Mensaje del profesor Klaus Schwab a los participantes de Davos 2018.
Hace diez años, cuando los líderes se reunieron en Davos, estábamos al comienzo de la crisis financiera mundial. Predije que a la crisis financiera le seguiría una crisis económica y, en última instancia, una crisis social.
Ahora, diez años después, volvemos a mirar el futuro con optimismo, tras haber gestionado la crisis financiera y recuperado un sólido crecimiento económico. Sin embargo, seguimos atrapados en una crisis social y no cabe duda de que vivimos en un mundo fracturado. La gran preocupación es que nuestro optimismo nos haga olvidar que el crecimiento económico no será sostenible sin restablecer el contrato social.
Desde 2008, un programa concertado y coordinado de flexibilización cuantitativa ayudó a las economías debilitadas a ajustarse y recuperarse. Hoy creo que necesitamos el equivalente social de la flexibilización cuantitativa: un nuevo contrato social que proporcione lo que podríamos llamar «flexibilización cualitativa» para las sociedades que afrontan las realidades de un mundo en transformación. Así como hace una década los gobiernos y los organismos de supervisión financiera unieron fuerzas para adoptar importantes medidas de rescate, la crisis actual exige que las partes interesadas emprendan un esfuerzo decidido para reconstruir los cimientos de la sociedad.
Durante las décadas de posguerra, los países que disfrutaron de una prosperidad más sólida y ampliamente distribuida tenían en su centro un contrato social poderoso y positivo. Los contratos sociales que sustentaron esos logros combinaron el crecimiento con la inclusión. Implicaban una responsabilidad compartida por el futuro y el reparto de la prosperidad entre accionistas y partes interesadas, entre el capital y el trabajo. Hoy está muy extendida la percepción de que la distribución se inclina demasiado a favor del capital.
En este contexto, el contrato social implícito que benefició a muchos países se ha deteriorado y quebrado. A juicio de muchos, se ha convertido en un «contrato antisocial», en el que las empresas ganan y se lo llevan todo.
Al igual que durante la crisis financiera, cuando se vio amenazado el fundamento sistémico del sistema mundial, los cimientos de nuestras relaciones sociales están sometidos a una grave presión. Esta crisis social amenaza la salud de nuestro futuro tanto como lo hizo la crisis financiera hace una década y requiere un esfuerzo igualmente concertado de todas las partes interesadas para evitar el desastre.
Durante la crisis financiera de hace una década, por necesidad, fueron los gobiernos quienes tuvieron que liderar las labores de rescate, colaborando entre sí a escala internacional junto con los bancos centrales, los organismos de supervisión financiera y el sector bancario. ¿Quién debería liderar la recuperación durante la crisis social?
Creo que esta vez las empresas, por su alcance e influencia mundiales, deberían tomar la iniciativa. Las empresas son partes interesadas fundamentales en la salud del sistema económico y social mundial. Si el sistema está quebrado y el contrato social falla, los líderes empresariales, en Davos y en todo el mundo, deben desempeñar un papel destacado en su reparación.
En este sentido, la flexibilización cualitativa significa algo más que un impulso a corto plazo. Al contrario, debemos esforzarnos por mejorar de manera fundamental el sistema para quienes se han quedado atrás, centrándonos tanto en la calidad del crecimiento económico como en su cantidad, que tradicionalmente se mide por el PIB. Para facilitarlo, ayer el Foro Económico Mundial presentó el Índice de Desarrollo Inclusivo, que ofrece una métrica alternativa del desempeño económico nacional.
En esencia, el sistema debe ser más ecológico y equitativo, y respetar más la diversidad y, en particular, la paridad de género. Debemos garantizar que la Cuarta Revolución Industrial se desarrolle con la humanidad en el centro, y no la tecnología.
A lo largo de los últimos 48 años, el Foro Económico Mundial se ha convertido en la plataforma mundial donde empresas, gobiernos y sociedad civil se reúnen para dar forma a las agendas mundiales, regionales y sectoriales. Esta reunión es un importante punto de encuentro para todas nuestras comunidades. Es su oportunidad de aprovechar la plataforma que hemos creado, no solo para reunirlos, sino también para impulsar la acción a partir de sus ideas.
El Foro Económico Mundial solo puede cumplir su compromiso de mejorar el estado del mundo en la medida en que ustedes aporten su pasión y participación. Espero que aprovechen plenamente el programa y sus numerosas oportunidades para lograr un cambio significativo.
Esta vez, ante la grave crisis social a la que nos enfrentamos, las empresas deben tomar la iniciativa. Pero no pueden hacerlo solas. Como dijo el papa Francisco: «El mundo empresarial tiene un enorme potencial para propiciar cambios sustanciales al aumentar la calidad de la productividad, crear nuevos empleos, respetar las leyes laborales, luchar contra la corrupción pública y privada y promover la justicia social, junto con un reparto justo y equitativo de los beneficios». Está claro que los gobiernos y la sociedad civil deben ser socios plenamente comprometidos en un esfuerzo verdaderamente multilateral.
Durante la última década, el esfuerzo internacional concertado para aplicar la flexibilización cuantitativa en nuestras economías logró rescatarnos de sus peores excesos. Esta vez, para crear un futuro compartido en un mundo fracturado, debemos centrarnos en el impacto cualitativo de nuestras decisiones. Lo que necesitamos de verdad y con urgencia es un nuevo contrato social que proporcione una «flexibilización cualitativa» real a todas las personas que se han quedado atrás. Está en nuestras manos afrontar los peligros de un mundo fracturado, pero solo tendremos éxito si unimos nuestras fuerzas y trabajamos juntos, como partes interesadas de nuestra sociedad mundial. Nos reunimos aquí representando distintas culturas y naciones, y trabajamos juntos con espíritu de colaboración y respeto mutuo.



