¿Qué opciones tiene Rusia?

¿Qué opciones tiene Rusia?
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La moneda rusa está en caída libre. Desde mediados de año, el rublo, cuyo valor se desploma a un ritmo vertiginoso, ha perdido casi la mitad de su valor, y nadie sabe cuánto más podría caer. Pase lo que pase, las consecuencias geopolíticas podrían ser considerables.

Las causas de las dificultades del rublo son bien conocidas. Una es el desplome de los precios mundiales de la energía, provocado por la débil demanda y el aumento de la oferta. En seis meses, el precio del petróleo ha caído de más de 100 dólares por barril a menos de 60: un duro golpe para un país que depende de los hidrocarburos para más de la mitad de su presupuesto federal y cerca de dos tercios de sus exportaciones.

La segunda causa es la avalancha de sanciones económicas impuestas a Rusia desde la anexión de Crimea. Las sanciones han hecho prácticamente imposible que las empresas rusas pidan préstamos en el extranjero e incluso que realicen sus operaciones cotidianas con normalidad. Antes de las primeras nevadas del invierno, ya está claro que Rusia se encamina hacia una recesión en 2015, mientras la caída del rublo impulsa la inflación y encarece las importaciones. Los economistas tienen una palabra para esto: estanflación.

La estanflación, a su vez, solo puede agravar los problemas del rublo. A medida que se acelera la inflación y se erosiona el poder adquisitivo interno, los rusos tienen motivos de sobra para huir de su moneda. Algunos ya usan sus rublos para comprar bienes duraderos, como coches o lavadoras, que tienen más probabilidades de conservar su valor, mientras que otros buscan refugio en una moneda extranjera de su preferencia, como el dólar o el euro. Según un chiste que circula ahora por Moscú, se plantea esta pregunta: «Si pudieras cambiar algo de tu pasado, ¿qué sería?». La respuesta: «rublos».

Del mismo modo, cuando se instala la recesión, resulta más difícil pagar las deudas, lo que también da a los inversores internacionales un incentivo para marcharse. En fecha tan reciente como 1998, Moscú dejó de pagar una parte de su deuda pública. La posibilidad de otro «recorte» para los acreedores es muy real. En la actualidad, los bancos y las empresas rusas deben más de 600.000 millones de dólares en préstamos en moneda extranjera, de los cuales unos 115.000 millones vencen solo en 2015. Sin embargo, con las sanciones occidentales en vigor, la opción de refinanciar es prácticamente imposible. Por ello, no sorprende que la fuga de capitales esté aumentando. En octubre, el Fondo Monetario Internacional estimó que unos 100.000 millones de dólares podrían salir de Rusia antes de fin de año, y que saldrían más el año siguiente.

¿Cómo cambiar el rumbo?

¿Se puede cambiar el rumbo? Algunos observadores señalan las enormes reservas de divisas de Rusia, que a principios de 2014 ascendían a cerca de medio billón de dólares. Pero la realidad es menos favorable de lo que parece. Hasta 170.000 millones de dólares de los fondos de guerra del Kremlin están depositados en dos grandes fondos soberanos, cuyos activos son en gran medida ilíquidos. Peor aún, las intervenciones realizadas hasta la fecha, por más de 80.000 millones de dólares, han resultado en gran medida inútiles. En su rueda de prensa anual del jueves pasado, el presidente Vladímir Putin prácticamente tiró la toalla e insistió en que Rusia no debería «desperdiciar» más reservas intentando proteger el rublo.

En cambio, el banco central se ha visto obligado a subir los tipos de interés para hacer más atractivo el rublo. La subida más reciente fue hace menos de dos semanas, cuando, en una dramática decisión tomada a medianoche, el banco elevó los tipos en unos contundentes 6,5 puntos porcentuales, hasta el 17 %. Pero esto solo aumentó la sensación de pánico en torno al valor de la moneda. Los tipos de interés más altos no harán sino agravar la recesión económica y dar aún más incentivos para huir del rublo.

Quedan pocas opciones. Los portavoces del Kremlin niegan que haya intención alguna de imponer controles de capital. En cambio, los responsables políticos parecen resignados a un futuro sombrío, lleno de adversidades y dificultades. «La economía se ajustará», declaró el presidente Putin en su rueda de prensa. «No importa: la economía se reestructurará. La cuestión es con qué rapidez se producirá el ajuste». Según dijo, hace falta paciencia.

Las opciones cada vez más limitadas de Putin

Pero ¿será tan paciente la población rusa? Durante años, los altos precios del petróleo elevaron el nivel de vida de las élites y la clase media del país. ¿Se aceptará ahora en silencio una recesión prolongada? De lo contrario, el presidente Putin podría verse obligado a actuar, le guste o no. Hay dos grandes opciones estratégicas posibles, cada una con implicaciones importantes para el resto del mundo.

Una opción sería buscar un nuevo acercamiento a Europa y Estados Unidos con la esperanza de revertir las sanciones que están haciendo tan difícil la vida de las empresas rusas. Como mínimo, esto supondría llegar a un acuerdo sobre el futuro de Ucrania. En términos más generales, implicaría renovar el compromiso de cooperar con Occidente en una amplia variedad de asuntos, desde el desarme nuclear hasta la guerra civil en Siria. Pero ¿puede alguien esperar seriamente que el combativo Vladímir Putin cambie de repente? Es poco probable.

Mucho más probable es que adopte una postura aún más dura frente a Occidente y use una retórica nacionalista para desviar la atención del hundimiento de su economía. Ya se apreciaban indicios de ese enfoque en la rueda de prensa del presidente, donde se atribuyó toda la culpa a factores externos; sobre todo, a los supuestos esfuerzos de Occidente por «encadenar al oso». Según él, los «socios» europeos y estadounidenses de Rusia insisten en «construir nuevos muros, pese a que dijimos que queríamos trabajar juntos». Cuanto más se desplome el rublo, más duro probablemente será el tono de Putin.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Benjamin J Cohen es profesor de Economía Política Internacional en la Universidad de California, Santa Bárbara.

Imagen: Vista general del Centro Internacional de Negocios de Moscú y la torre Mercury City (a la derecha), tras una ceremonia en la que se presentó esta última como el rascacielos más alto de Europa, en Moscú, el 1 de noviembre de 2012.  REUTERS/Sergei Karpukhin.

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