Tras la conclusión del Acuerdo de Asociación Transpacífico por parte de 12 países de la cuenca del Pacífico, se intensifican los debates sobre los costos y beneficios de la liberalización comercial. Los primeros líderes de la campaña presidencial de Estados Unidos, tanto el republicano Donald Trump como la demócrata Hillary Clinton, han expresado su oposición al TPP, aunque, como secretaria de Estado, Clinton lo calificó de “el patrón oro de los acuerdos comerciales.”
La medida adecuada de apertura comercial no es un debate nuevo. Históricamente, los sistemas comerciales han oscilado entre ser bastante abiertos y estar severamente restringidos por normas, aranceles o barreras no arancelarias, impulsados por cambios en la fuerza relativa de las fuerzas económicas y políticas liberalizadoras o proteccionistas. Pero incluso en los sistemas cerrados, por severas que sean las penalizaciones que imponen al comercio, suelen surgir mercados negros, debido a las “ganancias del comercio” generadas por las fuerzas económicas naturales.
El deseo de comerciar surge siempre que los beneficios internos de importar un bien (ya sea un producto terminado o un componente) superan el precio pagado; por ejemplo, si el bien importado no puede producirse internamente, o solo a un costo mayor. Como demostró hace dos siglos el economista británico David Ricardo, incluso puede ser mejor para un país importar bienes que puede producir más barato, si hacerlo le permite producir otros bienes que aún son más baratos de producir. Entre las ganancias adicionales del comercio se encuentran una mayor variedad y las economías de escala que implica producir para los mercados globales.
Por supuesto, el comercio tiene posibles desventajas. Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro de Estados Unidos, sostuvo que permitir importaciones de menor costo impediría el desarrollo de las industrias “incipientes” nacionales, que necesitaban tiempo para crecer lo suficiente como para reducir sus costos a un nivel competitivo. En las últimas décadas, el argumento antecomercio se ha centrado en gran medida en la competencia “desleal” y en la desestructuración económica.
Pero la realidad es que, si dos partes comercian voluntariamente, cabe suponer que ambas están en mejor situación; de lo contrario, una de ellas se negaría a comerciar. Así, aunque la liberalización comercial puede implicar algunas pérdidas (menores) para ciertos grupos, estas pueden y deben abordarse mediante programas nacionales de reubicación y asistencia, como el programa Trade Adjustment Assistance de Estados Unidos, y normas de transición para las industrias, empresas y trabajadores afectados.
La experiencia pasada refuerza la idea de que, en última instancia, el comercio voluntario es algo positivo. El proteccionismo extremo de principios de la década de 1930, tras una era de comercio internacional relativamente libre, tuvo consecuencias devastadoras, que finalmente sentaron las bases de la Segunda Guerra Mundial. Como el economista del MIT Charles Kindleberger demostró, el arancel Smoot-Hawley de Estados Unidos, en particular, contribuyó a convertir una profunda recesión en una depresión mundial.
Incluso antes de que terminara la guerra, las grandes potencias se reunieron en Bretton Woods, New Hampshire, para establecer un nuevo régimen internacional de comercio y finanzas, que incluía el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio. Mediante una sucesión de negociaciones globales largas y difíciles (las denominadas “rondas del GATT”), los aranceles se redujeron de forma constante para una variedad creciente de bienes. Como resultado, el comercio mundial creció más rápido que el PIB mundial durante la mayor parte del período de posguerra.
Prácticamente todos los economistas coinciden en que este giro hacia un comercio más libre benefició enormemente a los ciudadanos del mundo y potenció el crecimiento mundial. Los economistas Jeffrey Frankel y David Romer estiman que, en general, el comercio tiene un efecto positivo considerable sobre el crecimiento.
En un momento en que el crecimiento no está cumpliendo las expectativas casi en ninguna parte, el TPP parece, por tanto, una buena medida. Cierto es que, dado que los aranceles en los países miembros del TPP ya son bajos (con algunas excepciones, como los aranceles de Canadá sobre los productos lácteos y los de Japón sobre la carne de vacuno), el beneficio neto de eliminarlos sería modesto (salvo en unos pocos productos muy sensibles a pequeños cambios de precio). Pero se espera también que el TPP reduzca las barreras no arancelarias (como las trabas burocráticas y la protección de las empresas estatales); armonice políticas y procedimientos, e incluya mecanismos de solución de controversias.
Aunque las disposiciones precisas del TPP no se han hecho públicas, los líderes políticos de los países miembros predicen que el acuerdo, una vez ratificado y aplicado, añadirá cientos de miles de millones de dólares a sus economías y reforzará el empleo. Es probable que las economías más pequeñas y las en desarrollo sean las que más ganen en proporción a su tamaño, pero en general todos se beneficiarán.
Otros resultados importantes no están incluidos en estos cálculos. La alternativa a liberalizar el comercio no es el statu quo; es un alejamiento constante de la apertura. Esto puede ocurrir de diversas maneras, como la imposición de barreras no arancelarias que favorecen a los actores nacionales ya establecidos en detrimento de importaciones potenciales de menor precio que beneficiarían a los consumidores.
Además, es mucho más fácil construir relaciones comerciales mutuamente beneficiosas que resolver cuestiones militares y geopolíticas, como combatir al Estado Islámico o resolver las tensiones en el mar de la China Meridional. Pero las relaciones comerciales sólidas tienen el potencial de fomentar la cooperación (o, al menos, de frenar la escalada de conflictos) en otros ámbitos más polémicos.
No obstante, hay algunas preocupaciones legítimas sobre el TPP. Algunos temen que pueda desviar el comercio de países no miembros o socavar la estancada ronda de Doha de negociaciones comerciales multilaterales (aunque hace 20 años, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte tuvo el efecto contrario, al impulsar la ronda de Uruguay).
Dado todo lo anterior (sin contar el renovado interés por las fronteras nacionales, a raíz de cuestiones migratorias polémicas, como la afluencia de refugiados de Oriente Medio en Europa), la ratificación del TPP dista mucho de ser segura, especialmente en Estados Unidos. Los intereses concentrados que se oponen al acuerdo podrían resultar más influyentes que los intereses difusos de todos los consumidores.
Eso supondría una gran pérdida. Permitir que las barreras comerciales proteccionistas existentes se mantengan, o incluso empeoren, no solo privaría a los ciudadanos de los países del TPP de mayores ingresos, sino que también asestaría un golpe perjudicial a la cooperación internacional.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde los puntos de vista expresados.
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Autor: Michael J. Boskin es profesor de Economía en la Universidad de Stanford y miembro sénior de la Institución Hoover.
Imagen: Un buque portacontenedores zarpa. REUTERS/Andy Clark.

