Tres predicciones para la economía en 2017

The September 17 and 18 curves are seen on the board at the Australian Securities Exchange (ASX) in Sydney September 18, 2008. Australian shares extended their losses to 4 percent in afternoon trade on Thursday, as investors continued to dump financial stocks on concerns about who could be the next victim of the global credit crisis. REUTERS/Daniel Munoz (AUSTRALIA) - RTR220CR
Global traditions are precarious this year, meaning the economic situation could be too.Image: REUTERS/Daniel Munoz
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Tradicionalmente, los expertos en economía ofrecen sus predicciones de Año Nuevo (tradicionalmente inexactas) a principios de enero. Pero las condiciones globales de este año distan mucho de ser tradicionales, así que pareció apropiado esperar a que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se instalara en la Casa Blanca para opinar sobre algunas de las principales sorpresas que podrían sacudir la economía mundial y los mercados financieros durante su mandato. A juzgar por los movimientos y las condiciones actuales del mercado, el mundo podría verse sorprendido por tres acontecimientos potencialmente transformadores.

Para empezar, es probable que las políticas económicas de Trump provoquen tasas de interés e inflación en Estados Unidos mucho más altas de lo que esperan los mercados financieros. La elección de Trump casi con toda seguridad puso fin a la tendencia de 35 años de desinflación y descenso de las tasas que comenzó en 1981 y que ha sido la influencia dominante en las condiciones económicas y los precios de los activos en todo el mundo. Pero los inversores y los responsables de las políticas aún no lo creen. Las previsiones publicadas por la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos apuntan a solo tres subidas de un cuarto de punto este año, y los mercados de futuros solo han descontado dos movimientos de ese tipo.

Sin embargo, cuando Trump ponga en marcha sus políticas, es probable que la Reserva Federal endurezca su política monetaria más de lo previsto antes de la investidura, y no menos, como aún esperan los mercados. Más importante aún, a medida que las políticas de Trump impulsen tanto la actividad económica real como la inflación, es probable que las tasas de interés a largo plazo, que influyen más en la economía mundial que las tasas a un día fijadas por los bancos centrales, suban considerablemente.

La lógica de este escenario es sencilla. Los planes fiscales y de gasto de Trump revertirán drásticamente la consolidación presupuestaria que el Congreso impuso al gobierno de Barack Obama, y el endeudamiento de los hogares crecerá de forma espectacular si Trump cumple su promesa de revertir las regulaciones bancarias impuestas tras la crisis financiera de 2008. Mientras todo este estímulo adicional impulsa una economía que ya se acerca al pleno empleo, la inflación parece destinada a acelerarse; los aranceles comerciales proteccionistas y un posible «impuesto fronterizo» elevarán aún más los precios de los bienes importados.

La única incertidumbre es cómo responderá la política monetaria a esta «Trumpflación». Tanto si la Reserva Federal intenta contrarrestarla subiendo las tasas de interés de forma más agresiva de lo que indican sus previsiones actuales como si decide actuar con cautela y mantener las tasas de corto plazo muy por debajo de la curva ascendente del crecimiento de los precios, los inversores en bonos saldrán perdiendo. Como resultado, los rendimientos de los bonos estadounidenses a diez años podrían pasar del 2,5% al 3,5% o más durante el próximo año, y terminar siendo mucho más altos.

En cambio, en Europa y Japón las condiciones monetarias seguirán siendo laxas, ya que los bancos centrales continuarán respaldando el crecimiento económico con tasas de interés cero y flexibilización cuantitativa (QE). Esta divergencia de políticas apunta a un segundo posible shock para el que los mercados financieros parecen no estar preparados.

El dólar estadounidense podría fortalecerse mucho más, sobre todo frente a las monedas de los mercados emergentes, pese al deseo declarado de Trump de impulsar las exportaciones estadounidenses. El catalizador de la apreciación cambiaria sería no solo el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, sino también una escasez de dólares en los mercados emergentes, donde la deuda externa ha aumentado en 3 billones de dólares desde 2010. La combinación de un dólar fuerte y un endeudamiento externo excesivo provocó las crisis de deuda de América Latina y Asia en las décadas de 1980 y 1990. Esta vez, el proteccionismo de Trump podría empeorar aún más la situación, especialmente para países como México y Turquía, que han basado sus estrategias de desarrollo en una rápida expansión de las exportaciones y han financiado la actividad empresarial nacional con deuda en dólares.

Hasta aquí las malas noticias. Afortunadamente, un tercer acontecimiento importante que los mercados financieros aún no han descontado podría favorecer las condiciones económicas mundiales: en 2017, la Unión Europea —un mercado aún más importante que Estados Unidos para casi todos los países comerciantes, salvo México y Canadá— podría tener un desempeño mucho mejor de lo esperado.

Los indicadores económicos empezaron a mejorar rápidamente en la mayoría de los países de la UE a principios de 2015, cuando el Banco Central Europeo puso fin a la fragmentación de la eurozona al lanzar un programa de compra de bonos aún mayor que la flexibilización cuantitativa que había iniciado la Reserva Federal. Pero el año pasado, los temores a la desintegración política eclipsaron esta recuperación económica. Ante las revueltas populistas en los Países Bajos, Francia, Alemania e Italia —y con elecciones previstas este año al menos en los tres primeros—, los shocks del Brexit y de Trump han provocado naturalmente el temor de que el próximo dominó en caer sea uno de los miembros fundadores de la UE, quizá seguido por la Unión Europea entera.

Estas expectativas hacen posible la mayor sorpresa de 2017: que, en lugar de desintegrarse, la UE se estabilice, facilite una recuperación económica y propicie un período de sólidos resultados financieros, similar al «período Ricitos de Oro» de Estados Unidos entre 2010 y 2014, cuando la economía se recuperó a un ritmo que no era ni demasiado acelerado ni demasiado lento. El acontecimiento clave serán las elecciones presidenciales francesas, que probablemente se decidirán en una segunda vuelta el 7 de mayo. Si gana François Fillon o Emmanuel Macron, Francia emprenderá un proceso de reforma económica comparable al de Alemania en 2003, llevado a cabo por el entonces canciller Gerhard Schroeder.

Incluso un anticipo moderado de esas reformas alentaría una flexibilización de las condiciones de austeridad exigidas por el nuevo gobierno alemán que surja de las elecciones generales del 24 de septiembre. A su vez, una relación francoalemana más cooperativa y constructiva debilitaría el apoyo al populista Movimiento Cinco Estrellas de Italia.

El riesgo de este escenario favorable es, por supuesto, que Marine Le Pen gane en Francia. En ese caso, la desintegración de la UE se convertiría en una posibilidad real, lo que desataría el pánico en los mercados financieros y las economías europeas. Todas las encuestas de opinión y los análisis serios de la política francesa indican que la presidencia de Le Pen es una fantasía imposible. Pero ¿acaso eso no es lo que indicaban el año pasado todas las encuestas de opinión y los análisis serios de la política estadounidense sobre el presidente Trump?

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