Algunos economistas pasan por alto la idea moderna de que la prosperidad de un país depende de la innovación y el espíritu empresarial. Adoptan la visión mecanicista de que la prosperidad es una cuestión de empleo, y de que el empleo está determinado por la “demanda”: el gasto público, el consumo de los hogares y la demanda de inversión.
Al analizar el caso de Grecia, estos economistas sostienen que un cambio en la política fiscal hacia la “austeridad” (un sector público más reducido) ha provocado una grave insuficiencia de demanda y, por tanto, una depresión. Pero esta afirmación interpreta mal la historia y exagera el poder del gasto público.
Gran parte de la caída del empleo en Grecia se produjo con anterioridad a los fuertes recortes del gasto entre 2012 y 2014, sin duda debido a la pérdida de confianza en el gobierno. El gasto público griego por trimestre se elevó hasta una meseta de alrededor de 13.500 millones de euros (14.800 millones de dólares) en 2009-2012, antes de caer a unos 9.600 millones de euros en 2014-2015. Sin embargo, el número de personas con empleo alcanzó su máximo de 4,5 millones en 2006-2009 y había descendido a 3,6 millones en 2012. Para cuando Grecia empezó a recortar su presupuesto, la tasa de desempleo (el 9,6 % de la población activa en 2009) ya había subido casi hasta su nivel reciente del 25,5 %.
Estas conclusiones pesan mucho en contra de la hipótesis de que la “austeridad” ha llevado a Grecia a su situación actual. Indican que el abandono por parte de Grecia del elevado gasto de 2008-2013 no es la causa del desempleo masivo actual.
Otro hallazgo pone en duda que la austeridad se haya impuesto realmente a Grecia. El gasto público ciertamente ha caído, pero solo hasta el nivel en que se encontraba antes: los 9.600 millones de euros del primer trimestre de este año son, de hecho, superiores a los de tan recientemente como 2003. Así pues, la premisa de la austeridad parece errónea. Grecia no se ha apartado de las pautas fiscales del pasado; ha vuelto a ellas. En lugar de describir el gasto público actual como “austero”, sería más correcto verlo como el fin de años de derroche fiscal, que culminaron en 2013, cuando el déficit presupuestario del gobierno alcanzó el 12,3 % del PIB y la deuda pública subió hasta el 175 % del PIB.
La “escuela de la demanda” podría responder que, independientemente de que haya austeridad fiscal en la actualidad, un aumento del gasto público (financiado, por supuesto, con deuda) daría un impulso permanente al empleo. Pero la experiencia reciente de Grecia sugiere lo contrario. El enorme aumento del gasto público de 2006 al período 2009-2013 sí generó ganancias de empleo, pero no se mantuvieron.
El verdadero escollo es que el gobierno tendría que emitir bonos para financiar su gasto adicional. Suponiendo que existe un límite a la disposición de los inversores extranjeros a comprar estos bonos, los griegos tendrían que comprarlos. En una economía no preparada para el crecimiento, la riqueza de los hogares en relación con los salarios se dispararía, la oferta de trabajo se reduciría y el empleo se contraería.
Así pues, gastar más no es el remedio para la situación de Grecia, del mismo modo que gastar menos no fue su causa. ¿Cuál es el remedio, entonces? Ninguna reestructuración de la deuda, ni siquiera su condonación, bastará para lograr la prosperidad (en forma de bajo desempleo y alta satisfacción laboral). Tales medidas solo ayudarían a Grecia a reactivar el gasto público. Entonces, el corporativismo asfixiante de la economía (clientelismo y amiguismo en el sector público, e intereses creados y élites atrincheradas en el sector privado) recobraría nueva vida. La izquierda europea podría defender eso, pero difícilmente redundaría en interés de Europa.
El remedio debe residir en la adopción de las reformas estructurales adecuadas. Independientemente de que las reformas exigidas por los miembros de la eurozona aumenten o no las probabilidades de que se reembolsen sus préstamos, estos acreedores tienen un interés político y económico en la supervivencia y el desarrollo de la unión monetaria. También deberían estar dispuestos a ayudar a Grecia a asumir los costes de los cambios necesarios.
Pero es la propia Grecia la que debe tomar las riendas de sus reformas. Y hay señales alentadoras de que el primer ministro Alexis Tsipras está dispuesto a asumir esa causa. Pero necesitará una idea clara de las reformas requeridas. Grecia debe desmantelar los arreglos y prácticas corporativistas que obstaculizan cualquier innovación y espíritu empresarial que pudiera surgir. Fomentar una abundancia de innovadores imaginativos y emprendedores vibrantes exige abrazar una visión de vidas audaces, llenas de creatividad y descubrimiento.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Edmund S. Phelps, premio Nobel de Economía de 2006, es director del Center on Capitalism and Society de la Universidad de Columbia y autor de Mass Flourishing.
Imagen: Una bandera griega ondea frente a la Bolsa de Atenas. REUTERS/Ronen Zvulun



