¿Cuáles son las políticas adecuadas para impulsar el crecimiento?

¿Cuáles son las políticas adecuadas para impulsar el crecimiento?
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El crecimiento mundial ha decepcionado repetidamente en los últimos años. Las sucesivas previsiones de una aceleración del crecimiento mundial no se han materializado y los resultados han quedado sistemáticamente por debajo de las proyecciones. En lo que últimamente se ha convertido en un patrón conocido, las previsiones de crecimiento mundial volvieron a revisarse a la baja en las ediciones más recientes de Perspectivas de la economía mundial, las Perspectivas económicas de la OCDE, y Perspectivas económicas mundiales, publicadas recientemente por el FMI, la OCDE y el Banco Mundial, respectivamente. En contra de las previsiones de un repunte, el crecimiento mundial se ha estancado en torno al 2,5 por ciento anual durante los últimos tres años. Aunque la trayectoria del crecimiento varía de un país a otro, la desaceleración ha sido bastante generalizada y ha afectado no solo a las economías avanzadas, sino también a las economías emergentes, que inicialmente mostraron cierta resiliencia tras la crisis financiera mundial.

La recuperación tras la crisis financiera mundial ha sido lenta. La experiencia nos dice que las recuperaciones de las grandes crisis financieras pueden prolongarse. Pero, siete años después de la crisis financiera mundial, ¿sigue siendo la lenta recuperación cíclica el marco adecuado para entender la persistente debilidad de la economía mundial? ¿O debería considerarse ahora más bien como una desaceleración más profunda y de largo plazo del crecimiento? La persistencia del bajo crecimiento ha suscitado una preocupación cada vez mayor por los riesgos de estancamiento secular.

Elevar las ambiciones de la agenda de crecimiento

En este contexto, impulsar el crecimiento mundial ha sido un eje central de la agenda de políticas del Grupo de los Veinte (G20), cuyos países representan alrededor del 85 por ciento del PIB mundial. Las estrategias de crecimiento que prepararon todos los países del G20 el año pasado buscaban aumentar en al menos un 2 por ciento el PIB colectivo del G20 durante el quinquenio hasta 2018 mediante nuevas medidas de política. Esto equivale a un crecimiento anual medio aproximadamente un 0,4 por ciento superior al que se habría registrado de otro modo durante ese período. Los países se comprometieron a aplicar una combinación de medidas macroeconómicas y estructurales para alcanzar ese objetivo. El objetivo «2 en 5» se consideró una agenda mínima. Los acontecimientos más recientes han dejado claro que hará falta actuar más para restablecer un crecimiento sólido.

Las estimaciones del crecimiento efectivo y potencial se han revisado aún más a la baja. Ahora se proyecta que el PIB mundial será aproximadamente un 1,5 por ciento menor en 2018 que el nivel de referencia estimado cuando se adoptó el objetivo «2 en 5» del G20. Es difícil estimar el crecimiento potencial, pero varios análisis recientes, incluidos los del Banco Mundial, apuntan a una caída del crecimiento de la producción potencial mayor de lo estimado anteriormente, tanto en las economías avanzadas como en las emergentes. Las últimas estimaciones del informe WEO de abril de 2015 del FMI sitúan el crecimiento potencial medio de las economías avanzadas en el 1,6 por ciento entre 2015 y 2020, frente al 2¼ por ciento del período previo a la crisis, de 2001 a 2007. Para las economías emergentes, se estima un crecimiento potencial del 5,2 por ciento entre 2015 y 2020, frente a alrededor del 6 ¾ por ciento entre 2001 y 2007. A la luz de este panorama, el objetivo «2 en 5» del G20 parece modesto.

Necesidad de una combinación de políticas más sólida y equilibrada

Al reconocer la necesidad de hacer más para impulsar el crecimiento, la agenda del G20 de este año incluye un proceso para reforzar las estrategias de crecimiento preparadas el año pasado. En este contexto, se ha generado un debate sobre qué combinación de medidas adicionales se necesita. Algunos se han centrado en la insuficiencia de la demanda y han destacado la necesidad de medidas macroeconómicas adicionales para estimularla, proponiendo un mayor uso de la política fiscal para impulsar la demanda mientras se mantienen políticas monetarias acomodaticias. Según esta perspectiva, la combinación actual de políticas del G20 está desequilibrada a favor de las reformas estructurales del lado de la oferta, algunas de las cuales pueden tener un efecto contractivo sobre la demanda agregada a corto plazo. Otros han puesto el énfasis en reforzar las reformas estructurales y han señalado que los análisis recientes, que muestran una caída significativa del crecimiento potencial, exigen redoblar los esfuerzos para abordar los obstáculos estructurales subyacentes al crecimiento de la inversión, el empleo y la productividad. Han sostenido que las reformas estructurales pueden secuenciarse de modo que respalden la demanda en lugar de perjudicarla. También han advertido que, con un elevado endeudamiento público, el margen fiscal es limitado en la mayoría de las principales economías del G20.

