Durante la última década, los economistas han dedicado ingentes investigaciones a indagar por qué no previeron la crisis financiera, entre otras cosas que la economía ha hecho mal recientemente. Esta introspección ha dado lugar a nuevas teorías, modelos y políticas, pero no ha reparado del todo la reputación de la disciplina. Con el paso del tiempo y a medida que se desvanecen los efectos de la crisis, la gente sigue considerando que es difícil confiar en los economistas.
El último intento de mejorar la opinión pública sobre la economía viene de Jean Tirole, ganador del Premio Nobel de Economía en 2014. El último libro del francés, La economía del bien común (Princeton University Press), es un manifiesto de 560 páginas sobre cómo la profesión puede volver al buen camino.
El momento de publicación del libro —que salió en inglés este mes, después de su publicación original en francés el año pasado— es pertinente. La relación entre la economía y la política empieza a desmoronarse. Durante el último año, muchos han tratado de explicar el Brexit, la elección de Donald Trump y el auge de la política de extrema derecha y extrema izquierda en Europa recurriendo a argumentos económicos. Pero cada vez está más claro que la economía por sí sola no explica la situación. Si las preguntas que están en la raíz de la vida pública ya no encuentran respuesta en el famoso aforismo político «Es la economía, estúpido», ¿qué papel les queda a los economistas?
En medio de una reacción generalizada contra las «élites», los economistas deben demostrar su valía. Tirole empieza por intentar desmitificar lo que realmente hacen. Luego aborda los retos que debería afrontar la disciplina, desde la desigualdad y el cambio climático hasta las políticas del mercado laboral y el futuro de Europa.
Tampoco teme invertir los papeles. «Recibimos las políticas económicas que merecemos», escribe. «Y mientras persista la falta de comprensión económica entre el público general, tomar buenas decisiones políticas exigirá mucho valor político». Esta preocupación la comparte Andy Haldane, economista jefe del Banco de Inglaterra, quien dijo recientemente que el Reino Unido padece «déficits gemelos» de comprensión pública y confianza en la economía (artículo de pago).
En última instancia, el libro de Tirole es una defensa de la economía, aunque reconoce que esta debe volver a conectar con otras ciencias sociales, como la psicología, la antropología, la historia y las ciencias políticas. Es algo que Tirole promueve como presidente del Instituto de Estudios Avanzados de Toulouse, donde colaboran especialistas de una amplia variedad de disciplinas.
Quartz habló con Tirole en Londres sobre lo que sale mal cuando creemos lo que queremos creer a expensas de una buena economía. La conversación se ha editado y abreviado.
Quartz: Este libro supone un gran cambio respecto a su trabajo anterior sobre organización industrial, regulación y finanzas. ¿Por qué escribirlo?
Tirole: Llevo mucho tiempo participando en políticas públicas, pero nunca me había dirigido directamente al público. El punto de inflexión fue el Premio Nobel. Uno se convierte en intelectual público, quiera o no.
Una justificación a posteriori también es populismo. Es útil comunicarse con expertos y gobiernos, pero si el público en general no lo entiende porque carece de suficiente formación académica, a los políticos les resulta muy difícil sacar adelante las políticas adecuadas. Y los políticos son como todos los demás: responden a sus propios incentivos, como unas elecciones.
¿Cree que los economistas hacen lo suficiente para que su trabajo sea más accesible al público?
Hay economistas que lo hacen, pero los economistas también responden a sus incentivos. Lo principal para ellos es la evaluación de sus pares, la calidad de la investigación y la calidad de la enseñanza. Trabajar para un público más amplio se considera una distracción. Eso no significa que no podamos hacerlo mejor.
El Premio Nobel significó que alcanzó la cumbre del reconocimiento de sus pares, así que eso debe de permitirle escribir sobre otros temas.
Recibir el Premio Nobel es maravilloso, pero al mismo tiempo entraña cierto peligro. Hablo del síndrome del Nobel y yo mismo lo siento.
¿Qué es el «síndrome del Nobel»?
El síndrome del Nobel consiste en que te preguntan sobre muchas cosas en las que no tienes experiencia. Tienes tu sentido común y lo que aprendes de tus colegas, pero siempre hay una zona gris en la que no sabes si deberías responder o no. La gente espera que, por haber ganado el Premio Nobel, lo sepas todo, pero la verdad es que no es así.
Últimamente, la relación entre la economía y la política ha sido particularmente complicada. No parece que los argumentos económicos estén contribuyendo a mejorar las políticas.
Bueno, primero tenemos que asegurarnos de que la gente respete a los intelectuales. Para eso, los intelectuales deben hacer lo correcto. Después, hay que reducir las frustraciones. En general, quienes votaron por Trump, por el Brexit o por Le Pen y Mélenchon en Francia están muy preocupados por su futuro ante los robots, el aumento de la deuda, la desigualdad y el desempleo. Hemos desatendido a algunas personas, a quienes han salido perdiendo con la globalización, y nuestra sociedad es cada vez más desigual. Por desgracia, las nuevas tecnologías podrían empeorar la situación.
