¿Qué puede enseñarnos la obra de Douglass North sobre el futuro de China?

¿Qué puede enseñarnos la obra de Douglass North sobre el futuro de China?
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Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

El mes pasado falleció en su domicilio de Michigan el economista galardonado con el Premio Nobel Douglass North, quien aplicó la teoría económica a la historia para comprender los cambios institucionales y sociales. Pero sus ideas perdurarán, en particular en China. Aunque North nunca se centró explícitamente en el desarrollo institucional de China, su marco teórico podría resultar de un valor incalculable para los dirigentes del país mientras afrontan la siguiente fase del cambio institucional.

En su conferencia Nobel de 1993, North identificó tres lecciones que los responsables políticos deberían extraer de sus investigaciones. En primer lugar, lo que determina el desempeño económico es la combinación de «reglas formales, normas informales y características de aplicación». En segundo lugar, los sistemas políticos tienen un impacto importante en el desempeño económico, porque «definen y hacen cumplir las reglas económicas». Y, por último, la eficiencia adaptativa (cómo se modifican las reglas), y no la eficiencia asignativa (las reglas más eficaces en este momento), es la clave del crecimiento a largo plazo.

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Estas lecciones se reflejan en la evaluación que hizo North del desarrollo institucional y económico de Europa Occidental, en la que atribuyó la Revolución Industrial a dos factores clave: las distintas creencias y la intensa competencia entre las potencias soberanas emergentes y dentro de ellas. En concreto, los ingleses y los neerlandeses crearon unidades políticas y económicas diversas que evolucionaron hacia instituciones que fomentaban la especialización y la división del trabajo. Estas instituciones ofrecieron mejores resultados económicos y políticos gracias a unos costes de transacción más bajos, a derechos de propiedad claros y exigibles, y a otras reglas y normas compartidas.

North observó que el cambio institucional es extremadamente difícil, ya que exige superar no solo los intereses creados, sino también las creencias obsoletas y los modelos mentales. El avance, señaló, llega cuando las instituciones van más allá del comercio dentro de las comunidades locales para permitir un intercambio anónimo e impersonal a través del tiempo y el espacio. Las instituciones sostenibles son las que aprenden y se adaptan, superando sus propios sesgos y limitaciones.

La obra de North contribuye en gran medida a explicar los espectaculares cambios institucionales y económicos que ha experimentado China en las últimas tres décadas, así como a poner de relieve los desafíos a los que se enfrentará en la próxima década. De hecho, debería moderar el pesimismo que impregna gran parte del debate actual sobre las perspectivas de China.

Para empezar, la competencia intensa goza de excelente salud en China. Sus principales ciudades (entre ellas Shanghái, Guangdong, Tianjin y Xiamen) siguen compitiendo vigorosamente entre sí, y una nueva generación de empresas tecnológicamente innovadoras (como Huawei, Tencent y Alibaba) lucha por abrir nuevos mercados de bienes, servicios, talento, capital y conocimiento.

El Partido Comunista de China (PCCh), en el poder, se ha comprometido a crear una economía más eficiente y orientada a los servicios, sujeta al mercado y al Estado de derecho. Por ejemplo, se ha comprometido a facilitar el acceso al mercado mediante la flexibilización de los requisitos de entrada para los inversores nacionales y extranjeros. También ha reforzado los derechos de propiedad relativos a la tierra, el trabajo, el capital y el conocimiento; esto, junto con los avances en tecnología digital y robótica, ha reducido los costes de transacción en China.

Además, tras haber construido en la última década la infraestructura física necesaria (quizá en exceso), China pone ahora el acento en la infraestructura de software necesaria para sostener el crecimiento de su pujante sector servicios. En 2014, la participación de los servicios en el PIB ya superaba el 50 %, más que los sectores manufacturero y primario juntos.

Si bien el Gobierno no ha llevado a cabo una reforma adecuada de las empresas estatales, ha permitido deliberadamente que nuevos gigantes tecnológicos, en su mayoría de propiedad privada, compitan con los bancos e instituciones financieras estatales. Y nadie previó la intensidad de la campaña del PCCh para erradicar la corrupción, incluida la que afecta al ejército, al sector financiero y a los niveles más altos del propio partido.

El giro de China hacia el mercado se verá reforzado por los compromisos que sus dirigentes asumieron ante el Fondo Monetario Internacional cuando el renminbi fue incorporado a la cesta de divisas que determina el valor de la unidad de cuenta del Fondo, los Derechos Especiales de Giro. La necesidad de afrontar las presiones comerciales tras la Asociación Transpacífica, que engloba a la mayoría de los vecinos de China, tendrá un efecto disciplinador similar.

El PCCh no se compara con el referente occidental de la gobernanza democrática liberal, sino con la antigua tradición legalista china de una autoridad central fuerte que mantiene su legitimidad defendiendo normas meritocráticas de rendición de cuentas. Quizá lo más importante es que se ha apoyado en intelectuales y responsables políticos experimentados, y no en ideólogos del Partido, para diseñar su hoja de ruta de desarrollo.

Este enfoque se consolidó el pasado verano, cuando, pese a una grave turbulencia en los mercados, el PCCh mantuvo su compromiso de permitir que el mercado desempeñe un «papel decisivo en la asignación de recursos». No puede haber una señal más clara de que China está dispuesta a actualizar sus creencias y modelos mentales para alcanzar la condición de país de ingresos altos.

No obstante, China todavía tiene ríos que cruzar, en particular en lo que respecta a la eficiencia adaptativa. Aquí es importante señalar que, mientras que las reglas formales pueden modificarse rápidamente, las normas culturales informales son difíciles de cambiar a corto plazo. Las nuevas reglas formales pueden entrar en conflicto con las normas establecidas, lo que distorsiona los incentivos burocráticos, con efectos adversos en el comportamiento y el desempeño institucionales.

Los dirigentes chinos deben lidiar con una asimetría entre lo que pueden ofrecer y lo que demandan los consumidores. Según North, la insuficiencia de capacidad institucional es un problema de asignación a corto plazo, o un coste hundido, para el que el Estado puede compensar con una mayor eficiencia adaptativa o con mejores mecanismos para propiciar la salida de las instituciones menos eficientes.

El legado teórico de North podría resultar vital para los responsables políticos chinos en los próximos años, porque les ofrece orientaciones concretas sobre cómo cruzar el río del rápido cambio institucional. La alternativa es seguir confiando en lo que Deng Xiaoping, el padre del avance institucional de China hace más de tres décadas, denominó «tantear las piedras». Eso, como diría North, puede no ser la forma más eficiente de llegar a la otra orilla.

La publicación no implica la aprobación de las opiniones del Foro Económico Mundial.

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Autor: Andrew Sheng es actualmente profesor adjunto en la Universidad de Tsinghua, en Pekín. Xiao Geng es director del IFF Institute, profesor de la Universidad de Hong Kong e investigador asociado de su Asia Global Institute.

Imagen: Una bandera nacional china ondea en la sede de un banco comercial, en una calle financiera cercana a la sede del Banco Popular de China, el banco central del país, en el centro de Pekín. REUTERS/Kim Kyung-Hoon.

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