmo del crecimiento económico. Por desgracia, aún no han descubierto exactamente qué impulsa el crecimiento de la productividad total de los factores, una tarea fundamental si queremos impulsar el crecimiento a largo plazo.
Veamos primero brevemente los orígenes de la productividad total de los factores. En dos artículos publicados en 1956 y 1957, Robert Solow, hoy profesor emérito de economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts, demostró que la fuente del crecimiento económico per cápita a largo plazo no era un aumento del ahorro ni un crecimiento demográfico más rápido, sino un residuo al que llamó «tecnología». Llamar algo «residuo» normalmente no hace pensar al público que sea lo más importante del mundo, pero Solow acabó ganando el Premio Nobel por este trabajo, y hoy la gran mayoría de los economistas coincide en que ese residuo tecnológico, conocido actualmente como productividad total de los factores, es la principal fuente del crecimiento a largo plazo.
Los economistas que estudian el crecimiento económico llevan mucho tiempo intentando comprender el origen de las diferencias en la productividad total de los factores. En un documento de trabajo publicado recientemente, Charles Jones, economista de la Universidad de Stanford, detalla varios hechos sobre el crecimiento económico, entre ellos el papel del crecimiento de la productividad total de los factores. Jones cita un cálculo según el cual el 80 por ciento del crecimiento de la producción económica por persona desde 1948 se debe a ese crecimiento. Además, las diferencias en la producción por persona entre países están estrechamente relacionadas con las diferencias en la productividad total de los factores.
Jones desglosa la productividad total de los factores en dos componentes. El primero es el acervo de conocimientos de una economía, que probablemente es lo que la mayoría de la gente piensa al oír la palabra tecnología. Un mayor acervo de conocimientos favorece el crecimiento económico, pues las personas saben cómo aprovechar mejor el trabajo y el capital para impulsarlo. El segundo componente es lo que Jones llama «M». Una posible interpretación de «M», dice, es que significa «mala asignación». Un menor grado de mala asignación en la economía podría explicar un mayor crecimiento de la productividad total de los factores. Como ejemplo de su factor M, Jones cita un estudio que examina cómo la reducción de la discriminación contra las mujeres y las personas negras en puestos de mayor nivel impulsó el crecimiento económico en Estados Unidos,
aunque «M» también podría significar «medida de nuestra ignorancia», como señala Jones. En efecto, las posibles fuentes del crecimiento de la productividad total de los factores son numerosas: la mala asignación, mejores instituciones gubernamentales y del mercado laboral, la «cultura» y muchas otras. En resumen, M bien podría significar «misterioso».
Por si el concepto de M no fuera ya lo bastante desconcertante, los economistas también están examinando cómo miden y conciben la productividad en sí. Dietz Vollrath, profesor de economía de la Universidad de Houston, señala que el sistema actual de clasificación de las empresas económicas está orientado a comprender mejor las empresas manufactureras. El sistema se creó cuando la manufactura representaba una proporción mayor de la actividad en los países de altos ingresos. Como resultado de la mayor disponibilidad de datos sobre estas empresas, la mayoría de los estudios sobre productividad se centra en las empresas manufactureras. En la economía actual, esto deja fuera a la mayor parte de la actividad económica del sector servicios
Ryan Decker, estudiante de posgrado de la Universidad de Maryland, coincide y añade que los datos no son el único problema. El concepto de productividad total de los factores, al menos a nivel de empresa, se concibió para comprender las empresas manufactureras. Puede resultar difícil aplicar ese concepto a las empresas del sector servicios. Como dice Decker: «Cuanto más nos alejamos de producir artículos con máquinas, más difícil resulta relacionar el concepto de PTF con el mundo real».
La posibilidad de que el concepto de productividad más estudiado y debatido sea defectuoso resulta, como mínimo, desalentadora; aunque quizá los defectos señalados por Vollrath y Decker no sean tan importantes, lo cual sería alentador. Pero, aun así, los economistas tendrían que averiguar qué impulsa realmente el crecimiento de la productividad total de los factores. Esperemos que esa tarea no le lleve a la profesión económica tantos siglos como los que transcurrieron antes de que Solow detallara su «residuo».
Este artículo se publica en colaboración con The Washington Centre for Equitable Growth. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Nick Bunker es analista de políticas en Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: Los peatones proyectan sombras sobre el paso de cebra cerca de la sede del Banco de Japón. REUTERS.