Cuando la gente tiene miedo o está molesta, también suele desacreditar a los gobiernos actuales y a los expertos. Quiere un cambio radical, que a menudo ofrecen los populistas con sus cuentos de hadas y políticas equivocadas. La gente intenta aferrarse a algo que le dé esperanza.
¿Está mejorando la situación?
No, no avanzamos en la dirección correcta.
Usted sostiene que el Estado ha pasado de ser proveedor a ser más bien regulador. Pero, a medida que la política se polariza, ha aumentado el apoyo a una mayor intervención estatal, como proponen Jeremy Corbyn en el Reino Unido, Bernie Sanders en Estados Unidos y Jean-Luc Mélenchon en Francia.
Esto también se aplica al Frente Nacional de Francia [un partido de extrema derecha], que tiene un programa económico similar. La gente ve el mercado como una entidad anónima que dirige su vida. Los gobiernos tienen un papel que desempeñar, pero no el que la gente cree. Quieren que alguien los rescate y piensan que el gobierno protegerá sus empleos. Estoy a favor de un Estado del bienestar, pero, por ejemplo, no de la forma en que funciona ahora en Francia. Hay que proteger a los trabajadores, no los empleos.
Entonces, ¿cómo se puede combatir la desigualdad con más eficacia?
Está la desigualdad dentro de un país, pero también la desigualdad entre países. Necesitamos incentivos para innovar y necesitamos emprendedores. Las cinco empresas con mayor capitalización bursátil del mundo son plataformas de mercado de dos lados creadas por apenas unas pocas personas. Si en la Europa continental no logramos retener nuestro talento, los empleos no se crearán aquí y eso aumentará la desigualdad. Redistribuir es bueno, pero tiene que haber algo que redistribuir.
La desigualdad también está vinculada al cambio climático. ¿Se está pensando lo suficiente en cómo abordar este problema?
No, no se destinan suficientes recursos ni a combatir la contaminación ni a la I+D. Tampoco será una solución eximir a los países en desarrollo de pagar un precio por el carbono, porque la mayor parte de la contaminación procederá de China, Brasil, India y otros países… y quizá de Estados Unidos si Trump sigue como hasta ahora. La única solución, aunque no sea fácil, es transferir dinero a esos países y exigirles que rindan cuentas por su contaminación. Los compromisos colectivos, como los asumidos en Copenhague y París, nunca se cumplen.
¿Está la gente dispuesta a admitir que las soluciones serán difíciles?
La expresión que siempre se oye es «crecimiento verde». El crecimiento verde consiste en creer lo que queremos creer. Me encantaría que hubiera crecimiento verde, pero si pudiéramos crecer más, tener mayor poder adquisitivo y ser más ecológicos al mismo tiempo, ya lo estaríamos haciendo; de lo contrario, seríamos completamente estúpidos. No, tenemos que aceptar que debemos asumir costes para ser limpios.
Por último, hablemos de Europa. Parece que muchos europeos quieren más integración y más soberanía al mismo tiempo.
De nuevo, se trata de que la gente cree lo que quiere creer.
¿Qué puede hacer Europa para salir de su situación actual, atrapada entre dos ideales?
Europa no es una federación como pueden serlo Estados Unidos o muchos otros países, porque no tenemos un presupuesto común, una deuda común, un seguro de desempleo común ni un seguro de depósitos común. Europa necesitaría transferencias sistemáticas y, actualmente, serían del norte al sur.
También se necesitan algunas leyes comunes. En Europa tenemos una supervisión bancaria centralizada, así que, en principio, podríamos tener un seguro de depósitos común porque los bancos de España, Italia, Alemania, etc., están sujetos a las mismas reglas del juego.
Pero en el caso del seguro de desempleo no tenemos las mismas reglas. Tenemos políticas del mercado laboral y de educación, pero la tasa de desempleo varía entre menos del 5 % y el 15-20 %. Un seguro de desempleo común permitiría armonizarla. No digo que debamos dejar a la gente sin trabajo por diversión, pero aun así hay grupos de presión que se resisten al cambio. Que uno se resista a esos grupos depende de si pagará de su bolsillo o si el coste se compartirá con los demás. Para avanzar hacia un presupuesto y una deuda comunes, necesitamos reglas del juego comunes.
¿Es probable que ocurra?
Soy pesimista. Si uno observa el movimiento populista —y no solo a los populistas—, siempre ofrece más soberanía. A gran escala, resulta ridículo. Los franceses van a defenderse de los alemanes y viceversa. Pero como relato funciona, y la tendencia apunta a más soberanía y menos federalismo.



