¿En qué estamos apostando en la economía mundial?

¿En qué estamos apostando en la economía mundial?
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Cuando considero las perspectivas de la economía y los mercados mundiales, me sorprende hasta qué punto el mundo ha apostado colectivamente una suma enorme por tres resultados fundamentales: un cambio hacia un crecimiento mundial sustancialmente mayor e inclusivo, la prevención de errores de política económica y la prevención de accidentes de mercado. Aunque los tres resultados son sin duda deseables, la desafortunada realidad es que distan mucho de estar garantizados, y apostar por ellos sin algún tipo de cobertura podría resultar extremadamente arriesgado para las generaciones actuales y futuras.

El primer componente de la apuesta —un crecimiento mundial más inclusivo— prevé que continúe la recuperación económica en Estados Unidos, con una tasa de crecimiento del 3% este año, respaldada por un sólido crecimiento salarial. También supone que la tasa de crecimiento anual de China se estabilizará en el 6,5-7%, lo que permitirá desactivar gradualmente los riesgos derivados de focos de apalancamiento excesivo en el sistema bancario paralelo, mientras los motores de crecimiento de la economía siguen desplazándose de las exportaciones y el gasto público en capital hacia el consumo interno y la inversión privada.

Otra hipótesis, más incierta, que sustenta la apuesta por un crecimiento más inclusivo es que la eurozona y Japón podrán salir del estancamiento de bajo crecimiento y evitar la deflación, que, al inducir a los hogares y las empresas a aplazar sus decisiones de compra, socavaría unos resultados económicos ya de por sí débiles. Por último, la apuesta supone que los países exportadores de petróleo como Nigeria, Venezuela y, especialmente, Rusia evitarán el colapso económico, incluso cuando los precios mundiales del petróleo se desplomen.

Son hipótesis audaces, entre otras cosas porque alcanzar estos resultados exigiría una considerable reinvención económica, que iría mucho más allá de reequilibrar la demanda agregada y eliminar los focos de endeudamiento excesivo. Aunque Estados Unidos y China están mucho mejor posicionados que otros, la mayoría de estas economías —en particular, los países de la eurozona en dificultades, Japón y algunos mercados emergentes— tendrían que fomentar motores de crecimiento completamente nuevos. La eurozona también tendría que profundizar su integración.

Eso suma una difícil agenda de reformas, aún más ardua por el cansancio ante los ajustes, una política interna cada vez más fragmentada y el aumento de las tensiones geopolíticas. En este contexto, un giro decidido hacia un crecimiento mundial marcadamente mayor e inclusivo dista mucho de estar garantizado.

El segundo componente de la apuesta colectiva —evitar errores de política económica— es igualmente precario. La hipótesis fundamental es que las políticas no probadas y poco convencionales adoptadas por los bancos centrales, particularmente en los países avanzados, para reprimir la volatilidad financiera y mantener la estabilidad económica darán a los gobiernos tiempo suficiente para diseñar y aplicar una respuesta política más adecuada e integral.

Este enfoque experimental de los bancos centrales ha implicado desvincular deliberadamente los precios de los activos financieros de sus fundamentos. La esperanza ha sido que unas valoraciones de mercado más boyantes impulsen el consumo (mediante el «efecto riqueza», por el que los hogares propietarios de activos se sienten más ricos y, por tanto, más inclinados a gastar) y la inversión (mediante los «espíritus animales», que refuerzan la disposición de los empresarios a invertir en nuevas plantas, equipos y contrataciones).

El problema es que la configuración económica y política actual del mundo desarrollado entraña un grado inusual de «divergencia». Como los ajustes de política no siguen el ritmo de los cambios sobre el terreno, un dólar en apreciación ha asumido el papel de amortiguador de choques. Pero la historia ha demostrado que esos movimientos bruscos de las divisas pueden, por sí solos, causar inestabilidad económica y financiera.

El elemento final de la apuesta colectiva del mundo se basa en la creencia de que se ha controlado la asunción excesiva de riesgos en los mercados. Sin embargo, un período prolongado de represión de la volatilidad inducida por las políticas ha convencido a los inversores de que están a salvo porque los bancos centrales están de su lado; una creencia que ha llevado a asumir posiciones de riesgo considerables en algunos segmentos del sector financiero.

A medida que los intermediarios se muestran reacios a asumir valores que no conviene mantener durante períodos de inestabilidad financiera, las correcciones del mercado pueden agravar los cambios de precios súbitos y drásticos, alterando el funcionamiento ordenado de los sistemas financieros. Hasta ahora, los bancos centrales han estado dispuestos y han podido garantizar que esos períodos sean temporales y reversibles. Pero su capacidad para seguir haciéndolo es limitada, sobre todo cuando una fe excesiva en la política monetaria alimenta posiciones apalancadas en el mercado.

Lo cierto es que los bancos centrales no disponen de las herramientas para generar por sí solos un crecimiento rápido, sostenible e inclusivo. Lo mejor que pueden hacer es prolongar el puente; corresponde a los demás responsables de la política económica proporcionar un destino firme. Un puente que no lleva a ninguna parte solo puede extenderse hasta cierto punto antes de derrumbarse.

La naturaleza de los riesgos financieros ha cambiado y se ha desplazado en los últimos años; los problemas causados por bancos irresponsables y las amenazas a los sistemas de pago y liquidación han sido sustituidos por los que provoca la asunción de riesgos entre las instituciones no bancarias. Como el sistema regulatorio no ha evolucionado en consecuencia, se ha menoscabado la posible eficacia de algunas políticas macroprudenciales.

Nada de esto quiere decir que las perspectivas de los mercados y la economía mundial sean necesariamente sombrías; al contrario, hay riesgos alcistas notables que podrían traducirse en ganancias considerables y duraderas. Pero comprender la apuesta colectiva del mundo sí pone de relieve la necesidad de una formulación de políticas más receptiva e integral. De lo contrario, los resultados económicos seguirán siendo, como dijo en 2010 el expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, «inusualmente inciertos».

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Mohamed A. El-Erian, asesor económico jefe de Allianz y miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, preside el Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama.

Imagen: Un hombre mira una pantalla frente a una sucursal de United Overseas Bank (UOB) en el distrito financiero de Singapur. REUTERS/Vivek Prakash.

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