¿Qué relación existe entre las instituciones y el crecimiento compartido?

¿Qué relación existe entre las instituciones y el crecimiento compartido?
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La creciente desigualdad en Estados Unidos y su relación con el crecimiento económico están recibiendo mucha atención últimamente. Ahora está claro que un fuerte aumento de la desigualdad no es necesario para lograr un buen desempeño económico y, de hecho, cada vez hay más pruebas de que una desigualdad alta y creciente es perjudicial, sobre todo si los mecanismos que generan el aumento de los ingresos en la parte más alta de la escala contribuyen al estancamiento y la caída de los ingresos del resto de la población.

Lo que más importa para la gran mayoría de los hogares estadounidenses no es la desigualdad en sí. Más bien, a las personas les preocupa principalmente alcanzar un nivel de vida más alto mediante mejores salarios y resultados laborales. Demasiados hogares se enfrentan a un mercado laboral en el que cada vez es más difícil encontrar empleos con salarios suficientes para vivir. A pesar del considerable crecimiento de la productividad nacional en los últimos 30 años, el ingreso promedio antes de impuestos del 90 por ciento inferior de los hogares estadounidenses fue menor en 2013 que en 1980, y el salario de los hombres con título universitario que trabajan a tiempo completo no ha crecido desde finales de la década de 1990.

Este estancamiento salarial contrasta con los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y hasta finales de la década de 1970, cuando la remuneración de los trabajadores creció al mismo ritmo que la productividad laboral. Es cierto que también han surgido brechas entre remuneración y productividad en otros países ricos, pero con una diferencia crucial: fuera de Estados Unidos, esta brecha ha aumentado pese al considerable crecimiento de la remuneración de los trabajadores. Aunque los trabajadores estadounidenses del sector manufacturero han sufrido los efectos de la tecnología y la competencia mundial, lo mismo ocurre con los trabajadores manufactureros de todos los países ricos. Por ejemplo, hedemostrado que los trabajadores estadounidenses del sector manufacturero experimentaron un escaso aumento salarial del 4 por ciento entre 1980 y 2013 (una vez descontada la inflación), mientras que la remuneración en el sector manufacturero aumentó un 42 por ciento en Alemania, un 43 por ciento en Francia y un 56 por ciento en Suecia.

Muchos sostienen que Estados Unidos compensa los malos resultados en materia de remuneración con un fuerte crecimiento del empleo. Sin embargo, durante las últimas décadas, las tasas de empleo de Estados Unidos no solo han sido más bajas que las de muchos países europeos, sino que también han caído drásticamente en los últimos años, especialmente en el caso de los hombres. Además, aunque el empleo y el PIB de Estados Unidos crecieron al mismo ritmo entre finales de la década de 1940 y mediados de la década de 1990, desde entonces se ha abierto una enorme brecha , con un PIB que sigue creciendo y un empleo que se estanca, pese al aumento de la población.

En resumen, desde la década de 1980, el crecimiento económico de Estados Unidos no ha generado suficientes empleos y, algo igual de importante, suficientes «empleos dignos, » que definí como aquellos que pagan salarios adecuados y ofrecen horas de trabajo suficientes. Mediante mi investigación —financiada en parte por una subvención de 2014 del Washington Center for Equitable Growth—, busco descubrir las condiciones y los mecanismos que permiten traducir el crecimiento económico en una cantidad suficiente de empleos dignos. Más concretamente, mi objetivo es identificar las instituciones y las políticas públicas que ayudan a determinar las mejores prácticas para crear empleos dignos.

¿Qué ocurrió con el crecimiento compartido? La mayoría de los economistas sigue explicando la explosión de la desigualdad de ingresos mediante relatos convencionales de oferta y demanda, según los cuales se considera que la remuneración de los trabajadores refleja fielmente su contribución a la producción. Así, desde esta perspectiva, los salarios de los directores ejecutivos y los financieros se han disparado, especialmente desde mediados de la década de 1990, porque ahora contribuyen mucho más a sus empresas y a la economía en su conjunto.

Del mismo modo, el 90 por ciento inferior ha visto cómo sus salarios se estancaban y caían porque se ha quedado atrás en la «carrera entre la educación y la tecnología». La informatización del lugar de trabajo exige mayores habilidades cognitivas, pero los trabajadores no han logrado seguir el ritmo, como indica la desaceleración de las tasas de graduación universitaria. Si se suponen mercados (casi) perfectamente competitivos, desde esta perspectiva, la explosión de la desigualdad salarial debe reflejar un aumento igualmente explosivo del desajuste de habilidades (demasiados trabajadores con pocas habilidades y muy pocos con muchas habilidades).

Tales argumentos dejan poco o ningún espacio para las instituciones del mercado laboral y las políticas públicas a la hora de determinar los cambios en la distribución de los ingresos en los distintos niveles de la escala. Una perspectiva alternativa sostiene que el poder de negociación determinado por las instituciones es una parte fundamental de la explicación, ya se trate de las «rentas» no competitivas que obtienen los altos directivos y los financieros, o del desplome del poder de los trabajadores remunerados por hora. Como argumenta Thomas Piketty en «El capital en el siglo XXI»:

Para entender la dinámica de la desigualdad salarial debemos introducir otros factores, como las instituciones y las normas que rigen el funcionamiento del mercado laboral en cada sociedad [y explican] la diversidad de distribuciones salariales que observamos en distintos países y en distintos momentos.

Todos los países ricos se enfrentan a los desafíos de la tecnología y la globalización, pero solo Estados Unidos y el Reino Unido muestran un aumento de la desigualdad hasta niveles extremos.

Para entender la desigualdad salarial y el crecimiento de la productividad no compartido en Estados Unidos, debemos examinar mucho más de cerca las formas en que las instituciones afectan los resultados del mercado laboral. En mi próxima investigación, compararé Estados Unidos con Canadá, Australia, Alemania y Francia para responder preguntas como las siguientes:

  • ¿Cómo se comparan en estos países la distribución y el crecimiento de los empleos dignos por sector económico, ocupación y grupo demográfico?

  • ¿En qué medida pueden atribuirse estos resultados a los efectos de las distintas instituciones en los cinco países?

El diseño de esta investigación parte de la idea de que las instituciones tienen una gran influencia en los resultados del mercado. Estados Unidos puede generar mejores empleos dignos, y un primer paso sensato es aprender de la experiencia de otros países.

Este artículo se publica en colaboración con Washington Centre for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: David Howell es profesor de Economía y Políticas Públicas en The New School, en la ciudad de Nueva York.

Imagen: Un hombre camina por un pasillo en Tokio. REUTERS/Yuya Shino.

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