La confianza es un componente esencial de una sociedad sana y de un sistema económico exitoso. Pero ¿cómo debe entenderse? Mientras que la literatura económica suele considerar la confianza un cálculo racional, Nicolas Baumgartner sostiene que la teología de la Iglesia primitiva, que alentaba a las personas a confiar en Dios, también las facultaba para actuar en favor del bien común. Esta concepción más amplia de la confianza puede ayudar a los responsables de formular políticas de hoy a promover la cohesión social.
Cuesta imaginar que nuestras sociedades liberales prosperen con poca confianza o sin ella: las empresas, los gobiernos y los sistemas monetarios necesitan un nivel mínimo de confianza generalizada para funcionar. En resumen, la confianza es un bien social necesario para que las sociedades liberales florezcan, y los responsables de formular políticas harían bien en promoverla.
Pero entender cómo funciona algo tan complejo como la confianza es un desafío. Durante las últimas dos décadas, una rama específica de la economía, la economía experimental, ha tratado de arrojar luz sobre este fenómeno. Sin embargo, hasta hoy la confianza sigue siendo un enigma para los economistas, aunque la teología bien podría aportar ideas útiles. En particular, la Iglesia primitiva, una fuente de inspiración poco probable para los científicos sociales y los responsables de formular políticas, quizá pueda enseñarnos algo fundamental sobre el papel de la confianza en la sociedad.
La confianza es lo que nos permite ser generosos
San Lucas describe a la Iglesia primitiva, la Comunidad de los Creyentes, que, traducido literalmente, significa «quienes confiaban», como una comunidad que compartía todo y que «vendía sus propiedades y posesiones para dar a quien lo necesitara». Las interpretaciones han tendido a presentar esta comunidad idealizada como una inspiración para una redistribución más justa de los recursos, cuando no directamente como fundamento de una crítica al capitalismo y a la acumulación injusta de riqueza por parte de unos pocos. Aunque tal lectura puede resultar atractiva para algunos, pasa por alto un mensaje más radical del autor de Lucas-Hechos: la confianza en Dios debería ser el factor determinante en la toma de decisiones económicas, porque puede permitir que las personas actúen en favor del bien común.
Un tema central que se repite a lo largo del Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles es que quienes confían en Dios y en su providencia pueden ser generosos: Zaqueo y la viuda pobre son ejemplos que presenta san Lucas. La confianza en Dios es tan central en el mensaje de san Lucas que la Iglesia primitiva reprendía a quienes preferían confiar en sus propias inversiones en vez de en Dios: Judas, que compró un campo con el dinero de la traición, y Ananías y Safira, que se quedaron con parte del dinero obtenido por la venta de sus tierras. Para san Lucas, la confianza en Dios, o su ausencia, es lo que determina las decisiones económicas y las convierte en actos intrínsecamente morales.
Del Homo economicus al Imago Dei
Este retrato idealizado de la Iglesia primitiva no debe entenderse como una invitación a confiar en cualquiera y regalar dinero sin pensarlo, suponiendo que Dios proporcionaría una red de seguridad pasara lo que pasara. Más bien, destaca cómo la falta de confianza en Dios puede obstaculizar nuestra generosidad y, con ello, la posibilidad de promover un mayor bienestar social. Esto difiere mucho de la representación de la confianza en la literatura económica, donde la decisión de confiar es el resultado de un cálculo racional basado en dos consideraciones principales: primero, la fiabilidad que se atribuye a la contraparte y, segundo, si el beneficio económico de confiar compensa el riesgo.
La predicción habitual de los economistas es que las personas no confiarán en los demás a menos que estos tengan un incentivo para ser dignos de confianza. En otras palabras, si demuestran ser dignos de confianza, es porque razonan que ser percibidos así les conviene; la confianza solo es racional si puede tener en cuenta el interés de la otra parte. Pero los experimentos económicos y psicológicos han demostrado que esta predicción no es precisa: en primer lugar, las personas tienden a confiar incluso cuando no es del todo racional, aunque no exista una relación previa entre ellas. En segundo lugar, las personas esperan que confíen en ellas y cuando no sienten que se confía suficientemente en ellas, tienden a tomar represalias comportándose como si no fueran dignas de confianza. En tercer lugar, también se ha observado que quienes más tienden a confiar muestran más bondad incondicional hacia los demás. En cuarto lugar, las personas están más dispuestas a correr el riesgo de confiar en un desconocido que a participar en una lotería, incluso cuando las probabilidades de recuperar dinero son las mismas. Todo esto indica que las personas perciben y ejercen la confianza como una decisión moral y no como un mero cálculo racional.
Aun así, el economista puede sentirse tentado a volver a describir este comportamiento como una maximización de la utilidad: quien confía se siente bien al hacerlo y, por tanto, actúa en consecuencia, lo que para el economista constituye, en última instancia, una búsqueda egoísta. Para el teólogo, en cambio, el acto de confiar es necesariamente una decisión ética: si la confianza puede conducir al bien común, hay que fomentarla. La confianza se convierte en una elección habitual ante la incertidumbre, en lugar de un mero cálculo; una persona elige confiar incluso si eso implica asumir cierto riesgo y, en ese sentido, no actúa de forma racional según la concepción de un economista.
Los límites del análisis económico para la formulación de políticas
Para el teólogo, y a la luz de varios estudios empíricos, la confianza debería entenderse mucho más como una virtud que como un mero cálculo. Y es crucial entender que confiar es una decisión ética, una elección libre de hacer el bien, y no un cálculo para maximizar la utilidad: la manera en que modelamos la toma de decisiones individuales determina las políticas. Si se quiere promover la confianza en la sociedad, economistas y teólogos inevitablemente propondrán políticas distintas: los primeros recomendarían un sistema de incentivos o quizá pequeños estímulos para elevar los niveles de confianza, mientras que el teólogo probablemente educaría a las personas sobre por qué la confianza es un bien y las alentaría a actuar en consecuencia.
En la raíz de esta diferencia está la modelización de la toma de decisiones: buena parte de la teoría económica es determinista porque es necesario representar el comportamiento humano mediante modelos matemáticos, mientras que el teólogo puede tener mucho más en cuenta el libre albedrío. Por supuesto, es más probable que la realidad se encuentre en algún punto intermedio, sobre todo porque nuestras decisiones dependen de patrones aprendidos. Sin embargo, los responsables de formular políticas deben conocer los límites de los estudios económicos que utilizan para tomar decisiones, y la confianza es un ejemplo claro de ello.
Reflexiones para los responsables de formular políticas de hoy
Por supuesto, no todo el mundo cree en Dios y, más concretamente, en un Dios benevolente. Aun así, las ideas que aporta el retrato de la Iglesia primitiva de san Lucas siguen siendo válidas: las personas serán más generosas si pueden contar con una red de seguridad, que podría ser un sólido sistema de bienestar social financiado por el Estado. Y, como muestran los estudios empíricos, es más probable que las personas sean dignas de confianza si se les demuestra un grado suficiente de confianza. Si queremos construir una sociedad liberal próspera, quizá sea necesario abandonar la creencia cínica, arraigada en la teoría económica, de que las personas quieren por naturaleza engañar al sistema y solo son dignas de confianza cuando reciben incentivos. Del mismo modo, una redistribución forzosa de la riqueza para crear una sociedad más justa quizá no sea necesaria ni sensata. En cambio, a nuestros gobiernos les convendría más propiciar una sociedad más justa empezando por demostrar mayor confianza en las personas a las que sirven.


