Seguimiento del desarrollo de Mongolia

Seguimiento del desarrollo de Mongolia
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A veces, las perspectivas surgen de fuentes inesperadas. Desde que regresé a Mongolia hace algunos meses, naturalmente he observado cómo han cambiado las cosas desde la última vez que viví aquí, en la década de 1990. Muchos de los cambios son inmediatamente reconocibles, e incluso los extranjeros que llegan por primera vez podrían adivinar que los edificios altos y los cafés son nuevos. Pero fue una conversación casual con otro extranjero la que me hizo comprender hasta qué punto habían sido drásticos esos cambios.

El mercado negro de Mongolia en 1994

El mercado negro de Mongolia en 1994
Foto: James H. Anderson

Cuando me mudé a Mongolia en 1993, la primera palabra mongola que aprendía todo extranjero era baikhgui. No hay; no tienen; ausente. Con esta sencilla palabra práctica se podía expresar concisamente el equivalente verbal de negar con la cabeza.

«¿Tiene pan?»
«Baikhgui.»
«¿Arroz?»
«Baikhgui.»
«¿Qué pasó con el agua/la electricidad/la calefacción?»
«Baikhgui.»

Los estantes de las tiendas estaban vacíos y la inflación se disparaba. Los ahorradores veían cómo se esfumaban sus ahorros, y quienes tenían dinero tenían poco en qué gastarlo. Los afortunados que tenían dólares podían encontrar algunos productos en una de las dos tiendas «dólar», y recibían chicles como vuelto.

A principios de la década de 1990, la transición de Mongolia consistía en recuperarse del colapso y construir las instituciones básicas de la democracia y el capitalismo. El PIB había caído más de un 20 por ciento cuando se derrumbaron los antiguos acuerdos comerciales socialistas y se retiró la ayuda soviética. Aún se aplicaban los antiguos instrumentos de control administrativo—las instituciones básicas de mercado todavía no se habían desarrollado y los funcionarios, formados en economía marxista-leninista, desconfiaban fundamentalmente de que el «caos del mercado» pudiera empeorar aún más las cosas.

Entonces, ¿cuál fue la fuente inesperada de esa perspectiva? Al llegar a Mongolia hace unos meses, me sorprendió que otro extranjero no conociera la palabra baikhgui. Ahora bien, no todo el mundo tiene facilidad para los idiomas (y yo soy peor que la mayoría), pero para un extranjero a principios de la década de 1990, baikhgui era una palabra que no se podía evitar aprender, por más que se intentara.

Si bien a principios de la década de 1990 los extranjeros aprendieron la palabra baikhgui, a estas alturas la palabra de uso corriente se ha convertido en baigaa, una palabra igualmente práctica, el equivalente verbal de asentir con la cabeza: Lo tenemos; sí, efectivamente; presente. Los estantes de las tiendas se habían llenado hacía mucho —la naturaleza aborrece el vacío y los comerciantes con maletas lo llenaron—, pero, entretanto, había aumentado enormemente el número de estantes y tiendas, así como la variedad de productos disponibles. Entre 1993 y 2014, el ingreso promedio por persona en Mongolia se triplicó.

Estantes de una tienda llenos de fruta en la Mongolia actual

Estantes de una tienda llenos de fruta en la Mongolia actual
Foto: James H. Anderson

Las señales del cambio también se hacen evidentes en los titulares. Un corresponsal de las agencias de noticias en la década de 1990 solía decir que la única forma de lograr que publicaran sus artículos era mencionar a Chinggis Khan o la proporción de animales por persona en el primer párrafo. De hecho, incluso algunos autores académicos siguieron descaradamente esta máxima. (Ejem.) Sin embargo, ahora la prensa extranjera no habla más que de las minas. ¿Cuándo se firmará el nuevo acuerdo para la segunda fase de OT? ¿Cuáles son las previsiones de los precios del cobre, el carbón y el oro?

