Estos dos economistas suecos previeron una reacción contra la globalización. En la década de 1930

ATTENTION EDITORS - IMAGE 1 OF 22 OF PICTURE PACKAGE '7 BILLION, 7 STORIES - OVERCROWDED IN HONG KONG. SEARCH 'MONG KOK' FOR ALL IMAGES - People cross a street in Mong Kok district in Hong Kong, October 4, 2011. Mong Kok has the highest population density in the world, with 130,000 in one square kilometre. The world's population will reach seven billion on 31 October 2011, according to projections by the United Nations, which says this global milestone presents both an opportunity and a challenge for the planet. While more people are living longer and healthier lives, says the U.N., gaps between rich and poor are widening and more people than ever are vulnerable to food insecurity and water shortages. Picture taken October 4, 2011. REUTERS/Bobby Yip (CHINA - Tags: SOCIETY) - RTR2SQJP
Many economists had mistakenly expected Heckscher and Ohlin’s canon to become less relevant, but that’s changing.Image: REUTERS/Bobby Yip
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Los economistas Eli Heckscher (1879-1952) y Bertil Ohlin (1899-1979) murieron hace más de tres décadas. Pero cabe suponer que ninguno se habría sorprendido por las causas subyacentes de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, ni por el Brexit en ese sentido.

Su modelo Heckscher-Ohlin (H-O) del comercio internacional —desarrollado en la Escuela de Economía de Estocolmo en la década de 1930— predijo claramente el descontento de la clase media actual, que se hace oír en las urnas.

Los dos suecos reconocieron el punto débil, sencillo pero demasiado a menudo pasado por alto, del comercio y el crecimiento mundiales: la prosperidad no se distribuye por igual. Y los trabajadores de las pujantes industrias exportadoras se benefician a costa de quienes se enfrentan a la competencia extranjera.

Desigualdad inherente

Partiendo del modelo H-O, el economista académico Branko Milanovic ha descrito en un elegante gráfico cómo cambiaron los ingresos en todo el mundo entre 1988 y 2008. Solo un tramo de ingresos no logró enriquecerse de forma significativa: el de quienes rondaban el percentil 80. Se trata de la clase media del mundo desarrollado y de la clase alta de los países pobres.

Irónicamente, el gráfico de Milanovic se parece al proverbial elefante en la habitación y también lo representa: el que llevó a Trump a la victoria en regiones como el Cinturón del Óxido de Estados Unidos, pobladas por quienes él describió como estadounidenses olvidados.

Esto respalda la premisa fundamental de Heckscher y Ohlin sobre las consecuencias desiguales del crecimiento económico: es raro que la marea levante todos los barcos. Milanovic muestra las disparidades de nuestra era de globalización: los ricos se enriquecen, los pobres son mucho menos pobres y una gran parte de la clase media se queda atrás.

El argumento es relativamente fácil de entender. Supongamos que en un país solo hay dos industrias, divididas entre trabajadores cualificados y poco cualificados, que producen contenido de alta tecnología (producto H) y de baja tecnología (producto L).

El país A (por ejemplo, Estados Unidos) tiene proporcionalmente más personas altamente cualificadas que el país B (al que llamaremos China). Supongamos, además, que chinos y estadounidenses tienen gustos similares en cuanto a los productos. Son muchos supuestos, pero la intuición debería ser sencilla: los países con una mayor proporción de trabajadores con más formación tienen ventaja en la producción de bienes tecnológicamente más avanzados. Así de simple.

En ausencia de comercio, Estados Unidos produciría más bienes y servicios que utilizan trabajadores altamente cualificados que China. Un sencillo gráfico de oferta y demanda lo ilustra:

Image: The Conversation

Sin comercio, Estados Unidos produce más bienes de alta tecnología y los consumidores pagan por ellos un precio relativo menor que en China. Pero este es el punto importante: en Estados Unidos, los salarios de los trabajadores altamente cualificados son más bajos que en China. No en términos absolutos, sino relativos.

Los grandes programadores de Estados Unidos reciben una generosa remuneración porque el país puede exportar los bienes y servicios que producen. Si Apple, Uber o Facebook solo pudieran vender y operar en Estados Unidos, la demanda de trabajadores altamente cualificados sería mucho menor que ahora, y la fuerza laboral menos cualificada del país no se enfrentaría a una competencia tan fuerte desde el extranjero.

