¿Y si todas las personas tuvieran un ingreso garantizado, trabajaran o no? En una época de austeridad y retroceso de las políticas sociales, esta idea puede parecer radical, pero está cobrando impulso. Sus defensores ya están poniendo a prueba una renta básica universal a escala nacional en Finlandia, y la provincia canadiense de Ontario y la ciudad neerlandesa de Utrecht.
En el mundo en desarrollo, la organización benéfica GiveDirectly se ha comprometido a realizar un ensayo controlado aleatorizado en Kenia, que comparará cuatro aldeas, una de las cuales recibirá un ingreso básico.
En medio de todo este entusiasmo, el debate sobre políticas se ha centrado en las posibles consecuencias de un ingreso básico: cuestiones como el crecimiento demográfico, un aumento de las tasas de divorcio, un mayor emprendimiento o más tiempo libre. Cabe esperar resultados posibles tan diversos. Al fin y al cabo, la aspiración de una renta básica universal es alterar de manera fundamental las bases de la integración social y económica.
Lo sorprendente es el relativo silencio sobre sus efectos en los vínculos sociales que unen a las personas en una comunidad. ¿Cómo afectará un plan tan ambicioso al sentido de comunidad y unión de las personas?
Las pruebas sociológicas apuntan a un declive de la solidaridad que lleva décadas en muchas sociedades. Las instituciones colectivas, como los sindicatos y las iglesias, han sufrido una caída en la afiliación. La soledad está aumentando. Desde la década de 1960, los valores individualistas, como el enriquecimiento personal, han cobrado más importancia para las personas que participar activamente en una comunidad, unidas por vínculos sociales duraderos, valores comunes y deberes cívicos.
Podría ocurrir en un sentido o en otro
Ante estas tendencias, vale la pena preguntarse si un ingreso básico debilita o promueve la solidaridad. Para algunas personas, erosionará la solidaridad. Se cree que el individualismo está tan arraigado en algunos países que es probable que un ingreso básico contribuya poco a transformar la sociedad. Décadas de políticas han erosionado la comunidad y aumentado el egoísmo: los impuestos sobre la renta se han vuelto menos progresivos, los sindicatos se han debilitado y los mercados se han regulado menos para apoyar la iniciativa privada en vez del bien público.
Tras décadas de estas políticas, cabe preguntarse si la introducción de un ingreso básico realmente hará que las personas estrechen sus vínculos sociales de la noche a la mañana. Puede que el egoísmo, la codicia y la ambición personal estén demasiado arraigados en nuestras sociedades —y que la publicidad y la cultura de las celebridades los refuercen a diario— como para que las políticas de ingreso básico puedan revertirlos.
De hecho, el ingreso básico incluso podría agravar este individualismo. Si se implanta de golpe en sociedades basadas en valores individualistas, las personas podrían destinar su ingreso mensual a planes para progresar por cuenta propia en lugar de a proyectos comunitarios. Podrían sentirse más solas, pues también quizá perdieran los vínculos sociales que habían creado mediante el trabajo (aunque este fuera explotador o difícil).
También existe la clara posibilidad de que los políticos utilicen las políticas de ingreso básico para desmantelar instituciones socialdemócratas —como la sanidad pública, la educación y la asistencia social—, que constituyen algunas de las pocas fuentes de apoyo social que aún quedan.
Superar el individualismo
Sin embargo, existe otra perspectiva sobre el ingreso básico: que podría fortalecer la solidaridad. En lugar de dar por sentado el individualismo, la introducción de un ingreso básico podría catalizar la creación de vínculos sociales más sólidos. Si pensamos que el trabajo distorsiona las relaciones sociales de muchas personas —por la presión a la que nos somete y el tiempo que nos quita para el ocio y la familia—, entonces un ingreso básico podría ayudar a remediar la situación (suponiendo, por supuesto, que alcance para vivir).
Además, esta perspectiva alternativa sostiene que el tiempo que un ingreso básico liberaría para las personas también ayudaría a fomentar la solidaridad entre ellas. Según este argumento, contar con la seguridad de un ingreso básico permitiría a las personas dedicarse a ese proyecto artístico, pequeño negocio o relación que siempre habían querido emprender o cultivar. Se fortalecerían los vínculos sociales.
En última instancia, que pensemos que el ingreso básico erosionará o fortalecerá la solidaridad depende de cuán arraigado creamos que está el individualismo en la sociedad. Aun así, del mismo modo que una serie de acciones políticas configuró el auge de una sociedad individualista, una renovada intervención gubernamental puede fortalecer los vínculos sociales.
Los gobiernos que diseñen programas piloto de ingreso básico deben asegurarse de medir sus efectos en el capital social, la cohesión y otros indicadores relacionados, como la soledad. Algunas de estas consecuencias sociales de un ingreso básico quizá solo se hagan evidentes con el paso del tiempo.
Pero los gobiernos deben asegurarse de que la solidaridad sea una prioridad al aplicar políticas de ingreso básico. Si una renta básica universal puede fortalecer la solidaridad en un momento en que hace mucha falta, quizá pueda cumplir su promesa transformadora.



