Durante unas recientes vacaciones en Vietnam, Camboya y Laos, no pude evitar pensar en el potencial económico de estos países y en los continuos desafíos de sus políticas. Después de todo, en 2005, mis colegas de Goldman Sachs y yo habíamos incluido a Vietnam entre los Próximos Once (N-11): países con potencial para convertirse en economías importantes durante este siglo.
Vietnam informó que el crecimiento de su PIB real (ajustado por inflación) fue del 7,4 % en el último trimestre, por encima del de China. Y, según la previsión del Banco Mundial, Vietnam, junto con Camboya y Laos, está en vías de mantener un nivel de crecimiento similar durante el año.
El N-11 nunca alcanzó el prestigio del acrónimo BRIC, que acuñé en 2001 para describir un bloque de economías emergentes (Brasil, Rusia, India y China) que tendría un impacto significativo en la economía mundial en el futuro. Los países del N-11 no estaban al nivel de los BRIC, pero tampoco se pretendía que ninguno de los dos acrónimos fuera una temática de inversión. Más bien, N-11 era simplemente una etiqueta que aplicamos a las 11 economías emergentes más pobladas y con mayor potencial después de los BRIC.
Por la época en que publicamos el artículo de 2005 «¿Qué tan sólidos son los BRIC?», en el que identificamos por primera vez al N-11, solía bromear diciendo que elegimos 11 simplemente porque era el número de jugadores de un equipo de fútbol. Cuando otros señalaban que habíamos excluido países más poblados como Congo y Etiopía, yo comentaba que Etiopía podría ser el Ole Gunnar Solskjaer del N-11, en alusión al brillante goleador suplente del Manchester United durante la década de 1990.
Entonces, como ahora, el N-11 era un grupo heterogéneo: Corea del Sur, México, Indonesia, Turquía, Irán, Egipto, Nigeria, Filipinas, Pakistán, Bangladés y Vietnam. Estos países presentan condiciones económicas y sociales sumamente diversas y niveles de riqueza muy distintos. Por ejemplo, los surcoreanos disfrutan hoy de un nivel de vida similar al de la Unión Europea, lo que hace aún más desconcertante que tantos analistas sigan clasificando a Corea del Sur como una «economía emergente».
Mientras tanto, los niveles de riqueza de México y Turquía distan mucho de los de Corea del Sur, pero ambos países son considerablemente más ricos que el resto del N-11, algunos de cuyos integrantes siguen estando entre los países más pobres del mundo. A la vez, los países asiáticos del N-11, como Filipinas y Vietnam, han crecido significativamente desde 2005, mientras que el desempeño de México ha sido algo decepcionante, y el de Egipto, aún más.
En conjunto, el N-11 suma alrededor de 1.500 millones de habitantes y su PIB nominal actual ronda los 6,5 billones de dólares. En otras palabras, aunque su población es ligeramente mayor que la de China o India, su economía equivale aproximadamente a la mitad de la de China, pero supera a la de Japón y duplica con creces la de India.
Estas divergencias ayudan a explicar por qué desde entonces se han desgajado del N-11 varios grupos nuevos con acrónimos, entre ellos MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía) y MIST (que sustituye a Nigeria por Corea del Sur). No ideé estos grupos, pero se me ha asociado con ellos porque en 2014 produje un documental de radio de la BBC sobre los países MINT. En cualquier caso, concordaban con ideas que ya había planteado: para 2010, México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía representarían cada uno más del 1 % del PIB mundial.
Ocho años después, las economías MIST todavía podrían llegar a representar alrededor del 2-3 % del PIB mundial en el futuro. Es poco probable que alguna alcance el tamaño de una economía BRIC, salvo quizá Rusia. Debido a sus problemas actuales, el PIB de Rusia tiene ahora un tamaño similar al de Corea del Sur. Si no se recupera pronto, su PIB podría caer por debajo del de México, o incluso del de Indonesia.
De las otras siete economías del N-11, Nigeria, Vietnam y quizá Irán destacan por su mayor potencial. Aun así, cada una afronta graves obstáculos para convertirse en una economía de un billón de dólares, y mucho más para representar entre el 2 y el 3 % del PIB mundial.
Más allá de las perspectivas individuales de estos países, lo importante para quienes observan la economía y trabajan en inversiones es entender que el N-11, como bloque, ha crecido alrededor de un 4,5 % en lo que va de esta década, tras crecer casi un 4 % en la década anterior. Dado el tamaño de su producción, el crecimiento del N-11 contribuye significativamente a la economía mundial, junto con los principales motores de China e India.
Me repetía este hecho mientras viajaba por Vietnam, donde mi tranquilidad se veía interrumpida una y otra vez por titulares estridentes sobre los tuits del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la escalada de violencia en Oriente Medio.
Antes de viajar a Vietnam, tuve el privilegio de escribir una reseña para Nature sobre Factfulness: diez razones por las que nos equivocamos sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que crees, un brillante libro del fallecido médico Hans Rosling, que su hija publicó póstumamente este año. Factfulness es una de las pocas obras recientes que se centran en los aspectos extraordinariamente positivos que están ocurriendo en el mundo. Rosling, junto con Steven Pinker, de la Universidad de Harvard, tenía razón al ser optimista. Una mirada imparcial al mundo revela muchos indicios prometedores, especialmente para la economía mundial.