Es un debate interesante y animado. Sin embargo, no es un debate en el que solo una de las partes pueda tener razón. Aunque las prioridades concretas de política varían entre países, en general, la agenda para impulsar el crecimiento debe incorporar elementos defendidos por ambas partes del debate. En lugar de concebir la agenda como macroeconomía frente a estructura, es mejor entenderla como macroestructural, ya que se necesitan tanto políticas macroeconómicas como estructurales. Además, estas políticas pueden reforzarse mutuamente. Eliminar los obstáculos estructurales aumentaría el efecto de las políticas macroeconómicas sobre el crecimiento. Y un contexto de demanda más dinámica facilitaría la aplicación de ciertas reformas estructurales difíciles pero necesarias.

Impulsar la inversión es un elemento clave de la agenda para fomentar el crecimiento y también ilustra bien la interacción entre los factores macroeconómicos y estructurales. La debilidad de la inversión ha sido un factor importante que ha frenado la recuperación económica y socavado el crecimiento potencial futuro. Se estima que, hoy en día, la inversión mundial es alrededor de un 20 por ciento inferior a lo que habría sido en una recuperación cíclica normal. Por tanto, donde haya margen fiscal, los países podrían aplicar programas adicionales de estímulo fiscal; una buena manera de hacerlo sería aumentar la inversión pública, especialmente en infraestructura, aprovechando al mismo tiempo los bajos costos actuales de endeudamiento. Los multiplicadores fiscales suelen ser mayores cuando el gasto se destina a inversión, en particular a infraestructura; el efecto depende en gran medida de la calidad del diseño y la ejecución de la inversión. La dependencia del efecto de un estímulo fiscal sobre el crecimiento respecto de la composición y la eficacia del gasto vincula la agenda macrofiscal con la agenda estructural. Las inversiones en infraestructura de alta calidad pueden generar su propio margen fiscal si sus efectos sobre el crecimiento son grandes y la capacidad del gobierno para recaudar ingresos es elevada.

Pero aumentar la inversión pública por sí solo no bastará; también debe crecer la inversión privada. Estimular la demanda y la actividad mediante estímulos fiscales, allí donde haya margen, ayudará a impulsar la inversión privada, pero también se necesitan medidas para mejorar el entorno empresarial mediante reformas de los mercados de productos y de factores. En el ámbito de la inversión en infraestructura, por ejemplo, la respuesta del sector privado dependerá del entorno regulatorio e institucional para la inversión privada y las asociaciones público-privadas, incluido el grado en que las políticas fomenten la competencia en industrias de red clave. Una de las razones de la debilidad de la inversión pese a las tasas de interés extremadamente bajas en muchas economías es el legado de la crisis: un elevado endeudamiento y el proceso de desapalancamiento. Por ello, será importante seguir avanzando en la reforma del sector financiero para respaldar un proceso de desapalancamiento ordenado y a un ritmo adecuado. En términos más generales, la reactivación de la inversión privada dependerá de restablecer la confianza y, a su vez, de la percepción del sector privado sobre la solidez y eficacia generales de las respuestas de política macroeconómica y estructural para abordar las principales fuentes de riesgo e incertidumbre, tanto en el ámbito mundial como en el nacional.

Una interacción similar entre factores macroeconómicos y estructurales caracteriza la agenda para impulsar la participación en la fuerza laboral, el empleo y el crecimiento de la productividad, que, junto con la inversión, determinan el crecimiento potencial. Las actuales tasas elevadas de desempleo en muchos países, la posibilidad de efectos de histéresis negativos significativos sobre el empleo tras la crisis y la transición demográfica subrayan la prioridad de adoptar medidas para impulsar la participación en la fuerza laboral y el empleo. La agenda abarca tanto medidas para estimular la demanda como reformas estructurales que mejoren el funcionamiento de los mercados laborales y de los sistemas de educación y formación. Las reformas estructurales tienen un papel especialmente importante que desempeñar para revertir la tendencia a la baja del crecimiento de la productividad total de los factores —tanto en las economías avanzadas como en las emergentes— e impulsar la innovación.

En suma, las débiles perspectivas de crecimiento mundial exigen formular y aplicar un conjunto más sólido y equilibrado de políticas macroeconómicas y estructurales para impulsar el crecimiento. La revisión y el ajuste actuales de las estrategias de crecimiento del G20 preparadas el año pasado ofrecen una importante oportunidad para hacerlo.

Esta publicación apareció originalmente en el blog Let’s Talk Development del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Zia Qureshi es actualmente director de Estrategia y Operaciones en la Oficina del vicepresidente sénior y economista jefe del Banco Mundial.

Imagen: Una vista muestra la sede de una empresa francesa en Courbevoie, a las afueras de París. REUTERS.

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