Una cosa que no ha cambiado es que a Mongolia todavía le gusta hacer las cosas a lo grande. Uno de los reformistas más radicales en la transición de la planificación a los mercados, con un programa de privatización masiva a principios de la década de 1990, Mongolia abrazó con entusiasmo la economía minera cuando se descubrieron vastos recursos minerales.

Mongolia no fue el primer país en experimentar un auge de los recursos naturales, y había abundantes lecciones de otros países sobre cómo gestionar los ciclos de auge y caída, cómo «ahorrar para los días de lluvia» y, ojalá, evitar la maldición de los recursos. Pero la magnitud del ajuste que Mongolia tuvo que gestionar es pasmosa. Cuando vivía en Mongolia en la década de 1990, la inversión extranjera directa (IED) promediaba entre el 1 y el 2 por ciento del PIB. Incluso en 2009, la IED era inferior al 15 por ciento del PIB. Para 2011, cuando las inversiones en OT y otras minas estaban en pleno apogeo, la IED se había disparado al 53,6 por ciento del PIB. Para 2011, la economía crecía a un 17 por ciento, y solo los pesimistas —y, como resultó, los realistas— contemplaban la posibilidad de un ciclo de auge y caída. Y aunque el primer caso de «enfermedad holandesa» afectó a un país relativamente próspero, con instituciones de mercado sólidas, Mongolia no era ninguna de las dos cosas. Para una democracia joven, con instituciones jóvenes, aún marcada por la depresión de la década de 1990 y con una ciudadanía deseosa de tiempos mejores, la idea de aplicar políticas contracíclicas y ahorrar para los «días de lluvia» encontraba poco apoyo.

A pesar de las lecciones de otros países sobre cómo mitigar la maldición de los recursos y de los grandes avances logrados al revisar la legislación para hacerlo, el entusiasmo por la fase de auge del ciclo era demasiado difícil de resistir.Se recurrió a gastos extrapresupuestarios para eludir las reglas de gasto y se sortearon las nuevas normas de contratación para construir infraestructura con mayor rapidez. Los mercados internacionales de capitales solo validaron el entusiasmo, prestándole a Mongolia un monto equivalente al 20 por ciento de su PIB a tasas comparables a las ofrecidas a Italia.

Entonces llegó la fase de caída del ciclo. Con la misma rapidez con que había ascendido a los cielos, la IED volvió a caer a la Tierra cuando OT pasó del desarrollo a las operaciones y los cambios de políticas llevaron a algunos inversores extranjeros a perder la confianza: la IED como proporción del PIB se situó en el 7,2 % a finales de 2014. Los precios de las materias primas cayeron (y parece que seguirán cayendo), el crecimiento se ha ralentizado y los vencimientos de los préstamos extranjeros están a solo dos años. Ahora que cae un aguacero, el fondo para los «días de lluvia» está en déficit.

No hay soluciones fáciles para los actuales desafíos económicos. Hace unos meses, el Gobierno reconoció las dificultades y comenzó a presentar un plan para reencauzar la economía: por ejemplo, incorporar al presupuesto gran parte del gasto extrapresupuestario y aprobar un paquete de medidas para fortalecer aún más la economía. Estas acciones son encomiables, pero, dada la magnitud del desafío, será necesario implementarlas plenamente y llevar a cabo una reestructuración más profunda, lo que requerirá un amplio apoyo político.

En estos tiempos difíciles, espero que los mongoles (y los extranjeros) se tomen un momento para recordar cuandobaikhgui era la palabra de uso corriente en el léxico mongol. Aunque los tiempos son difíciles, el espíritu mongol es más fuerte. Baigaa es la palabra de ahora, y esto se aplica tanto a las ideas para la reforma como a las ruedas de repuesto y los productos en los estantes de las tiendas.

Este artículo apareció originalmente en el blog East Asia & Pacific on the Rise del Banco Mundial. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: James Anderson (Jim) es actualmente gerente de país del Banco Mundial para Mongolia, país que conoce desde que vivió allí a mediados de la década de 1990.

Imagen: Vehículos circulan al amanecer por la zona de taiga, a lo largo de la carretera M54 Krasnoyarsk–Mongolia. REUTERS/Ilya Naymushin.

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