Si hay algo seguro sobre el nuevo contexto global —tema de la Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos este año—, es que el cambio, la complejidad y la volatilidad son sus principales características.
A los líderes que quieren prosperar y adaptarse a este contexto les convendría reflexionar sobre la resiliencia. Por definición, la resiliencia consiste en aceptar el cambio. No se trata solo de recuperarse de las tensiones y los impactos, sino también de tener la previsión necesaria para prepararse para las crisis —e, idealmente, prevenirlas— y la capacidad adaptativa e innovadora para reconstruir con más fortaleza después de una catástrofe.
Grandes pensadores de ámbitos tan diversos como la ecología, la psicología, la estrategia militar y la ciberseguridad han estudiado la resiliencia. Resulta que, sea cual sea el ámbito que se examine, las personas y los sistemas resilientes comparten características. Mantienen relaciones diversas y florecientes, con circuitos de retroalimentación estrechos que permiten percibir y comprender los cambios internos y contextuales. Cuentan con amortiguadores suficientes —lo que también se conoce como cierto margen de maniobra— para conservar opciones cuando una persona o un sistema se ve comprometido. Por último, los sistemas y las personas resilientes reaccionan de forma adaptativa: encuentran maneras de desvincularse de las influencias adversas o de desactivar funciones no esenciales para mantener las críticas.
Comprender simplemente estas características fundamentales, el qué nos hace resilientes, supondría un gran avance. El siguiente paso es aún más esencial y emocionante. ¿Y si todos —desde el ciudadano común hasta el CEO global— supiéramos cómo desarrollar la resiliencia? ¿Y si pudiéramos aprender «orientaciones» resilientes, para abordar los problemas o diseñar soluciones desde la perspectiva de la resiliencia?
Hay tres orientaciones fundamentales:
Empiece a conectar. Conéctese primero consigo mismo: sepa quién es, de dónde viene y qué le motiva. Después, conéctese con los demás: construya relaciones basadas en la comprensión, la transparencia y la confianza, no solo con sus vecinos, sino también más allá de las fronteras y las disciplinas. Por último, conéctese con su contexto: conviértase en experto en cartografiar las complejas interacciones entre usted y su entorno más amplio. Y no olvide observar estas conexiones a través del espacio y del tiempo.
Empiece a adaptarse. Muchos estamos atrapados en mentalidades rígidas, limitados por prejuicios inconscientes o temores. Ábrase. Permita que el cambio le afecte. Acójalo para poder aprender y crecer, ajustando sus orientaciones y comportamientos a una realidad cambiante.
Empiece a innovar. Cuando actuamos desde un lugar de conexión y apertura, nos exponemos a muchas más ideas, lo que nos permite crear las condiciones para lograr avances decisivos. Podemos acceder al «flujo» —un estado de creatividad intensificada y rendimiento óptimo, sin las limitaciones de la duda sobre uno mismo—, que nos permite imaginar y promover escenarios futuros que otros aún no pueden ver.
El mundo actual es extraordinario; exige líderes extraordinarios, capaces de generar ideas e innovaciones que transformen paradigmas.
Cambiar hasta ese punto puede parecer difícil. Pero ¿qué otra opción tenemos? Como dijo una vez un gran erudito budista, aunque la práctica diaria de la meditación es difícil, lo único más difícil es no practicarla. Lo mismo ocurre con la adopción de la resiliencia. Es arduo, pero será mucho más arduo seguir viviendo sin adaptar nuestras orientaciones al nuevo contexto global.
Una buena noticia: la resiliencia conduce a aquello que, según sabemos ahora gracias a una amplia investigación, nos hace más felices: tener relaciones estrechas, contribuir de manera significativa al mundo, desarrollar nuestro potencial creativo y experimentar el gratificante estado de flujo. Más allá de la realización personal, las «orientaciones» resilientes —si están motivadas por la ética— son beneficiosas para la humanidad. Fomentan la inclusión social, preservan la biodiversidad y nos ayudan a mantener servicios planetarios como el aire y el agua limpios, los suelos saludables y un clima habitable. En última instancia, esto se traduce en bienestar intergeneracional: un mundo en el que el futuro sea mejor para todas las personas, en todas partes.
A mí me parece un cambio que vale la pena. ¿Qué opina usted?
Autora: Julia Novy-Hildesley, fundadora y CEO de Resilience in Action, Joven Líder Global. Vea un video en el que explica sus ideas aquí.
Imagen: Se ve a viajeros que regresan a casa por la tarde en el centro de Londres, el 18 de marzo de 2009. REUTERS/Toby Melville


