El desempeño económico de los países en desarrollo de menores ingresos será crucial para seguir reduciendo la pobreza. Aunque estas economías afrontan importantes obstáculos, también podrían aprovechar nuevas oportunidades de crecimiento, especialmente con ayuda de las plataformas digitales.
La economía mundial está experimentando grandes cambios estructurales, impulsados por tres megatendencias. Una es la transformación digital de los cimientos sobre los que se construyen y funcionan las economías. Otra es el creciente poder adquisitivo y la fortaleza económica de las economías emergentes, en particular China. Por último, hay tendencias político-económicas de amplio alcance, entre ellas el auge del nacionalismo, diversas formas de populismo, la polarización política y social, y un posible desmoronamiento del marco multilateral en cuyo seno ha funcionado la economía mundial desde la Segunda Guerra Mundial.
Los medios dedican la mayor parte de su atención a los desafíos económicos, sociales y regulatorios derivados de estas megatendencias, así como a las tensiones comerciales, de inversión y tecnológicas entre China y Estados Unidos. Sin embargo, una proporción considerable de la población mundial vive en países pobres o en las zonas más pobres de países en desarrollo. Además, la rápida reducción de la pobreza mundial durante las últimas tres décadas se debe principalmente al crecimiento sostenido de las economías en desarrollo.
Las perspectivas de crecimiento futuro de los países en desarrollo que hoy se encuentran en una etapa inicial (es decir, los de menores ingresos, algunos en crecimiento y otros no) serán sumamente importantes para seguir reduciendo la pobreza. Aunque estos países afrontan importantes obstáculos, también podrían aprovechar nuevas oportunidades de crecimiento, especialmente con ayuda de las plataformas digitales.
Los obstáculos son ciertamente considerables. Para empezar, los avances en las tecnologías digitales —la robótica, el aprendizaje automático, los sensores y la visión artificial— amenazan directamente la manufactura y el ensamblaje intensivos en mano de obra de los que tradicionalmente han dependido las economías de menores ingresos y sin abundantes recursos naturales.
Además, el cambio climático ha tenido su mayor impacto económico en las regiones tropicales y subtropicales, donde se encuentra la mayoría de los países de menores ingresos. Los efectos del calentamiento global son muy perjudiciales en las economías frágiles y, en conjunto, constituyen un nuevo gran obstáculo al crecimiento.1
Mientras tanto, las tasas de fecundidad siguen siendo asombrosamente altas en algunos países, especialmente en el África subsahariana. En algunos de los más pobres —Níger, Malí y la República Democrática del Congo— la tasa es de 6-7 hijos por mujer. La consiguiente avalancha de nuevos integrantes de la fuerza laboral supera con creces la cantidad de empleos disponibles.
Ningún modelo de crecimiento conocido puede absorber ni seguir el ritmo de este tipo de auge demográfico. Ni siquiera un crecimiento económico sostenido de alrededor del 7% anual será suficiente. Y aunque la fecundidad suele disminuir a medida que aumentan los ingresos, esto no ocurre de inmediato. Por lo tanto, empoderar a las mujeres puede ser la manera más eficaz de empezar a abordar el desafío.
Los conflictos también perturban el crecimiento. Aunque muchos parecen tener una base religiosa o étnica, algunos estudiosos creen que su causa fundamental podría ser económica, y que las divisiones étnicas sirven para excluir a otros grupos del acceso a recursos y oportunidades escasos. Sea cual sea su origen, la desigualdad de oportunidades tiene un efecto muy perjudicial en la gobernanza y, por consiguiente, en el crecimiento.
Pero estos obstáculos no son insuperables. Por una parte, los países en desarrollo cuentan ahora con enormes mercados potenciales de exportación en países de ingresos medios y ya no dependen por completo de las economías avanzadas para acceder a los mercados mundiales.
También ha resurgido la conciencia sobre la importancia de la infraestructura para hacer posible el crecimiento. Además de carreteras, ferrocarriles y puertos, son cruciales la electricidad y la conectividad digital. En este sentido, la rápida expansión de la tecnología celular inalámbrica, junto con la instalación de cables submarinos de banda ancha de gran capacidad en torno a África, representa un gran avance. Mientras tanto, la «Iniciativa de la Franja y la Ruta» de China —aunque criticada por gran parte de Occidente, y en particular por Estados Unidos— podría mejorar drásticamente la conectividad física y digital de Asia Central y algunas zonas de África.
Los nuevos avances en infraestructura esencial crearán importantes oportunidades de crecimiento para los países en desarrollo mediante el comercio electrónico, los pagos móviles y los servicios financieros relacionados. La experiencia de China indica claramente que estas plataformas digitales y los ecosistemas que se desarrollan en torno a ellas son poderosos motores de un crecimiento gradual y altamente inclusivo.
China, por supuesto, es un mercado muy grande y homogéneo. Para que los países en desarrollo más pequeños y de menores ingresos se beneficien de un crecimiento inclusivo igualmente rápido, las plataformas digitales deberán tener alcance regional e internacional.
Algunas empiezan a surgir. Jumia, una plataforma de comercio electrónico con sede en Nigeria que opera en 14 países africanos, recientemente comenzó a cotizar en la Bolsa de Nueva York, en medio de gran expectación. Es cierto que la empresa afronta obstáculos similares a los que antes debieron superar las plataformas de Asia y América Latina, como la falta de sistemas de pago fiables, la escasa confianza entre compradores y vendedores y los cuellos de botella en la logística y la entrega. Pero la experiencia de otras regiones demuestra que estas deficiencias pueden corregirse con el tiempo.
El mayor riesgo para estas plataformas deriva del inevitable y necesario aumento de la regulación de Internet en todo el mundo. En particular, los distintos marcos regulatorios nacionales podrían, de forma accidental o deliberada, perturbar o bloquear el desarrollo internacional de los ecosistemas de comercio electrónico, perjudicando en el proceso a los países de menores ingresos. Por ello, evitar la creación de tales obstáculos imprevistos debería ser una prioridad máxima para la comunidad internacional.
Los países de menores ingresos de hoy ya afrontan la difícil tarea de intentar emular el impresionante crecimiento de las economías en desarrollo que los precedieron. Una economía mundial cuyo desempeño es insuficiente y el aumento de las tensiones nacionales e internacionales dificultarán aún más esa tarea. Si el mundo se toma en serio seguir reduciendo la pobreza, debe prestar mucha más atención a su progreso.