Image: The Conversation

Con el comercio, los bienes de baja tecnología se abaratan relativamente en Estados Unidos. Pero, lo que es crucial, quienes trabajan allí en industrias de baja tecnología se enfrentan a la posibilidad de percibir salarios más bajos, aunque descienda el precio general de los bienes y servicios de la economía, porque hay menos demanda de sus puestos de trabajo. El comercio aumenta el crecimiento del empleo en la economía estadounidense, pero en algunas industrias se pierden puestos de trabajo.

El argumento es relativamente fácil de entender. Los países con una mayor proporción de trabajadores con más formación tienen ventaja en la producción de bienes tecnológicamente más avanzados.

Mitigar los daños

Hay muchas otras pruebas de que el comercio influye en la desigualdad de ingresos. Las reseñas de 1990 y la de 1995 describen las pruebas anteriores sobre la relación entre comercio y desigualdad; en 2003 se analizó el vínculo entre la apertura al comercio y la desigualdad en Argentina; y se publicó una revisión de estudios comparativos entre países con datos de la década de 1990 y principios de la de 2000.

Más recientemente, una actualización de 2015 del modelo H-O amplió las pruebas empíricas y mostró cómo el comercio eleva el nivel tecnológico de todos los socios, mientras que un artículo de 2012 examinó la distribución de los salarios urbanos en China.

Pero todas las pruebas empíricas sobre la importancia del comercio para la distribución de los ingresos culminan en un artículo de 2014 que encuentra pruebas claras de que la apertura al comercio aumenta la desigualdad salarial en los niveles de ingresos más bajos (dentro de la OCDE). También concluyó que no había un efecto significativo en los niveles de ingresos más altos.

El modelo H-O pone de relieve las realidades de nuestro mundo moderno. La inflación ha estado llamativamente ausente en el mundo rico durante el siglo XXI, en gran medida debido al crecimiento y la eficiencia del comercio internacional. Esto ha abaratado los productos para el estadounidense medio, pero, al mismo tiempo, la globalización ha impulsado considerablemente la desigualdad de ingresos.

El modelo establece un vínculo directo entre el trabajador migrante interno chino que trabaja largas jornadas en una fábrica de Shenzhen y el empleado de Silicon Valley que disfruta de una jornada laboral propia de una élite, con abundantes tentempiés saludables.

Muchos economistas esperaban erróneamente que el legado de Heckscher y Ohlin perdiera relevancia, pero eso está cambiando.

Investigaciones recientes del MIT han aportado las primeras pruebas sistemáticas y oportunas de que los efectos del marco H-O sobre la desigualdad son mucho más profundos y duraderos de lo que se creía.

La realidad es que muy pocas personas adquieren mejores competencias con la rapidez necesaria; muy pocas familias marginadas se trasladan a regiones con mejores perspectivas; y la combinación de la obsolescencia de las competencias y la falta de movilidad genera una espiral descendente de descontento.

Pero no todo está perdido. El comercio beneficia a todos los países y contribuye a mejorar la productividad y ampliar la variedad de productos a nuestra disposición, además de generar innumerables innovaciones que facilitan la vida moderna. El aumento del comercio ha contribuido incluso a mejorar los derechos humanos y ha hecho que las empresas sean más responsables socialmente.

Y hace mucho que conocemos la política óptima en materia de acuerdos comerciales pero no hemos logrado aplicarla eficazmente. El libre comercio tiene necesariamente un efecto distributivo. La vía adecuada consiste en establecer acuerdos comerciales con programas específicos para reducir su impacto negativo en determinados niveles de ingresos.

En el TLCAN, por ejemplo, el programa de Asistencia para el Ajuste Transitorio (NAFTA-TAA) tenía como objetivo principal ayudar a los trabajadores que perdieron sus empleos o cuyas horas de trabajo y salarios se redujeron como consecuencia del comercio con Canadá o México —o del traslado de la producción a esos países—.

Deberíamos centrarnos en diseñar programas complementarios a los acuerdos comerciales, como el TAA, sobre todo ahora que sabemos que algunos efectos distributivos del libre comercio no se disipan con facilidad, como se creía.

Ignorar la clarividencia de Heckscher y Ohlin ha costado a muchas personas sus medios de vida. La mejor vía para la sociedad es aumentar los acuerdos comerciales, pero solo si van acompañados de medidas de protección para los sectores de la sociedad con mayor probabilidad de verse perjudicados.

Los responsables de formular políticas y los investigadores olvidaron esto durante demasiado tiempo y ahora nos enfrentamos a la reacción.

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